Autor: Duque, Aquilino. 
   Agricultura e Ilustración     
 
 Informaciones.    26/08/1977.  Páginas: 2. Párrafos: 15. 

AGRICULTURA E ILUSTRACIÓN

A comienzos de los años 60, una homilía de monseñor Añoveros, a la sazón obispo de Cádiz,

desencadenó una agria polémica agraria en Andalucía. Dos escritores labradores, Manuel Halcón y José

de las Cuevas, salieron en defensa de sus intereses, que eran los de la clase propietaria, con argumentos

distintos, pero convergentes. Halcón, si mal no recuerdo, pulsaba la cuerda sentimental de la viuda

hacendada que ha de sacar sus hijos adelante con las rentas del campo; De las Cuevas, en cambio, adujo

unos razonamientos técnicos que años más tarde, con pocas variantes, he podido escuchar a agrónomos

tan poco sospechosos como Rene Dumont.

La causa de la «contrarreforma agraria» sufrió un rudo golpe al caer fulminado uno de sus paladines por

una embolia en la Venta de Vargas. Si esto fue designio de la Providencia, afanada entonces en los

preparativos del segundo Concilio Vaticano, doctores tiene la Iglesia, entre ellos monseñor Añoveros.

Poco después, un amigo común, Juan Antonio Campuzano, recibía de un camarero de la famosa Venta la

siguiente explicación:

—Pues mire usted. Don José estaba ahí sentado con unos señores, y de pronto empezó a echar baba y más

baba, y más baba, y hubo que avisar al general de La Carraca.

El almirante Gener Cuadrado, destinado en el Arsenal, mandó, en efecto, un autogiro para el traslado del

enfermo al Hospital Naval de Rota. José de las Cuevas salvó la vida, pero la causa del campo perdió uno

de sus campeones más sagaces y Andalucía uno de sus escritores más cultos, poderosos y apasionados.

Ha pasado el tiempo. Los hijos de las viudas latifundistas deben de haber alcanzado la mayoría de edad y

es de esperar que la de saber y gobierno, y en el ínterim, monseñor Añoveros saltó de Cádiz a Bilbao,

como quien dice a las antípodas, con sus homilías en la recámara. En el campo andaluz han entrado a saco

la literatura y el cine; muchos señoritos han abierto los ojos al socialismo y muchos desertores del arado

cantan flamenco al nuevo y rentable son que les tocan los señoritos socialistas. En la trillada era de la

literatura agraria, conviene, de vez en cuando, meter el bieldo y limpiar la parva, y el grano que queda es

el de aquellos libros en los que late, sobre todo, el amor a la tierra y a los hombres que la trabajan. La paja

es arbitrismo, estadística y lucha de clases, que en el aire político tiene mucho vuelo, pero muy poco peso

en la era del arte. La lucha de clases, como he escrito en otra parte, es un mal social como lo es la

prostitución, y reducir a ella las relaciones humanas es como reducir un hecho histórico, como se ha

hecho mucho desde Genét hasta Cela, al microcosmos de un burdel. La lucha de clases está además llena

de argumentos que pueden y suelen dispararse por la culata. Cipriano Rivas Cherif, el cuñado, secretario

y biógrafo de Azaña, era propietario de un castillo y unas tierras en un pueblo de Castilla llamado Villalba

de los Alcores, Al concluir la guerra, como es sabido, Rivas Cherif fue, como tantos, condenado a muerte,

preso e indultado, marchando seguidamente a Méjico, donde muchos años después moriría de muerte

natural. El castillo y las tierras quedaron en poder de un labriego del lugar, que trabajó las tierras y

transformó el castillo en casa de labor. Pasaron los años, y uno de los hijos de Cipriano, el ensayista y

poeta «trasterrado» Enrique de Rivas, volvió al pueblo castellano con la ilusión de rescatar las tierras y el

castillo que seguían siendo de su propiedad. El colono dijo que nones y se emboscó en unos zarzales

jurídicos en los que a la postre, aferrado a figuras del código burgués como la posesión ininterrumpida,

las transformaciones efectuadas y demás, imperaría el principio frentepopulista de que la tierra es para el

que la trabaja. Puede que esto no hubiera pasado de haber ganado la República, aunque sólo fuera porque

el propietario legítimo era cuñado del Presidente.

Traigo este apólogo a colación para que se vea que en el campo el bien y el mal tampoco están

ideológicamente repartidos. Hay veces que el malo es el de abajo: en este caso el aparcero o arrendatario

que, aprovechándose del absentismo forzoso del propietario, ocupó el castillo, lo transformó en majada o

lo que fuera y se negó, al amparo de la ley, a restituirlo a su dueño legítimo. Compañero de destierro en

Méjico de Rivas Cherif fue el poeta Manuel Altolaguirre quien, al preguntarle una señora que porqué de

pronto había en Méjico tantos españoles, contestó:

—Señora, porque en España ha habido una guerra y hemos perdido los conservadores.

El episodio de Rivas Cherif y la salida de Altolaguirre, encierran más verdad sobre la historia española

que todo cuanto se ha escrito desde el exterior y deshacen toda la nomenclatura tópica de la mayoría de

los historiadores. El caso es que el bando vencedor, tachado de reaccionario y autodenominado

tradicionalista, acabaría por llevar a cabo la revolución social y económica que el pueblo bajo había

exigido por las bravas en 1936. Naturalmente, esa revo1ución que, mientras fue bien, tan contextos tuvo a

sus directos beneficiarios, fue acogida con grandes reservas por los "conservadores" que habían perdido la

guerra y por los que en ese punto y en otros concomitantes, nos identificábamos con ellos. Esa

revolución, que acabaría transformando al país y que sería y es injusto condenar en bloque, supuso la

electrodomesticación de las masas e impuso la dictadura de la alpargata —previa conversión de ésta en

cochecito utilitario—, pero al descuidar la ilustración, hizo con demasiada frecuencia caso omiso de la

tradición, es decir, de la naturaleza y de la historia. El aspecto actual de muchas ciudades y de muchos

campos justifican, o por lo menos explican, las reservas de los conservadores que perdieron la guerra civil

y de los ilustrados que la ganamos. En despotismo parece ser que rayamos a cierta altura, pero en punto a

ilustración, fuimos, en palabras recientes de persona muy allegada al déspota, «muy normalitos». El

déspota anterior, en cambio, depuesto por este manu militari, era ilustrado en grado superlativo. Lo malo

fue que se le ocurrió combinar el despotismo ilustrado con la soberanía popular y, claro, la mezcla resultó

altamente explosiva. En su breviario de aforismos, de título casi calderoniano, De l´inconvénient d´étre né,

da E. M. Cioran la siguiente descripción del despotismo ilustrado: único régimen que puede seducir a un

espíritu de vuelta de todo, incapaz de ser cómplice de las revoluciones, puesto que no lo es ni siquiera de

la Historia.» Uno de los enigmas de nuestro déspota ilustrado es que, estando de vuelta, entre otras cosas,

del Partido Reformista, donde, al parecer, se leía mucho a Costa, hubiera sucumbido a unas

complicidades históricas de consecuencias más que funestas.

Y así ocurrió, como tenía que ocurrir, que la revolución que no llegó a hacer el déspota ilustrado, acabó

por hacerla el déspota normalito. Como es lógico, la revolución esta no nos podía convencer a los que

tenemos sumo cuidado en no mezclar el despotismo ilustrado con la soberanía popular. En otro lugar he

llamado «materialismo orgánico» a la síntesis de las dos fuerzas, en apariencia contrarias, en realidad

convergentes, en que se asentaba lo que ya podemos llamar el antiguo régimen». No voy aquí a establecer

analogías, sino a sacar todo el partido posible del nuevo vocabulario, tratando, por supuesto de aclararlo.

Para mí, pues, la soberanía popular es el ejercicio por el pueblo de su real gana y quien desee ampliacio-

nes y ejemplos, que se relea las páginas que a tema tan llano de derecho político dedica el maestro Galdós

en el episodio de La Revolución de julio. Toda revolución hace estragos y de los estragos de la revolución

de que hablo —no de la que habla Galdós— no es ciertamente el pueblo soberano quien tiene derecho a

quejarse, sino los que, por nuestro apego al despotismo ilustrado, o a la ilustración pura y simple, no

tenemos por qué considerarnos cómplices de la Historia.

A mi no me gusta hablar de las cosas que no tienen remedio; entre otras cosas lo encuentro de mal gusto y

además, como no me duelen prendas, estimo que los agravios que podamos tener los ilustrados no tienen

la menor importancia frente a los que pudiere tener el pueblo soberano. Pero hay uno que nos afecta a

unos y a otros y que además podría tener remedio. Se trata de la cuestión agraria. Y el agravio consiste en

una planificación industrial «halla garibaldinas, como decimos en Italia, que ha relegado a un segundo

plano a la agricultura y provocado una emigración de la población rural a unos suburbios infrahumanos.

Muchos, la mayoría, de los propietarios, han visto en esto únicamente una carestía de mano de obra;

otros, los menos, han visto además un salto, hacia abajo por supuesto, de calidad de la vida. Para aquellos,

la tierra y el hombre son pura y simplemente objetos de explotación; para éstos., ecólogos avant la lettre,

el hombre y la tierra constituyen un medio ambiente capaz de crear, como ha creado, una cultura propia.

¿Es preciso llamar ilustrados a estos latifundistas? Pues si lo es, también son Ilustrados a su modo los

jornaleros que por amor a una tierra que ni siquiera es suya se han negado a disolverse en la masa

siniestra de un suburbio industrial. Yo, que vivo en el campo, conozco a más de uno de éstos, y, como

además cultivo la ilustración, también conozco a alguno de aquéllos. Y los conozco más que nada porque

con ellos tengo en común, ya que no, por desgracia, una cantidad respetable de fanegas o aranzadas, la

funesta manía de escribir. Al principio hablé de Manuel Halcón y de José de las Cuevas; junto a estos

nombres quiero poner los del hermano de este último, Jesús, y los de José Antonio Muñoz Rojas y

Bernardo Víctor Carande. No conozco otra especie mejor de terrateniente ilustrado ni he leído sobre el

campo más literatura de calidad que la suya. En libros como Los recuerdos de Fernando Villalón. Las

cosas del campo o Historia de una finca, hay amor a la tierra y al hombre que la trabaja con amor, porque

hay un conocimiento y una experiencia directas de la una y el otro: Conservadores todos ellos en el mejor

sentido de la palabra, pues si Andalucía tiene una elegancia y un estilo se lo debe a su modo ilustrado de

entender la tradición, yo diría más, y es que a juzgar por sus libros, si estos hombres ricos son en el fondo

de un partido, lo son, como de sí mismo decía ingenuamente, tiernamente, Federico García Lorca, del

partido de los pobres, pero de los pobres buenos. Yo hablo de estos hombres en cuanto cultivadores del

espíritu; en cuanto cultivadores de la tierra, que hablen por ellos sus jornaleros, ante cuya cultura me

inclino, pues tan culto es quien cultiva la tierra como quien cultiva el espíritu.

Punto y aparte merece Bernardo Víctor Garande, labrador de sus dehesas extremeñas desde que se

licenció en Letras y escritor de vocación tenaz y singular fortuna. Y si lo merece es porque la ilustración

agraria, que también a él le viene de casta, es en él, «progresistas, mientras que en los otros es, digamos,

«moderada». Por todos estos escritores son familias enteras las que hablan—Historias de familia se titula

un libro de Muñoz Rojas—, pues con las fincas han heredado las leyendas. Más de un cortijo hay que es

en parte archivo y en parte museo romántico. Bernardo Víctor tiene, además, un padre que es las dos

cosas a la vez. Nadie disputará su ilustración al historiador de los Fugger, o de los Fúcar, como dice

Cervantes; nadie tampoco le va a disputar su despotismo, del que puedo dar testimonio como alumno

suyo en la cátedra de Economía Política. Con el fabuloso conde de Saint-Germain lo identifica Caro

Baroja, para explicarse su ciencia histórica, más vividora que erudición. Pero donde más brilla el mágico

conde es en el Siglo de las Luces y es en ese siglo donde arranca precisamente el linaje espiritual de los

Garande. Toda una galería de amigos del país, de ilustrados, de afrancesados, de doceañistas, de ruiz-

zorrillistas por último, desengañados de la realidad histórica, se refugian en la Naturaleza —Mendizábal

aidant— y empiezan ahora a contarnos sus vidas en forma de novela.

Yo creí honradamente, y honradamente lo confieso, que Suroeste, la primera novela publicada de

Bernardo V. Garande, era en realidad una novela que don Ramón había empezado a escribir en su

juventud, cuyo manuscrito había aparecido por algún lado y que el hijo lo había recogido para ponerlo al

día y darle forma publicable. Mis razones eran que el autor demostraba en el plan de la obra y en las citas

que, a la manera stendhaliana, encabezaban los capítulos, un conocimiento nada común y una visión muy

concreta de las ideas históricas tejidas en el cañamazo de la acción. Otra razón era la desigual calidad

estilística de los capítulos; los buenos se los atribuía, con probabilidad gratuitamente, al padre, y los

malos, o que tal me parecían, al hijo. Resabios de paternalismo, qué le vamos a hacer, que es otra de las

notas de la Ilustración. Luego salió Don Manuel o la agricultura, donde hay firmeza de pulso y unidad de

estilo.

Todo hombre de campo, todo agricultor, tiene un talante conservador. Y este conservadurismo de talante

se corresponde, en los casos que nos ocupan, con un conservadurismo de estilo. Cuando se lee a Halcón o

a los Cuevas, se piensa mucho en Valera, en Coloma, en Alarcón; leyendo a Carande, algún crítico ha

pensado en Azorín, y, a mi juicio, se ha quedado corto, creyendo sin duda haberse pasado de raya. No hay

que intimidarse ante los prejuicios en boga. Yo, que sigo creyendo que La voluntad, de Azorín, es una de

las novelas cimeras de nuestra época, pienso que es en lo que hay detrás de ella en el pensamiento y

delante, por tanto, en el tiempo, donde hay que rastrear el conservadurismo ideológico y estilístico de

Garande. Hay que pensar en Ganivet y, sobre todo, hay que pensar en Costa, y, ¿por qué no?, en Macías

Picavea. Ya sé lo comprometido que es evocar estos nombres ahora que estrenamos vida parlamentaria;

más que comprometido, se me antoja prematuro, pero para eso estamos los intelectuales, para hablar de

las cosas antes de que sean del dominio público. Y mucho me temo que del dominio público van a ser

esos nombres cuando los sindicatos, que ya han puesto manos a ello, le hagan la vida imposible al

Parlamento. De todos modos, lo que hay en el protagonismo republicano del libro de Garande, en realidad

su abuelo, es una resignación ante "el gobierno y dirección de los mejores por los peores; violación torpe

de la ley natural, que mantiene lejos de la cabeza, fuera de todo estado mayor, confundida y diluida en la

masa del servun pecus, la élite intelectual y moral del país...." Esta resignación le hace acatar la

Monarquía que le permite vivir de su bufete y de sus rentas, y tratar y ser tratado con urbanidad. Su

actuación política se reducirá a mantener una correspondencia inocua con el jefe político desterrado en

Francia y a hacer solemne protesta de sus ideas en el Gobierno Civil al producirse en Madrid la intentona

de Villacampa. El funcionarlo de servicio toma nota de la protesta y saluda cortésmente al protestante,

que se despide con igual cortesía. Sólo tiene un momento agrio y violento esta novela, escrita con tan

buenos modales, y es cuando don Manuel expulsa al cura de la alcoba de su esposa agonizante. Este

probable beneficiario de la Desamortización, que ha pactado con tantas cosas, no pacta con la Iglesia.

Pero hay algo más profundo, y es que este lector seguro de Jovellanos, probable corresponsal de Costa,

vuelve los ojos a la agricultura y busca en ella las raíces de la patria. Del mismo modo que, a su juicio, si

es que es el mismo que el de Costa, con la Restauración ha habido una inversión de minorías dirigentes,

también ha habido una alteración del orden de prioridades en cuanto a regeneración. Don Manuel,

digámoslo de una vez, es regeneracionista, sólo que se da cuenta de que para regenerar la historia hay que

regenerar antes la Naturaleza en que ésta se desenvuelve y de la que ésta se sustenta.

En la España de hoy, hay mucho que reformar, pero también hay mucho que regenerar. «Reforma

agraria» es un sintagma de mal agüero. En Méjico dio vía libre a la especulación con los ejidos

comunales; en Italia provocó la despoblación del campo; en Rusia, por el contrario, a través del sistema

de koljoses y sovjoses, reintrodujo la servidumbre de la gleba, abolida por Alejandro II, con todos sus

inconvenientes y ninguna de sus ventajas. En España, en tiempos del déspota ilustrado, consistió en

ocupaciones de fincas y desocupaciones a tiros y, en tiempos del déspota normalito, ICONA e IRYDA, a

quienes hay que reconocer algún mérito, han hecho de todo, con lo que queda dicho bastante. Por tanto,

más que de reforma agraria, yo hablaría ahora de regeneración rural, y en este punto tienen más autoridad

ciertos empresarios agrícolas ilustrados que todos los tecnócratas de la Administración. Son gente que

puede predicar con el ejemplo, y el Estado, si tiene ojos, que vea lo que hacen y que lea lo que escriben.

Por Aquilino DUQUE

 

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