Autor: Cierva y Hoces, Ricardo de la. 
   Ante la quinta explosión autonómica     
 
 ABC.    24/12/1977.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

SÁBADO, 24 DE DICIEMBRE DE 1977. PAG. 3

ANTE LA QUINTA EXPLOSIÓN AUTÓNOMO

Con su palabra pausada, desbordante de sentido común; con su personalidad serena, profunda, académica, empeñada en mantener abierta una rendija de esperanza en medio de la cerrazón creciente de los grandes problemas, el ministro para las Regiones, profesor Clavero Arévalo, iba respondiendo al fuego graneado de cien participantes en uno de loa "symposia» más reveladores del curso actual en el Club Siglo XXL Clavero no es solamente un técnico, y nadie podría acusarle, sin alevosía, como tecnócrata; esa noche demostró, además, su liderazgo natural en el complicado panorama político de la Andalucía nueva, y su captación cabal de la misión imposible —por necesaria que sea— que se le ha conferido como adelantado del Gobierno en la selva de la regionalización. Cuando el profesor Una planteaba, con realismo de cimientos, las presuntas realmente capitales, la tensión dialéctica de la noche alcanzaba su intensidad máxima.

Si Juan Linz flanqueaba las tesis de Clavero —que se solidarizó con el profesor de yale— desde la sociología política 7 el análisis de situación, permítaseme desbrozar, desde el otro flanco, una plataforma de observación histórica que nos adentre en toda la gravedad y la urgencia, del problema, no ya de las autonomías, sino de las preautonomías en medio del cual vivimos inmersos de manera irreversible; en el caso de que nuestra evolución democrática continúe con las directrices actuales y no se frene por efecto de las presiones políticas que parecen, desgraciadamente, cada día más amenazadoras al acercarnos al fin de año.

Durante el período histórico que conocemos como Edad Contemporánea se han planteado, con ésta, cinco crisis autonómicas generalizadas, lias cinco se han presentado después de un dilatado período autoritario.

Mirémoslas brevemente de cerca, porque de su conjunto podría deducirse casi una ley o, al menos, una orientación histórica muy importante y nunca comentada. Primera crisis, la dispersión del poder vacante en las Juntas provinciales y locales de 1808, fenómeno con el que acabó el llamado Antiguo Régimen; Juntas que casi siempre se declararon autónomas y hasta soberanas, en las Españas de aquende y allende el océano.

Si en la Península las Juntas confluyeron finalmente en la unidad gracias a la magia de la Corona próxima, a pesar de la indignidad de su titular, las Juntas americanas degeneraron en el separatismo y encauzaron el movimiento irreversible de independencia. Segunda crisis, el levantamiento rural de 1833 después de la opresión fernandina; aquello, además de una guerra dinástica, fue una disversión centrífuga con implantación de una entidad estatal al margen del Estado único.

Tercera crisis, la explosión revolucionaria de los años sesenta en el siglo pasado, después del extenso dominio de la derecha dura en la época moderada y su atenuación unionista. La desembocadura fue una triple guerra civil —carlista, cubana y cantonal— como caldo de cultivo de una dispersión que estuvo a punto de desintegrar a España. Cuarta crisis, el planteamiento —a veces anárquico y espontáneo, aunque luego regulado por la ley fundamental y después definitivamente anárquico y centrífugo— de las autonomías en la Constitución «federable» y en la realidad política traumatizada de la segunda República; nada puede resultar más esclarecedor en este punto que leer despacio el gran discurso de Azaña en 1932 sobre 1a autonomía de Cataluña —terminado en las Cortes con un «visca Espanya» de Companys y un «viva Cataluña» del orador— para adentrarse después en el diario de guerra del presidente filósofo, sobre todo sus consideraciones sobre el llamado «eje Barcelona-Bilbao».

Ricardo DE LA CIERVA

De estas cuatro crisis se extrae una ley histórica cuyo esbozo pudiera ser el siguiente: Después de cada situación autoritaria en la España contemporánea —situación que termina siempre en un período agónico y degenerado desde el Cunto de vista político— surge una explosión de autonomías con fuerte componente de autodeterminación y de franco separatismo que a su vez provoca, como causa principal, un proceso de guerra civil. Esto ha sucedido hasta ahora, desde 1800, en los cuatro momentos históricos citados, sin excepción alguna, porque la guerra de la Independencia americana fue también una guerra civil atlántica.

¿Significa esta ley que también ahora nuestro proceso autonómico va a degenerar en guerra civil? Con la misma crudeza con que se ha planteado el esquema anterior creo, sinceramente, que no, por estas razones básicas que se dan ahora y no se dieron en los casos anteriores.

Primero, el marco de las autonomías fue, en todos esos casos, una crisis revolucionaria, y ahora el marco es la propia Corona; mientras exista la Corona de España está asegurada la unidad, aunque deben cuidarse mucho los matices en toda esa retórica de que la pluralidad enriquece la unidad; lo cual es cierto si antes la reconoce.

Segundo, las anteriores explosiones autonómicas se desarrollaron ante un Ejército dividido; ahora ese Ejercito está fundamentalmente unido. Tercero, los fautores regionales y periféricos de las autonomías no tenían, en los casos anteriores la solidaridad básica y el sentido común que ahora están demostrando algunos de ellos; dicho sea, por ejemplo, en honor de don José Tarradellas. Y cuarto, como dijo en su conferencia el ministro Clavero, nunca había planteado un Estado español su problema autonómico desde dentro, con tanta sinceridad ni con tanta amplitud.

Pero, junto a estos rasgos positivos y esperanzadores, con viene subrayar, como hizo el profesor Linz en la ocasión citada, que también en nuestra circunstancia se dan, aunque atenuados (no siempre) los fermentos de virulencia disgregadora que provocaron el desastre taifeño y cantonal de las Españas durante 1a experiencia histórica que llamamos contemporánea; aunque las degeneraciones peninsulares de tales procesos se corrigieran traumáticamente una vez tras otra y las separaciones de Ultramar tuvieran que recubrirse púdicamente con floripondios retóricos todavía vigentes.

Ya dentro de nuestro horizonte actual, insistamos, la garantía suprema para el mantenimiento de lo que llamamos unidad de la patria (y no todos la llamamos así ya) es, por encima de todo, la Corona y una de las dos instituciones medulares, el Ejército; porque la otra, es decir, la Iglesia, no es en nuestro tiempo un factor de unidad tan claro, y en algún rincón de la España profunda ha sido, por desgracia, evidente factor de disgregación. Estas son garantias históricas más que políticas.

Porque, como también se apuntó en la noche de Clavero y Linz —con lucidez coincidente en los dos maestros—, la acción política, o mejor, suprapolítica en defensa y cimentación de la unidad de España debería ser ya una acción cultural en profundidad por parle del Estado; sobre todo en las regiones preautónomas donde la acción cultural de los entes regionales será, primero la exaltación cultural del regionalismo y el nacionalismo; donde el Estado deberá, abordar sin complejo de inferioridad alguno la acción cultural nacional o supranacional, es decir, sin ambages, la acción cultural española.

Sin antagonismos respecto a la actividad cultural regional; pero sin temor a que se establezcan tensiones, porque si no existe ese temor las tensiones serán creadoras; y si se cede en punto tan vital, las tensiones serán inevitablemente separatistas.

¿Están nuestros Ministerios culturales dispuestos de verdad a abordar este problema, desde ahora mismo, sin una sombra de temor o de complejo?

Esta es una pregunta vital; que necesita una respuesta urgente y práctica. R. de la C.

 

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