Autonomismo o antagonismo     
 
 Arriba.    10/01/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 4. 

AUTONOMISMO O ANTAGONISMO

UE el país entero está deseando acertar en el difícil asunto de las autonomías y que en tomo a tan lábil problema existe una especie de inteligente conspiración, parece evidente.

El autonomismo tiene buena Prensa en general y la prudencia de los políticos ha evitado hasta ahora —casi siempre— crear un territorio de malos entendidos en el que la hipersensibilidad de unos y otros, las Imperfecciones y ambigüedades de ´lenguaje hubieran podido degradar el tema a un quicio pasional. Pero un problema nacional de esta envergadura —el señal de esta envergadura —el sese después de la opción democrática como filosofía y sistema de convivencia— no puede perdurar sin doctrina y sin doctrina positiva. Y, sobre todo, no puede derivar en confuso y ambiguo lugar común. De un modo consolidado y transparente apenas sabemos nada sobre el exacto perfil del autonomismo en la configuración del nuevo Estado democrático. A veces hasta creemos que se pierde y equivoca su función o que corre riesgo de desviación muy peligrosa. El riesgo de bascular hacia el particularismo que denunciaba Ortega y de no enderezar su propia energía para la solidaridad. Caer en el foralismo a estas alturas es un atavismo, un paso atrás, ser tragados en dos o tres centurias por el túnel del tiempo y buscar la afirmación —a veces «a fortiori»— de la personalidad, las aspiraciones y los derechos regionales por antagonismo diferencial es un majestuoso disparate, además de una fecunda fuente de envenenamiento.

Lamentamos que se hable tan poco de España y que no pueda a veces evitarse la impresión de que el autonomismo no es orientado para la conformación positiva de todo el país, sino que queda encerrado en estrechos —y bien Indecisos— horizontes territoriales y mentales. No se puede —así literalmente— pensar, construir, diseñar el mosaico autonomista si no se ha diseñado previamente el marco español global. Sólo desde la definición del Estado y de la nación española se puede deducir rigurosamente el papel del autonomismo que o es animador de la convivencia política, económica, social y cultural de un gran país o no será bueno para nada ni siquiera para sus más devotos partidarios.

Tal como algunos sectores abordan el regionalismo más parece que están practicando constantemente una diversión o una digresión, - porque no acaban de centrarlo. Recientemente tuvimos ocasión de oír una vez más una decepcionante intervención sobre el tema. En relación con el autonomismo andaluz se nos decía por un importante y notorio hombre de partido que la autonomía era más que la descentralización. Quedamos ¡inmediatamente presos de la oportunidad que tan ávidamente esperamos de concretar qué es la autonomía, sobre todo desde el sagaz y certero ángulo de diferenciarla de la descentralización.

La explicación no se hizo esperar. La autonomía andaluza es más que la descentralización porque va a conseguir que Andalucía deje de ser la Cenicienta de España y que en el futuro no sea robada por

las demás regiones españolas. Es posible que entendiéremos mal y que realmente se nos estuviera formulando —en lenguaje ciertamente llano— un concepto de antagonismo.

Telesforo Monzón —que no quiere ser español— es otro ejemplo y algún miembro de la inteligencia catalana se lamenta del sometimiento de la cultura catalana a la española. Hemos dicho bien a la española, no a la castellana o a la gallega.

A nosotros no se nos alcanza que el autanomismo pueda ser otra cosa que el tipo de descentralización que conviene a una sociedad moderna, resueltamente identificada por la historia y la cultura, en el umbral del siglo XXI y animada por (a devoción de la libertad creativa.

Es decir, una descentralización no sólo administrativa, sino cultural y económica. Se trata de «hacer a España» desde diferentes polos de fuerza y dinamismo. El acento final no es por consiguiente Andalucía, sino España "desde Andalucía, y desde todas las reglones. Se trata del reconocimiento de madurez de que no es ya posible conformar a España ni desde una instancia centralista ni desde ninguna irradiación mágico-carismática. Pero el antagonismo es infantilismo, irrealísimo o una cortina de humo cuando no se tiene el talento y la fuerza de concebir grandes tareas con la debida precisión y aliento. O más rebajadamente, cuando se trata electoralmente el más importante, permanente y grave de los asuntos que nos cónciernen.

 

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