Autor: Álvarez Álvarez, Carlos Luis (CÁNDIDO) (ARTURO). 
   La provincia     
 
 ABC.    08/02/1978.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 13. 

LA PROVINCIA

LA inmensa mayoría de los hombres alberga en su interior unos sentimientos que le unen a la tierra donde nació. Este sentimiento tiene dos grandes manifestaciones: la relación con la patria, o la nación a que pertenece, y la relación con el lugar, el pueblo o la ciudad en la que se ha nacido.

Pero además —con excepciones independentistas, mínimas en número y anacrónicas, como acaba de indicar Sicco Mansholt—, los españoles sienten y viven otras dos relaciones. Se consideran de una región y de una provincia.

las regiones son desiguales. Algunas tienen una historia y una cohesión de las que otras carecen. En unas el sentimiento regional es muy fuerte y en otras mucho más débil.

Pero lo mismo que las regiones son desiguales y el sentimiento regional diverso en grado y en intensidad, la vinculación con la provincia es mucho más homogénea. Hay zonas de España en que el sentimiento regional es más fuerte que el provincial y otras en que es al revés, pero en ningún sitio falta la espontánea identificación con la provincia. Se dice a veces que la provincia es una creación reciente y artificial. Sin embargo, la división provincial tiene siglo y medio, que es, por ejemplo, mucho más tiempo que el que son Independientes la mayoría de los países que se sientan en la O. N. U.

Pero, además, la provincia ha sido y es. con el Municipio, un centro de actuación administrativa, económica y cultural de indudable eficacia. Con todos los regímenes: Monarquía, dictadura o república; con todos los gobiernos: de derechas o izquierdas, progresistas o reaccionarios, la provincia ha sido un instrumento funcional y una realidad indiscutible. Con ocasión de la reciente ley electoral la provincia ha sido utilizada como distrito, con general y evidente aceptación, y la representación provincial ha funcionado adecuadamente.

Esta realidad histórica, económica, administrativa, política y social que es la provincia no merece ahora olvido o desconsideración y, mucho menos desprecio. No está nuestro país para que, al difícil momento que pasamos, en el que parecen querer hacerse todos los cambios al mismo tiempo, añadamos la polémica sobre la provincia y su representación.

Algunas de las ideas apuntadas en el título VIII del borrador de la Constitución parecen poner a la provincia en condiciones de inferioridad y eso nos parece grave. No se puede Indirectamente obligar a las provincias a unirse a la suerte de otras, muy diferentes, bajo la presión de tener que formar parte de un territorio autónomo porque si no su representación será menor; ni se las puede relegar a la última de las disposiciones transitorias. Más odioso que el centralismo capitalino sería el centralismo regional o de una ciudad sobre otras que no la admiten cómo superior. Y si mala es la burocracia central, pensemos lo que podría ser una burocracia de segundo grado.

Someter a muchas provincias a la capitalidad regional de otras no dejará de plantear evidentes problemas. No olvidemos que los problemas de Almería no son los de Sevilla, los de Santander y Logroño no son los de Valladolid. o los de Álava no son los de Guipúzcoa, y tantos otros ejemplos como se podrían citar.

Bien está reconocer la existencia y los derechos de las regiones, pero no a costa de deshacer algo que lleva siglo y medio existiendo y que forma la osamenta del funcionamiento del país. Y sí el Senado ha de ser, como parece lógico, la Camara en la que prevalezca el carácter territorial sobre el puramente demográfico.

seamos consecuentes con ello. No quitemos la representación a las provincias. Traspasarla a los territorios autónomos y hacerla de segundo grado, relegando a la representación provincial a una norma transitoria nos parece un inmenso error.

O se reconoce una representación senatorial, basada en una base provincial o consagraremos la destrucción de las provincias pobres y menos pobladas, ahondando la diferencia entre nuestras tierras, acelerando- la despoblación y la desigualdad entre unas y otras. Si Soria, o Cuenca, o Zamora, o Almena tienen dos senadores, frente a un mínimo de 15 ó 20 de casi todos los territorios autónomos,

¿qué Gobierno va a ocuparse de esas provincias, quién va a hacer obras o inversiones en ellas, qué fuerza van a tener? ¿Y qué provincias, aunque no lo deseen, van a poder evitar entrar o formar un territorio autónomo?

Cada provincia debe tener su voz en el Congreso, con consideración preferente al número de sus habitantes, pero sin olvidar su personalidad e interés como tal entidad. Y su representación en el Senado, desde luego también por sufragio directo y no de segundo grado, porque si no es así todavía será menor la importancia y representatividad de la segunda Cámara. Y esta representación senatorial habrá de atender preferentemente a la existencia de una entidad provincial y a la necesidad de defender los derechos e intereses de los españoles que viven en las provincias pobres, agrícolas, explotadas o suministradoras de mano de obra para el desarrollo de las otras.

La provincia es una entidad a conservar que necesita que su voz sea oída en el Senado para subsistir y no sea acallada por las zonas superpobladas como Madrid o Barcelona que ya mandan al Congreso diputados en número siete u ocho veces superior al de las pequeñas. Si no se hace así, si no se respeta a todas las provincias y se establece un mínimo para cada una, nos encontraremos a la vuelta de pocos años con aglomeraciones cada vez más eleban clasicas y menos humanas, con más emigración interior y mayor abandono de zonas enteras de España, y con mayor desequilibrio dentro de la nación, con el riesgo que ello lleva para su unidad Porque a la concentración del poder económico en unas pocas zonas —que hoy ya existe— se añadirá la concentración del voto y como consecuencia del poder político en las zonas más masificadas.

Hoy que hablamos tanto de igualdad, de solidaridad, de justicia y de defensa de los más necesitados, no vayamos a caer en una desigualdad, en una insolidaridad y en una injusticia con las provincias españolas que están en los escalones más bajos del nivel de vida en nuestra Patria: y con sus naturales, que también tienen derecho a amarlas y a seguir viviendo en ellas.—José Luis ALVAREZ ALVAREZ.

 

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