Autor: Ventura, José F.. 
   Preautonomía, ¿pero qué clase de autonomía?     
 
 El País.    17/03/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

REGIONES

TRIBUNA LIBRE

Preautonomía, ¿pero qué dase de autonomía?

VICENT VENTURA

La política preautonómica del Gobierno Suárez ha llegado al País Valenciano, y con esa denominación, precisamente, que tanto irrita a los del «regionalismo bien entendido», metida en el «paquete» de Galicia, Aragón y Canarias. ¿Se trata de una conquista de nuestros parlamentarios? ¿Hay que atribuirlo a la movilización de seiscientas mil personas el 9 de octubre de 1977? ¿Por qué salió tanta gente a la calle aquella tarde con su polémica de la mañana en la que los manipulados falleros, y los de la continuidad a todo trance, intentaron sin éxito hacer correr por su molino el agua del sentimiento autonómico? ¿Y qué sentimiento es ese?

Después de los clandestinos Estatuts d´Elx y del Consell, y después de la tenacidad nacionalista imponiendo la reivindicación en todas las «plataformas» más o menos clandestinas y «unitarias», los partidos «de ámbito del Estado español», es decir, los únicos que iban a tener vela en la procesión democrática, hicieron suyo este objetivo, lo que obligó al ayuntamiento heredado del franquismo a reclamar a su vez, con todo género de cautelas y limitaciones, una parodia de estatuto donde se hacían las consabidas declaraciones de no «separarse», de ser «solidarios» con todas las «regiones», de no querer unirse a ninguna otra por limítrofe que sea, etcétera. Por no pedir no se pedia ni el derecho a enseñar el llamado, para no suscitar la «reacción» —en el más amplio sentido de la palabra— idioma del valencians, es decir, la forma dialectal del catalán que utilizamos.

con diversas variantes para las diversas comarcas, desde el Cenia al Segura, más o menos.

Por su parte, la Diputación, en lugar de guardar un discreto silencio hasta que llegue la sustitución de quienes la componen por designación —como el Ayuntamiento del cap i casal— ha pedido reiteradamente a todas las instancias, incluida la Jefatura del Estado, que se defina «la personalidad y características propias de la región valenciana», es decir, que se diga que el valenciano no es catalán, que la senyera ha dé llevar la franja azul; que nunca los valencianos han tenido que ver con el resto de los países catalanes —definición nefanda, como es bien sabido— y etcétera.

Lo que se ventila

La historia lamentable de todas esas reivindicaciones al revés, es decir, de todas esas autolimitaciones —con detalles tan pintorescos como los del bunker de mi pueblo, Castellón, que para diferenciarse del resto de los países catalanes pero también de los valencianos de Valencia, aunque sean congéneres de bunker, ponen en la senyera una franja... verde, en lugar de azul— no han influido poco ni mucho en esa llegada de la preautonomía que toca a todos los que la pidan como la manera más hábil de que en realidad no le toque a nadie. Es decir, que no se trata de que las nacionalidades con su historia interrumpida a partir del Decret de Nova Planta, puedan continuaria, sino que se trata de acallar sentimientos con la repetición de un modelo único para todos los entes autonómicos que ni siquiera van a configurar un Estado regional, como pide el mimetismo profesoral de algún teórico de repetición.

Y bien, ya estamos en la «preautonomía» de no se sabe bien qué «autonomía». Habrá, seguramente, un modelo que no diferenciará poco ni mucho a los «territorios autónomos» ni siquiera en los casos de precedente efectivo. Porque de lo que se trata es, justamente, de diluir en la generalización cualquier singularidad. Ese es uno de los objetivos más claros de la lluvia autonómica que se ha derramado sobre todas las... ¿cómo se llamarán por fin? Poco vivirá el que no lo vea en la Constitución que va a empezar a discutirse en el Parlamento.

Por aquí, la preautonomía ni siquiera resolverá lo que no puede llamarse polémica sobre la naturaleza histórica del que oficialmente se llama ya Pais Valenciano, sobre su identidad cultural, sobre los colores que no hay que añadir a la senyera. Porque en absoluto hay que creer que se discute sobre lo que parece.

La cuestión de fondo es otra. La cuestión de fondo, con el concurso de una manipulación sólo explicable sobre la base de la ignorancia acerca de La historia que ens han amagat, es la de que sigan o no donde están --ellos o los de su misma conjunción de intereses— los que no han dejado de estar los últimos cuarenta años y más todavía, los últimos 270 años, bien mirado. Y está por ver si los partidos ganadores de las elecciones del 15 de junio entienden de qué va la cosa y se dan cuenta de que no es una cuestión de colores en la senyera y denominación del idioma, del territorio, etcétera, lo que se ventila, sino que se cierre o que continúe abierto el capítulo de los últimos cuarenta años.

Un petardo en las manos de los parlamentarios

De uno de los dos partidos mayoritarios ya se sabe que está escindido entre los que se han acogido a él para «continuar» y los que han entrado en una suma con el poder, procedentes de la renovación. ¿Y del otro? El otro parece haber empezado a entender que es imposible no tomar partido. Aspiran a sustituir un día u otro a quienes ahora ejercen de mayoritarios y no pueden ser, por consiguiente, idénticos a él.

Están recibiendo en sus filas el refuerzo autóctono de los nacionalistas que confian más en la colaboración que en la resistencia, y representan, con la complaciencia o la resignación de los representados, la otra opción probable. Lo demás, la restante opción parlamentaria de izquierda y las opciones de los que ni siquiera han llegado, es para más tarde, sin que deje de ser importante —en el terreno sindical, por ejemplo, en el de las organizaciones cívicas de base, etcétera—, su influencia, y (por tanto, sus posibilidades de conducir, de alguna manera, el juego político en un camino determinado.

La preautonomia es hoy —como la autonomía será mañana-una formalidad. Pero ¿se puede hacer otra cosa que intentar convertirla en la máxima realidad posible? Es el único camino si no se quiere que estalle como un petardo en las manos de los parlamentarios. Porque van a recibir quejas, peticiones, etcétera, de quienes creen que las atribuciones preautonómicas hoy y autonómicas mañana son reales y no formales.

Habrán de forzarlas costuras del modelo para meterle dentro realidad digamos que infraestructural, cara al futuro, con la normalización del idioma postergado tantos siglos; con el inventario de los recursos naturales para saber qué hay que controlar cuando haya posibilidad de control; con el ensanchamiento de atribuciónes y de recursos para hacerlas efectivas, etcétera.

Una inmensa tarea que exige tomar partido para no perder el tiempo en rechazar acusaciones fantasmagóricas que pretenden limitar la autonomía a una cuestión representantiva a fin de que nada cambie mediante la apariencia de que algo ha cambiado.

Es decir, se trata de que cambie algo, realmente, por poco que sea, y sobre todo, que cambien los que han estado en la escena cuarenta años y quieren que sigan estando los herederos dé sus intereses. De clase, naturalmente.

 

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