Autor: Mourelle de Lema, Manuel. 
   Castellano o español     
 
 ABC.    02/06/1978.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

CASTELLANO O ESPAÑOL

DESDE la aprobación, por parte de la Ponencia constitucional del Congreso, del artículo que regula el rol de las diferentes lenguas habladas en el suelo patrio se han venido sucediendo en estas páginas de ABC diversos artículos y comentarios en torno al hecho de la designación del castellano lengua oficial de España o. como desacertadamente «rusta decir la citada Ponencia, «Estado español».

Como lingüista quisiera aportar algún dato al esclarecimiento de este hecho, al tiempo que lamentar el que no se haya contado con las opiniones de tan eminentes filólogos como existen en nuestro país, e incluso de hispanistas egregios diseminados a lo largo y ancho del mundo occidental.

Sin que se preste atención a quienes, políticos de boquilla y no de cerebro, han exteriorizado que la denominación de «lengua española» aplicada al castellano huele a filología elaborada durante el pasado régimen, hay que traer a las mientes que el nada sospechoso de franquismo Américo Castro, defensor del término español como designador del idioma oficial de España, publicara en 1970 un trábalo intitulado «Español», palabra extranjera (en «Cuadernos Tauros», núm. 89). Pero fue el investigador helvético Paul Aebischer quien, en un trabajo publicado en 1948 (en «Estudios de toponimia y lexicografía románica», editado en Barcelona), probó la extranjería del vocablo «español». Esta teoría tiene como contribución importante los conceptos que a continuación anoto.

El término «español» es un occitanismo —o provenzalismo— traído a la Península por los «francos» que vinieron a la conquista del valle del Ebro, siendo el documento más antiguo que lo registra como nombre personal el encontrado en el sur de Francia, en la región de Auch. fechado en 1105. Corno adjetivo étnico surgió en pugna, bajo la forma de «hisnaniolus». con «hispani» e «hispanicus» —adjetivos que designaban las cosas de Híspanla—, y con connotaciones específicas de orden semántica respecto de estos últimos: como quiera que en Aragón, en los siglos XI y XII, España significara «tierras cristianas situadas en las llanuras» —esto es. la cuenca del Ebro—, a este concepto hay que referir los apellidos tolosanos del siglo XII, cuando especificaban «español» frente a, «catalán» y «aragonés» —ni la tierra llana ni Zaragoza eran entonces Aragón—.

Posteriormente se extendió el término «español» para designar todo lo que tuviera que ver con España y ya no con la pequeña región aragonesa mencionada.

Si bien el romance de los castellanos se llamara así, castellano, para distinguirlo de los demás romances peninsulares —el gallego, el leonés, el aragonés y el catalán—, la supremacía política y cultural de Castilla la Vieja elevó su dialecto al rango de lengua nacional española. De suerte que, junto al arcaísmo castellano, surgió el neologismo «español», ya, usado, a veces, en tal sentido en la Edad Media.

El nombre de español en orden a designar la lengua castellana apareció oportunamente, como hace tiempo señalé en un artículo publicado en la «Gran Enciclopedia Rialp», bajo el título de Lengua castellana: por una parte. Castilla, a finales del siglo IX, comienza a salir de su antiguo recinto y castellaniza el centro y «1 sur de la Península, y luego se unifica con los reinos de León, Navarra y Aragón, que adoptan en común el habla de Castilla; por otra, la unificación española coincide con el despertar renacentista de la conciencia de nacionalidad en Europa.

Junto a quienes continuaban aferrados a la denominación tradicional de castellano hubo muchos que empezaron a ver intencionalmente en el idioma una significación extrarregional y un contenido históricocultural más rico que el estrictamente castellano, por menos regionalista.

Desde que en el siglo XVI se completa la unificación de la lengua literaria, coincide con el auge del castellano el descenso de las demás lenguas peninsulares y aquél se convierte en lengua nacional o española, que, a su vez. pasa a ser lengua universal por la hegemonía política de España en esta época. En los siglos subsiguientes, castellano y español no serán tampoco términos excluyentes. sino más bien cuestión de preferencia. Dentro de La propia Real Academia Española, a partir de su fundación, se alternó una forma con otra, por aquello de que «tanto monta...»

La unidad espiritual y cultural entre España e Indohispania deberían aconsejar a nuestros patres patriae el rectificar el artículo en el que se dice que «el castellano es la lengua oficial del Estado» por esta otra redacción —a la que aludió tan acertadamente ABC en su editorial del 27-V-78: «El español o castellano es 1a lengua oficial de España.»

Esta redacción estaría en consonancia con el ensayo de Amado Alonso titulado nada, menos que Castellano, español, Idioma nocional (Buenos Aires, Losada). Manuel MOURELLE DE LEMA.

 

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