Autor: Castro Villacary, Antonio. 
   Las nacionalidades y el futuro     
 
 ABC.    27/07/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 4. 

TRIBUNA PUBLICA

las nacionalidades y el futuro

Te propongo, lector, que dediquemos unos momentos de atención al examen del tema de las nacionalidades, punto conflíctivo máximo de nuestro .proyecto constitucional, pese al consenso obtenido fuera del Parlamento por la minoría política, que tiene en sus manos tanto el poder de iniciativa como la responsabilidad de acertar en sus planteamientos sobre dónde debe España encaminar sus pasos en el futuro próximo. No es presumir de profetar el vaticinar que esta materia va a • producirnos a los españoles, en años venideros, bastantes dolores de cabeza.

E! texto referente a las competencias y atribuciones de tos entes que han de regir las nacionalidades y demás territorios autónomos del Estado español se ha aprobado sin obstáculos importantes por el Pleno del Congreso de Diputados conforme lo establecido en el seno de la Comisión Constitucional, que asintió a lo pactado en la Moncloa o por sus aledaños entre unos hombres comprometidos a darnos cuanto antes y como sea una Constitución, y otros hombres dispuestos a obtener de tal compromiso las máximas ventajas posibles para consolidar y acrecer las fuerzas políticas, que con absoluta claridad representan.

Cuando el proyecto constitucional llegue al Senado es posible que alguien trate de aguar el caldo gordo hecho a espaldas de la opinión pública. Es incluso .posible que sea la propia U. C. D. quien se encargue de ello. Todo, sin embargo, está claro. No serán esos conflictos dialécticos, pactados, los que han cíe molestamos. Los dotares de cabeza comenzarán después, tras el referéndum, cuando la Constitución haya sido aprobada y esté vigente; cuando los españoles, según el día de su bautizo y presentación oficial, demos nombre a la niña bonita que nos va a nacer y proporcionar felicidad; cuando, llenos de fervor constitucional, a partir de entonces la máxima expresión de patriotismo, podamos gritar ¡Viva la Pepa! (o su omnomástíea equivalente) en las manifestaciones callejeras o en los actos oficiales. Esto es: cuando todo esté consolidado, y bien consolidado, por la expresión democrática de la voluntad popular.

La Constitución española, que será aprobada por el pueblo en el oportuno referéndum, contempla la existencia en el seno de! Estado español de diversas nacionalidades.

Teóricamente, ello no supone que España se desintegre ni que el Estado español desaparezca. Por el contrario, nos dicen, la diversidad reconocida, institucionalizada, significa un refuerzo de la suprema y necesaria unidad nacional. España, única nación constituida en Estado, incluye en su seno a diversas nacionalidades (vasca, gallega, catalana, extremeña, andaluza canaria, balear, manchega, murciana, aragonesa, valenciana, castellana; posiblemente, resueltas dificultades técnicas, también la asturiana, la leonesa, la cántabra, la riojana...), ninguna de las cuales son naciones, puesto que no tienen Estado. Se establecen asi dos categorías políticas, diferenciadas tan sólo por estar o no en posesión de un instrumento jurídico.

La nacionalidad es el conjunto de elementos económicos, sociales y culturales que proporcionan a un pueblo conciencia colectiva de su personalidad y le hacen exigir su derecho a gobernarse autónomamente. Cuando se constituye en Estado, poder independiente y soberano, una nacionalidad se convierte en nación, sujeto histórico actuante por cuenta propia, personalidad que entra en competencia con otras naciones en el gran teatro del mundo.

-Para quienes entendemos España como el conjunto grácil y armonioso de tantos elementos dispares, como la integración histórica de pueblos y clases, y como la proyección hacia el tiempo futuro y hacia el espacio internacional de un hecho de! pasado construido sobre un territorio delimitado por la geografía histórica y política, el tema de las nacionalidades sólo puede proporcionarnos motivos de alegría si se entienden como plataforma de lanzamiento y actuación de una alta unidad histórica, que a todas ellas comprende e integra.

Determinadas fuerzas politicas tienen de España un concepto muy diferente. Sólo ven en ella un campo de juego, el Estado, donde varios partidos rivales se enfrentan, aunque sólo sea con las armas de la dialéctica, ganosos todos del Poder, y donde la burguesía y el proletariado tratan de imponer su denominación- Sin son gallegos, catalanes o vascos, los componentes de esas fuerzas políticas no se consideran espartóles, y así lo dicen y afirman en libros, publicaciones, entrevistas y discursos. España, para ellos, es un problema: han de resolverlo encontrando la explicación actual (no les resulta suficiente, o ´les parece injusta, la histórica) del por qué forman parte de un conjunto que se llama España o Estado español; una vez hallada tal explicación, han de encontrar o vivir su manera de formar parte, aceptando la realidad actual, debidamente modificada, o mejor aún imponiendo, de acuerdo con las damas nacionalidades no españolas, una nueva forma de vivir esa unión, en el caso de ser libremente aceptada por las nacionalidades interesadas.

Porque no nos engañemos. En el ánimo de los partidos nacionalistas, sean burgueses o de clase, está el deseo de llegar a la autodeterminación. Para ellos, con arreglo a una lógica romántica, los pueblos de cada nacionalidad, en estos momentos la catalana y la vasca, inmediatamente después la gallega, más tarde las restantes, habrán de pronunciarse libremente un dia sobre cuál deba ser su estructuración con el resto del Estado, llegándose a la total independencia si asi lo eligiera suficiente mayoría.

No importa que ´fuera o dentro de esos partidos nacionalistas, burgueses o proletarios, multitud de vascos, gallegos o catalanes crean que la independencia no es solución. No importa que tampoco creamos en la desintegración de España la inmensa mayoría da (os españoles, incluidos como tales millares y millares de catalanes, vascos y gallegos. En una democracia, dicen y propagan los nacionalistas, todos debemos aceptar la libre decisión del pueblo. Es el pueblo, y sólo el pueblo, quien debe decidir en cada nacionalidad.

Y ahí empiezan, amigo lector, o mejor dicho empezarán, los dolores de cabeza del pueblo español.

Antonio CASTRO VILLACARY

 

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