Autor: Enciso Recio, Luis Miguel. 
   Español y castellano     
 
 El País.    31/10/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 15. 

TRIBUNA LIBRE

Español y castellano

L.M.ENCISO RECIO Senador de VCD por Valladolid

Los debales en el Senado han puesto de nuevo sobre el tapete el tema de las lenguas de España. El texto constitucional reconoce tres realidades fundamentales: la proclamación del castellano como lengua oficial del Estado, la cooficialidad de las demás lenguas en las respectivas comunidades autónomas y la protección de todas y cada una délas modalidades lingüísticas existentes en nuestro país.

La denominación de la lengua oficial ha suscitado muchas discusiones y algunos recelos. El Senado constitucionalizó la sinonimia entre «castellano» y «español». Pero ¿puede afirmarse que la decisión adoptada se fundamentaba en razones convincentes?

En los comienzos de la época «moderna», los habitantes de los espacios situados al sur de los Pirineos, aunque conservaran los gentilicios de sus respectivas comunidades, eran denominados «españoles».

En este último sentido usa el término, por ejemplo, el gran Camoés. En acepción más restringida, con referencia a una lengua, «español» era el equivalente de lo que podría denominarse la lengua iberorrománica castellana, idioma común, aunque no exclusivo, en toda la Península Ibérica durante los Austrias.

En realidad, el primitivo castellano, sobre el que se ha escrito no poco con motivo del milenario de las «Glosas emilianenses», es el resultado de un compromiso, una «koiné», entre cuatro variantes lingüísticas culturalmente vascorrománicas: la montañesa; la riojana, la burgalesa y la de la Extremadura soriana. Pero este castellano no es la lengua que se hablaba en el siglo XVIII o, mucho menos, la que se habla hoy. La lengua común española se ha ido enriqueciendo, no sólo con las aportaciones de otros hablares antiguos, como el mozárabe toledano o los de más al Sur, o de lenguas ajenas, como el árabe, las de los indios de América, el francés, el inglés, el alemán o el italiano, sino con las otras lenguas de la Península, a las que, con toda propiedad, cabe calificar de lenguas españolas o hispánicas.

En un sugestivo artículo de 1918, Menédez Pidal distinguía entre la lengua del Poema del Cid, a la que el maestro denominaba «lengua castellana», y la «lengua española», en cuyo florecimiento entendía que habían colaborado todas las regiones de España. Sobre las huellas de don Ramón, varios amores y, singularmente, el benemérito Amado Alonso han Vuelto a plantearse la cuestión.

La verdad es que a partir del siglo XV la lengua común se denomina, indistintamente, «española» o «castellana».

Se ha invocado hasta la saciedad la afirmación de Nebrija de que la lengua es compañera del imperio. El uso incorrecto, abusivo y politicamente desacertado que se ha hecho de la frase ha suscitado explicables recelos. Con todo envuelve una innegable realidad. Es evidente que la monarquía hispánica de los Reyes Católicos y de los Austrias, al tiempo que se extendía territorialmente e imponía, no sin dificultades, sus designios politicos, culturales y hasta «sacrales», hizo efectivo el uso y predominio del «español».

«Esta lengua, de la cual damos aquí preceptos, podía leerse en un escrito anónimo publicado en Lovaina en 1555, se llama española: llámese así no porque en toda España se hable una sola lengua que sea universal, porque hay otras muchas lenguas, sino porque la mayor parte de España la habla.» Cuando Carlos V pronuncia su famoso discurso de 1536 en Roma habla de «mi lengua española», y justifica su empleo por considerar que el «español es ya una lengua internacional, susceptible de ser antepuesta al latín. El juicio político del emperador venía avalado por la brillantez de una literatura excepcional y tiene su paralelo intelectual en argumentos de escritores de la talla de Fray Luis de León. Ambrosio de Morales o Fernando de Herrera.

También la visión de los extranjeros abogaba en favor del gentilicio «español». Esta nueva lengua, la que utilizaban los gobernantes y militares de toda Europa los artistas v los mercaderes,

los banqueros, los dignatarios de la Iglesia y hasta algunos sectores de la población urbana y rural de Italia, Flandes, Francia y Alemania, en todas partes se denominaba «español».

Una tercera motivación que explica el uso del término «español» estriba en el paralelismo con los nombres de otros idiomas nacionales. En Italia se discutió en su día si la lengua común debía denominarse toscano, florentino o italiano, y, al fin, se generalizó el vocablo «italiano» por ser el correspondiente a la lengua hablada en la mayor parte del país. El francés, «sin cambiar de nombre por coincidir con el de la nación, cambia de sentido» y «empieza a verse como la lengua de los franceses».

Una razón más explica la utilización generalizada de «español». Desde finés del siglo XVI, con raras excepciones, «español» es el término aceptado mayoritariamente en los países hispanohablantes para referirse a la lengua común de España.

Pero el hecho de que «español» predomine no quiere decir que se abandone el uso del adjetivo «castellano». La pervivencia de un vocablo primitivo no se basa sólo en una tradición arcaizante, sino en las preferencias de amplios sectores de población. Como, por otra parte, el «castellano» cambia y amplía su contenido, muchos autores utilizan una u otra forma —«castellano» o «español»— indistintamente. Un ejemplo ilustre nos lo proporciona el maestro Gonzalo Correas con su Arte de la lengua española castellana.

Lengua española, lengua castellana: los dos sintagmas utilizados durante el quinientos siguieron teniendo vigencia en el siglo XVII, época en la que «castellano nunca es nombre abandonado, pero español es el más frecuente». En cambio, cabe observar que en la época «ilustrada» hay una vuelta al uso generalizado de «castellano» como expresión de una actitud purista y castiza, de un regusto historicista y de un movimiento cortesano y centralizador.

La Academia de la Lengua, nacida en 1713, se llama a sí misma Española y, sin embargo, publica su primera y más grandiosa obra con el título de Diccionario de la lengua castellana. Fernando Lázaro ha precisado, con su finura habitual, que la alternancia Academia Española lengua castellana se basa en la retórica: es, en realidad, como escribe Marcos Marín, «una elegante variación estilistica para evitar la fea construcción con dos adjetivos iguales». Sólo a partir de 1924 el diccionario pasó a ser de la Lengua Española, y la denominación se extendió a todas las obras y documentos de la Academia.

El siglo XIX vino a consagrar el recurso preferente a la expresión «lengua española». Antes y después del colapso del 98, escritores de diversas regiones trataron de interpretar con bríos superadóres la visión pesimista de las lenguas y culturas hispánicas. Dentro de ese movimiento hay que situar la exaltación de la lengua española. Tres ejemplos bastarán al caso. En 1908, Unamuno publica un artículo titulado «Su majestad, la lengua española». En él se lee: «La lengua nacional de España es la lengua española..., lengua íntegramente española y, además, lengua internacional, lengua mundial.» Pocos años después. Pío Baroja escribía unas palabras que hoy parecen ejemplares: «Yo quisiera que España fuera el mejor rincón del mundo, y el País Vasco, el mejor rincón de España.»

Desde el Mediterráneo, Maragall trataba de superar dolorosas incomprensiones y buscar un camino de solidaridad entre los pueblos de España. «Mientras pretendía ir señalando a España sus destinos —escribe—, mi conciencia de español se ha ido desdoblando en mí, de manera que hacía de la mía una España aparte que no se contentaba con la austera gloria señalada a la de solitarios 3 profetas, sino que se lisonjeaba con otra más mundana... Se ofrecían í mi memoria ciertos momentos políticos de mi tierra, ciertas actividades sociales de mi ciudad ciertos acentos distintos de mi lengua, que me dieron la ilusión de no hablar ya conmigo mismo y con los míos más próximos, sino con uno: hermanos más desgraciados en el mundo.....que eran mis hermanos sí, pero eran "otros". Pero he aqui que mientras tanto una salmodia se ha ido acercando por el camino a donde da mi ventana, una voz las limera pregonando la miseria de una vida. Cierto que esta voz no hablaba en la lengua que yo hablo pero hablaba en esta misma en que estoy escribiendo»

Los argumentos históricos 3 lingüísticos para la aceptación de los términos «español» y «castellano» siguen teniendo hoy plena vigencia. El uso coloquial de «castellano» y el empleo de esa forma en el interior de nuestro país, sobre todo, en temas en los que se hayan de mencionar las demás lenguas de España es una realidad que no puede desconocerse, pero también es evidente que la lengua utilizada por casi todos los españoles debe ser denominada «español».

La Real Academia de la Lengua ha dictaminado: «Puesto que se reconoce que la lengua castellana será oficial en todo el territorio de la nación y servirá de instrumento de comunicación para todos los ciudadanos españoles, parece natura! que sea denominada "lengua española" por antonomasia.»

Por otra parte, no es posible olvidar que nuestra lengua común no es patrimonio sólo de los españoles, sino de más de 250 millones de seres extendidos por todos los continentes —singularmente por América, Europa y África—, que la han enriquecido y han contribuido a darla originalidad y frescura.

No sería justo olvidar tampoco los usos internacionales. «El término "español" —han admitido maestros académicos de la lengua— lo emplean de modo casi unánime los extranjeros, y con la definición de "lengua nacional de España" figura en los diccionarios de todos los idiomas del mundo.»

 

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