Autor: Fuente y de la Fuente, Licinio de la. 
   Autonomías y nacionalismos     
 
 ABC.    29/12/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

Autonomías y nacionalismos

Por Licinio DE LA FUENTE

UNA vez aprobada la Constitución, la elaboración y aprobación de los Estatutos de Autonomía es una de las más delicadas y trascendentales tareas políticas. Una llamada de atención al realismo, a la prudencia y a la solidaridad nacional, no parece ociosa en estos momentos, ante uno de los más graves problemas del proceso posconstitucional. Mucho más después de conocer los proyectos que a toda prisa acaban de elaborar vascos y catalanes.

Casi todos los grandes partidos políticos defendieron en las elecciones del 15 de junio la autonomía y la descentralización administrativa regional, provincial y municipal. Pero después vino el proceso de exaltación dé las diferencias de los distintos pueblos de España, silenciando los elementos comunes y desnaturalizando la gran historia que hemos hecho juntos. Y vino la discusión de la Constitución y las crecientes exigencias de los parlamentarios «nacionalistas», arropadas con el argumento de que sólo así la Constitución sería votada masivamente en Cataluña y el País Vasco. Lo que, a pesar de las «concesiones» de los últimos consensos, no ha ocurrido.

Y hemos ido pasando, sin que muchos tengan conciencia clara de la gravedad del tema, de los regionalismos, de las autonomías, a los nacionalismos. Antes de las elecciones un sólo partido importante se declaraba nacionalista: e! P. N. V. Luego ¡o hizo ya Convergencia Democrática y otros de Cataluña, y con no poca sorpresa leímos, en su día, en los periódicos, la declaración «nacionalista» de U. C. D. de Baleares. Ahora estamos asistiendo a las especulaciones sobre la influencia de los grupos «nacionalistas gallegos» en la impresionante abstención de Galicia ante la Constitución. Y por todas partes vemos embriones de partidos nacionalistas o alas nacionalistas de los partidos nacionales.

Si dentro de unos meses o de unos años, España en lugar de una nación es un mosaico de naciones unidas por los más diversos vínculos, y en el panorama político español nos encontramos con una docena de partidos «nacionalistas», y con los partidos nacionales debilitados por sus nacionalismos internos, ya veremos entonces la importancia del proceso que se ha desencadenado. No pensemos sólo en la unidad nacional, mantenida cada día por más débiles fundamentos, y puesta en peligro por las luchas inevitables entre los diversos «nacionalismos», sus rivalidades y sus apetencias de expansión

(Navarra en relación con el nacionalismo vasco, los llamados «países catalanes» —Valencia y Baleares— en relación con e! nacionalismo de Cataluña, etcétera}; lo más grave de todo es que el país puede llegar a ser ingobernable, porque un pueblo no puede gobernarse desde los intereses parciales de los nacionalismos, sino desde el interés general de la nación. Y cosas tan importantes, y de cada día, como la inflación y el empleo y la enseñanza y la Seguridad Social... dependen también de la regulación de las autonomías.

Tal vez el proceso en el que estamos entrando sea mucho más peligroso, más anárquico y desigual que el de un desaconsejable federalismo. Porque a nadie se le ocurriría pensar en una afirmación de la nacionalidad, o en la posible secesión de cualquiera de los Estados Unidos, poniendo un ejemplo típico de federación.

Y, sin embargo, nuestros «nacionalismos» ponen por delante la soberanía de su «nacionalidad», el derecho de autodeterminación y de secesión. También van más allá del «federalismo» las discriminatorias restauraciones forales, las exigencias de pactos singulares con la Corona o de conciertos económico-fiscales especiales; y las consiguientes desigualdades entre las distintas «nacionalidades» y regiones del Estado, sus competencias y el ámbito de atribuciones políticas de sus ciudadanos. Porque la desigualdad política entre nacionalidades y regiones se traduce inevitablemente en desigualdad de derechos políticos, económicos y fiscales de los españoles.

De la mano de los «nacionalismos», ¿vamos a llegar a tener quince o veinte Estados, cada uno con su Parlamento, su primer ministro y su Gobierno? ¿Con su propio régimen administrativo, judicial y fiscal? Eso, al menos, parece que es ¡o que están pensando para la Generalidad

de Cataluña y lo que quieren en Euskadi. Y las demás Comunidades Autónomas no querrán ser menos, o quedarán discriminadas. Ya están dando muestras de su lógica rivalidad. ¿Va a ser gobernable España en tales circunstancias? ¿Cómo van a poder tomarse las grandes decisiones nacionales? ¿Cuánto va a costar a los españoles tal sistema de múltiples gobiernos y administraciones y qué grados de discriminación y de «conflictividad» va a crear? Para hacernos una idea, bastará que pensemos en lo que sería España y lo que quedaría del Estado con una docena de «estatutos», como el que acaban de elaborar en Euskadi, y en el que, por cierto, el nombre de España no aparece ni una sola vez.

Hay quien afirma que el reconocimiento pleno de las «nacionalidades» es el mejor camino para la solidaridad y la unidad de España y los españoles, pero ni es eso lo que enseña la Historia, ni es eso lo que estamos viendo ya.

Los «nacionalismos» dentro de una nación no han sido nunca elementos de integración y de paz, sino elementos de disgregación y germen permanente de violencia, con la consiguiente dificultad para abordar y resolver los problemas generales del país. Y decimos germen de desintegración y de violencia porque es así. Porque habrá «nacionalistas» puramente intelectuales o sentimentales, o simplemente egoístas defensores de privilegios materiales, pero desatado el «nacionalismo» serán inevitables los «nacionalistas» viscerales, separatistas, violentos, agresivos... La Historia y la realidad ofrecen abundantes ejemplos.

Ni «autonomía» es equivalente a «nacionalismo», ni los «nacionalismos» van a conducir a una verdadera descentralización, sino a crear nuevos, y tal vez más celosos, caciquiles y conflictivos centralismos en cada «nacionalidad».

La confusión que está empezando a producirse en España entre «autonomías» y «nacionalismos» tiene mucha mayor trascendencia de lo que a primera vista pudiera parecer. Y me creo en la obligación de conciencia de llamar la atención sobre ello. No por desestabilizar nada, sino por «estabilizar» lo que empieza a desestabilizarse. Por interés de España y del pueblo español. Con el deseo de que se modere el fenómeno desencadenado.

De que los políticos responsables de los partidos llamados «nacionalistas» y de los grandes partidos nacionales, obren con plena conciencia de la trascendencia histórica del momento que estamos viviendo. Con la conciencia de que tal vez lo más importante no sea aprobar una Constitución, de que quizá lo más importante venga después. Y en ese «después» está la imperiosa necesidad de evitar que las deseables «autonomías» descentralizadoras se conviertan en «nacionalismos» desintegradores y socialmente discriminatorios.

 

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