Autor: Pérez Escolar, Rafael. 
   Los muertos sin patria     
 
 ABC.    19/07/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

LOS muertos sin patria

Por Rafael PÉREZ ESCOLAR

LOS europeos, a uno y otro lado del telón de acero, parece como si sólo supiesen hablar de unidad. Giscard d´Estaing, siempre meticuloso en la elección del escenario para sus apariciones públicas, exponía recientemente en Orleáns su firme designio de que la unidad nacional, mantenida y preservada contra todas las divisiones, lleve a Francia por el camino de la grandeza y de la paz; y fuego él presidente, en la capital de una Alsacia sometida a tantos vaivenes de la Historia, empleando el «lenguaje de la unidad, que es el lenguaje del porvenir, advertía, con el gesto -gaullista más solemne, que *sí Francia aspira a desempeñar un papel Importante en Europa no debe desmenuzar sus fuerzas», pues-«todo debe inscribirse en una grande y digna perspectiva nacional.

Casi simultáneamente, Leónidas Breznef, al abrir en Moscú un gran Congreso sobre el idioma ruso, reconocía que tan gloriosa lengua es uno de los más poderosos instrumentos de la unidad soviética. También en la pasada primavera, Margaret Thatcher, después de provocar la caída de los laboristas al recusar en el Parlamento el plan autonómico escocés, ganaba limpiamente las elecciones generales aupada sobre un programa de tan clara afirmación nacional (*el Reino Unido seguirá tan unido como hasta ahora) que barría a los autonomistas del panorama político británico. Juan Pablo II, al llegar a su Polonia natal, no pudo contener la emoción más profunda ante una gran pancarta que proclamaba «la unidad patriótica de toda la nación*.

Y en los países occidentales concurrentes —aunque sin grandes muestras de entusiasmo— a la elección del Parlamento europeo, casi todos los candidatos han sostenido que la construcción de una Europa unida se basa inexcusablemente en la identidad de las respectivas naciones. Cada cual, a su manera, defiende con vigor la unidad de su patria: los franceses abren un proceso judicial a los corsos autárquicos por delito de alta traición: los rusos, para quienes todo acto antisoviético es criminal, internan a los delincuentes, a modo de enfermos mentales, en establecimientos psiquiátricos.

Los españoles, mientras tanto, nos aprestamos a discutir a marchas forzadas los estatutos- autonómicos. Muchos de los que hemos propugnado, como evidencia política, el respeto que merece nuestra diversidad cultural, no somos ajenos al temor de que el método que se sigue no logre la armonía sino la dispersión, no acentúe la solidaridad sino el enfrentamiento, no consolide los fundamentos del Estado sino que los resquebraje peligrosamente. Resulta comprensible en algún caso que los planteamientos regionales adolezcan de impaciencia v hasta de acritud al formular Ias correspondientes demandas.

Es la contrapartida de innegables incomprensiones pretéritas. Pero no se entiende, menos aún debieran entenderlo quienes asumen las responsabilidades del Poder, que el fundamento de la petición radique en el terrorismo como arma de convicción política y en la cerrazón sistemática en torno al repertorio de reivindicaciones. Como tampoco es razonable que los ánimos se encrespen a la hora de fijar los límites (algunos hablan de «fronteras») entre las. distintas regiones.

Los vascos (estamos en guerra contra España», clama impunemente Telesforo Monzón) dan por sentado que es «suyo» el condado de Treviño, y pretenden llegar hasta más allá de Castro Urdíales y enseñorearse de buena parte de la Riója castellana. Los gallegos se fijan en el Bierzo y en la parte occidental del Principado asturiano. Los baleares fruncen el ceño cuando en Cataluña se deja caer eso de «nuestras islas». Cantabria se emancipa de una Castilla arbitrariamente escindida. Se pone en tela de juicio la identidad castellana de Madrid. Los cartageneros, contumaces cantonalistas, aspiran nuevamente al autogobierno.

Para el presidente de la Diputación foral navarra «los vascos nos invaden». Un diputado canario, que busca analogías demenciales con el conflicto nicaragüense, hace un llamamiento a las armas para la liberación de su pueblo. Y el debate deparará, a buen seguro, mayores dislates geográficos e históricos.

El regionalismo no es concebible como un fenómeno aislado de un conjunto mucho más amplio. Es un viento de libertades legitimado para soplar con fuerza, pero no para arrancar de raíz, ni doblegar siquiera, el árbol secular de la unidad nacional. No nos asusta lo plural si encaja con holgura sus propios perfiles dentro de un amplio cuadro que los aglutine y equilibre. Basar exclusivamente los esfuerzos para la recomposición de nuestra convivencia sobre las autonomías regionales, mientras se mira de soslayo la idea de España como nación, es tanto como retroceder mil años en la Historia, tanto como resucitar el fascinante espectáculo de las querellas fronterizas medievales.

La nación es la única instancia jurídica y política de convivencia capaz de engarzar consistentemente lo singular, lo espontáneo, lo autóctono; capaz de hacer efectiva una voluntad común, única con fuerza suficiente para lograr la síntesis de las tensiones que con frecuencia aparecen en un país de tan complejo y áspero proceso formativo como el nuestro. El particularismo no puede sustraerse a la fuerza del sentimiento general, a la manera común de ver las cosas comunes, a la fantasía que modela los ideales, forzosamente limitados, de grupos tradicionales, fusionándolos y transmutándolos en un amplio sentido comunitario.

¿Estamos aún a tiempo de remediar el entuerto? Hay ocasión ciertamente para ello sI se vitaliza al máximo la unidad nacional a fin de que el todo constituido

tenga la eficacia viviente, vitalización que sólo se consigue mediante la realización de proyectos comunes. Sin tareas colectivas en todos tos órdenes, desde las materiales o económicas hasta las más finas empresas espirituales y políticas, nuestras parcelas regionales se enclaustrarán en un narcisismo esperpéntico o aldeano, cuando no suicida.

El motivo principal que puede mover al pueblo español a asociar su esfuerzo para encontrarse nuevamente a sí mismo consiste en la restauración y consolidación de nuestra sociedad, una sociedad huérfana de gobierno, lo que es bastante más que la solución de los problemas regionales. Si la Corona ha desempeñado un protagonismo fundamental a lo largo del dificilísimo proceso hacia la democracia, también ahora puede asumir un papel de pareja magnitud.

Esta apelación a la Corona, que nada tiene que ver con su carácter constitucional como vértice supremo de las Fuerzas Armadas, se basa en la indudable fuerza moral que le asiste ante la sociedad entera. La sabiduría popular ha acuñado, a este propósito, un soberbio refrán:

«El ruego del Rey es ley.» Si a quienes influyen sobre el pueblo, que son muchos más que los líderes políticos, se les hace ver la necesidad de actuar con patriotismo y altura de miras, las recomendaciones reales tendrán un valor prácticamente vinculante. Américo Castro recuerda que España se asentó * sobre bases de arrojo, dignidad y buena medida», y nunca en la Historia se fundaron los pueblos -con palabrería presurosa y hueca».

No es hora de demagogias, complacencias ni adulaciones; es una hora de coraje y no de claudicaciones, de exigencias y no de promesas, de realismo y no de utopías. No es lícito ocultar a nuestro pueblo que nos aguarda una etapa extraordinariamente dura y difícil. Sólo a través del sacrificio colectivo será posible superar los múltiples defectos de que adolece la vida española. En otro caso, Larra en el olimpo, entre dolorido y sarcástico, enmendará así su famoso epitafio: «Aquí yacen mil Españas; murieron de las otras mil.»

Un catalán ilustre, uno de esos grandes investigadores españoles que vuelcan su esfuerzo en otros países, ya que el nuestro es tan poco propicio a sus afanes científicos, manifestaba recientemente su voluntad de morir en España o que sus restos reposaran un día en nuestra tierra. No sé bien por qué el añorante deseo de mi amigo me hizo recordar la leyenda de un puñado de navegantes que regresaban a la Atlántida ignorando que, destruida y muda, yacía en el fondo del océano.

El dolor de los desesperados hombres de mar sin una patria viva les movió a hundir el navio para que así sus cuerpos descansaran sobre las viejas tierras sumergidas. Aunque al punto di de lado memoria tan dramática, pensé para mis adentros que peor aún que los vivos sin dignidad son los muertos sin patria.

 

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