Autor: Fernández Escalante, Manuel. 
   Castilla, troceada     
 
 ABC.    21/07/1979.  Página: 9. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

TRIBUNA PUBLICA

Castillo de Castilnovo (Segovía

Castilla, troceada

Asistimos impávidos tos castellanos a te extinción de Castilla. En el show de las autonomías, bueno o malo para algunos o para todos, que en ello no entramos, a Castilla te ha correspondido —como casi siempre desde el siglo XVI, por otra parte— el turno de) pariente pobre. Porque (suponemos para dar empleo a algunos neogobjernantes con afición, mas sin huecos por el momento) se ha desdoblado mágicamente el viejo reino en dos o, más preciso, se ha ocultado una parte de él bajo un doble rotulo —como en las estaciones de ferrocarril a vapor: «linares Baeza», etc.—, y ahora se llama «Castilla-La Manchas. ¡Gran invento!

De manera que el corazón continental del «pequeño continente» en que se convierte Espada al admitir limites dentro de sus fronteras (sobra cuyas ventajas o desventajas, insistimos, no nos pronunciamos), la ex ancha Castilla, que reunida aun puede ofrecer un contrapeso geopolítica —léase a Manan o Haushoffer y véase la importancia del «corazón del territorio»—, es, por sí acaso —deducimos—, artificialmente troceada, como si de res muerta se tratase, sin ningún objetivo mínimamente no surrealista que pueda divisarse a cambio; sin ninguna meta, sin ningún fin. ¿Pues puede considerarse tal la satisfacción personal que, eso si, sin duda sentirán los flamantes componentes del inminente «Gobierno» de «Castilla-La Mancha»; rótulo, repetimos, con sabor a carbonilla y el empalme de trenes conreos? ¿Quién habrá solicitado tal fractura?

¿Quien la ha permitido o, mejor, fomentado? ¿Que bienes —solicita/nos se nos informe, simplemente— inminentes obtendrán los manchegos de la separación nominal y, a la larga, afectiva de sus hermanos de etnia, lengua y nacionalidad? ¿O es que pueden existir medidas anticatalanas o antivascongadas. —que sin duda han existido o existen— y no «puede darse —pues que Castilla todo lo sufre— medidas anticastellanas? ¿Qué tiene de extraño que, prefacturada desde el propio Gobierno, sin petición ni movimiento manchego de masas relevantes que asi lo aconsejase, la multisecular unidad castellana (¡ay!, si se tratase de cualquier otra), otras tierras mucho más antiguas y tuelanicas del viejo reino, ante la fuga general, tanteen la huida de la nave estólida que se hunde sin protesta? ¿Pero quién la hunde y para qué? ¿De verdad nadie entre los obligados a prever —gobernar es prever— puede notar que de todo el proceso autonómico el paso más grave —y, a más no solicitado— ha sido la fractura de Castilla por las mismas manos encargadas —¡si el arte del Gobierno no se ha despedido para siempre de nosotros!— de soldarla aún más fuertemente? ¿Se imagina alguien a los catalanes admitiendo la separación de Cataluña en dos partes —nueva y vieja—, que ademas existen ya con este nombre como mero recuento histórico de la Reconquista?

No solo esto es imposible, sino que si pudieran formarían los catalanes un solo ente autonómico con Valencia y Baleares, que no son Cataluña como es notorio; de las divisiones, las menos. Los vascongados tampoco piden estatutos autónomos para cada una de las «provincias» vascongadas, en contra, curiosamente. de su centenaria tradición histórica, que mantenía un status con la Coronó diferente en cada caso; y además, si les fuera posible, se Navarra y algo más de camino. Ellos también parecen segun el tema «de las divisiones, las menos». Es sabido que sus representantes afirman no admitir, ni como hipótesis de trabajo, la posibilidad —que en este caso seguirla al menos la tradición histórica foralista— de estatutos autónomos para cada una de las viejas «provincias.

Hete aquí, en cambio, los mansos castellanos, que, para empezar, permiten sin rechistar la separación, more geométrico, de las dos Castillas, hasta ahora salidamente unidas por la lengua, la sangre y la Historia. ¿Quién se atrevería a recoger la presidencia de este fantasmal ente autonómico rebautizado híbridamente Castilla-La Mancha? ¿Saber quienes esto permiten, o quizá propugnen, la blasfemia histórica que están profiriendo? ¿Saben que están, fría e irresponsablemente, cargándose a Castilla —a la Castilla que llevó la Reconquista de mar a mar del Cantábrico a Gibraltar— tal vez para siempre? ¿Y a cambio de qué? Algún cargúete por aquí y por allá que, suponemos, no remediará mucho paro; algún nuevo elenco de burócratas sobre el presupuesto. Poco más.

De manera que Castilla sigue, asiste con abúlica indiferencia, sin enojarse ni alegrarse, al proceso de su desaparición como tal nacionalidad, fraguado, para más, desde unas oficinas implantadas en una ciudad teóricamente castellana. ¿Sabe alguien de verdad (o que se está haciendo?

Manuel FERNANDEZ ESCALANTE

Profesor agregado de la Universidad de Valencia

 

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