Autor: Alférez Callejón, Antonio. 
   La dimisión de Castilla     
 
 ABC.    20/07/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 11. 

LA DIMISIÓN DE CASULLA

VIRGILIO, además de sus excelencias literarias, fue la más germina encarnación de los ideales de Roma. Cuando compone «La Eneida» está instrumentando la gloria romana. En sus cantos se trenza la aventura con la genealogía heroica. El orgullo de la estirpe se junta con la proyección del mito. El romano de los albores del Imperio está seguro de sí y de su destino. Roma —la ciudad— significa la suma de la grandeza, la seguridad de un cometido histórico, la convicción de que nada —ni nadie— detendrá sus pasos. «La Eneida» es la memoria ilustre de esas certidumbres.

Pero Virgilio sabe también de otros paraísos con los que poco tiene que ver la sombra de las espadas. «Las Geórgicas» son la expresión diligente y clara del amor por la tierra. También ese amor, esa sensibilidad hacia la Naturaleza, formaba parte de la conciencia viva del romano.

Pero Virgilio no es su contemporáneo Horacio. La tierra no representa para él el pequeño huerto con su tentación de repliegue. El campo es acción, empresa, plenitud de obra y de vida. No se parece a la afanosa aventura de Eneas, pero es también prestigio y vocación para el romano. Roma no hubiera sido nunca lo que fue si sus patrones no hubiesen desbordado los modelos vitales que palpitan en «Las Geórgicas»; pero tampoco habría acuñado un ideal de existencia histórica —un cielo completo en la andadura de nuestra civilización—, atenido tan sólo al vuelo de los sueños de Eneas.

Estas reflexiones incitantes se hacían hueco mientras recorría los soleados y nostálgicos caminos de Castilla. No despertaba esas cavilaciones —tocadas por una cierta pedantería de recuerdos universitarios— e! tropiezo con las huellas resistentes de una calzada romana, renuentes a dejarse borrar por los aludes del tiempo. Ni antigua calzada, ni puentes o piedras de acueducto dejando traslucir los esplendores de la arquitectura civil de Roma. La meditación surgía, con desolador imperativo, del ojeo directo del campo castellano.

Por allí anduvieron mis ojos y mis pasos por mis tiempos niños y adolescentes. Mi geografía interior estaba cubierta por aquellos alcores y laderas, por aquellos arroyos y trigales, desplegándose bajo soles y nieves hasta los montes lejanos, que cerraban el horizonte con conformidades de ensueño. Aquí y allá, medio embozados —en ocasiones— por los chopos, brotaban los pueblos y las aldeas, agazapados tras los repechos o erguidos, en su sencillez, sobre algún altozano, sin más signo de posible orgullo que el de la torre de la iglesia, coronada por el nido de las cigüeñas trashumantes y envuelta por el repiquetear de las campanas, reguladoras del vivir campesino. De cuando en cuando se descubría, en su altivez maltrecha, el

contorno de un desmantelado castillo: jirones de muralla, nidos de pajarracos, sueños a la intemperie y cerco de hierbajos y abrojos.

En mis lecturas de aquellos años solían aparecer las quejas por la desolación de Castilla. La idea de la soledad castellana entraba en mi mente empujada por los libros de los hombres del 98 —desde Azorín hasta Julio Senador—. que mi abuelo devoraba, ensimismado, con aplicada melancolía y un oscuro trazo en su fruncida frente. Algunas caminatas junto a él —pisando terrones o estrechos caminos entre sembrados— suponían e! desahogo de sus recuerdos, elegiacos las más dé las veces. Ante «el convento caído», el puente en ruinas, la azucarera parada, el molino con sus ruedas inmóviles al sol..., sus palabras evocaban horas de actividad enterradas al lado de sus afanes de juventud. Mi abuelo —pienso que sin hacerse demasiadas ilusiones— se encuadraba en lo que se llamó el «regeneracionismo».

Los «regeneracionistas» levantaban su voz, más cíe una vez, en nombre de Castilla, la postrada y declinante Castilla, que parecía simbolizar con patético sosiego la decadencia española. Estuvo a! uso cantar la serena conciencia de Castilla, firme en su adversidad, pero siempre en espera de su responsable resurrección. Se invocaba su historia, sus fastos y sus empresas, su engrandecedora vocación por la aventura y su capacidad de ascender sobre sueños de místicas elevaciones. La Castilla épica, la del romancero y los poemas de gesta, la del severo transitar por la Historia, se tornaba lírica lamentación, melancolía sofrenada, contenido y resignado desespero.

Me acostumbré a contemplar la realidad castellana desde esas perspectivas —superficialmente contradictorias— de altivez y allanamiento. Castilla era un gran cuerpo doloroso y fatigado, potencialmente enérgico, pero que se iba vaciando en su inercia histórica, arrastrado por el irreflexivo zigzaguear de España. Castilla evidenciaba su mesurado declinar, sin aspavientos ni llamadas a la compasión o a la sensiblería.

Aquella visión podría tener bastante de literaria, de composición de un cuadro que aceptaba hasta ingredientes convencionales para una mayor eficacia frente a quienes se acercaban a su oteo y advertencias. Pero en los de ahora ya no caben relativismos de apreciación, afectaciones o recatos en los modos de interpretar la certeza de un derrumbe. La angustiosa imagen de los pueblos abandonados, con las osamentas de los viejos aperos testificando el desamparo y el silencio, clama sin palabras. Las tejas «han caído con el mutismo de las intemperies, las viguerías muestran sus mortificados esqueletos, las campanas han perdido sus lenguas de bronce, planean enloquecidos los vencejos, por las callejuelas devastadas corren sañudos gatos y ratas; y en los campos de alrededor, sobre los rastros casi desaparecidos de los antiguos surcos, tan sólo crecen malezas y matójos.

Una Castilla fantasmal, con la memoria perdida de algunos ancianos que se resistieron al abandono de sus aldeas, protesta en una íntima y acongojada rebelión, donde la tierra toma el partido de la Historia frente a la dejación de los "hombres. Tenía razón Virgilio cuando contrabalanceaba con el arraigo práctico del laboreo campesino, exaltado en «Las Geórgicas», la mitologización de la gloria demandada por los romanos, a la que él diera también orgullosa encarnación con las aventuras de Eneas. Para Virgilio las cosas eran lo suficientemente claras. La Roma de la gloria, militar y mercantil, precisaba del firme asentamiento en la tierra, de los pies bien establecidos sobre los campos de labor, sobre el suelo enraizador y agradecido.

Cosa semejante debieron percibir las gentes de Castilla cuando allá, en los siglos intrépidos, se soñaron los romanos de España. Castilla ha podido ser muchas cosas —sueños largos y realidades cual flores en el puño—; pero siempre, y en primer término, e! discernimiento de la sólida fundamantación sobre la tierra. No se trata, por descontado, de frenar ningún desarrollo ni progreso, en beneficio de una eventual política agraria. El fenómeno y sus consecuencias son de una mayor profundidad, la deserción de los pueblos castellanos es probable que sólo sea el indicio de una catastrófica dimisión de Castilla.

Ante esa abdicación, de poco ,van a servir villalares, pendones enarbolados. excitaciones particularistas, retornos imposibles. La renuncia de Castilla a seguir siendo lo que siempre fue, acaso signifique —lisa y llanamente— la antesala, la puerta abierta, para la incontenible renuncia de España.

José María ALFARO

 

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