Autor: Aparicio, Juan. 
   La andalucía inexistente     
 
 El Alcázar.    09/08/1979.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

Mis claves

LA ANDALUCÍA INEXISTENTE

ANDALUCÍA es la última objetivación de Castilla, e Hispanoamérica y las Islas Canarias son la Nueva España; porque el reino de Navarra integra el bastión atlántico, cantábrico y pirenaico del alcaloide de la Reconquista. Soy andaluz en cuanto desciendo rectamente de los repobladores de la vieja cristiandad de Salamanca en las Alpujarras almerienses, y de catalanes de Girona, que liberaron en el siglo XIII a la Carayaca de la Cruz, en la hueste conjunta de don Alfonso el Sabio y su yerno don Jaime el Conquistador; y de los caballeros de Soria, en un trasvase de su sangre y honor a Sevilla, quienes pertenecieron al séquito de los Reyes Católicos.

Cuando recristianizaron estos monarcas tantomontanos a la prehistórica Accitania, al enclave mozárabe, al musulmán Guadix, sede de la primerísima diócesis apostólica de San Torcuato, quien vino con mandato evangélico de San Pedro con los otros Seis Varones incorporados a la fe absorbente, durante el siglo uno de Jesucristo.

Mi andalucismo, como el de innumerables paisanos de la Wandalusia, y de los jándalos, tartesios y bizantinos, guarda una hormona castellana; ya que el fenicio Cádiz, la Huelva de Argantonio, las cartaginesas y argáricas, capsienses Málaga y Almería, la ilibilitana «Granea», del suspiro del moro y del criptojudío, la Córdoba de Roma y de Damasco y el Jaén de las tres morillas recogedoras de olivas con permiso del conde de Argillo, y la Sevilla, hispalense y ultramarina, gitana y talmúdica, han sobrevivido en virtud del vínculo, del nudo de la perennidad española.

Frente a los caciques taifales, de donde han surgido los señoritos del Partido Socialista Andaluz, a las Manos Negras de la acracia rural e internacional, desenterrada por virguería por estos caballeros del Opus y de la Acción Católica, que la pintan y repintan encima de las paredes, y frente a los traidores duques de Medina Sidonia y el separatismo y secesiónismo de los Orleanes, con huertos de naranjos perfumados, y de los hispanófilos de Francia, Inglaterra y Estados Unidos, que siempre intentaron, mediante el folklore del zapateado, y los bandidos generosos, fragmentar y romper, entre la pinturería pintoresca de un lord Byron, o de un Gerald Brenan, la sacra y orgánica unidad y dependencia de la lejana Castilla, inserta en nuestra alma genuina.

Los estatutistas dinamitadores de la hermandad unitaria de España, fundada en la antigüedad y refundida por el tesón genial de Francisco Franco, se han valido de la red de paradores y albergues nacionales, multiplicados y extendidos en la etapa creadora del Generalísimo, para turistear de balde y pergeñar sus engendros estatutarios, tan disolventes. Así los mandamases democráticos se reunieron, al iniciarse el florecimiento de su caradura, en el Parador soriano de Almazán, y luego se congregaron en los paradores de Saus, junto a Vich, y de la sevillana Carmena, sólo a treinta kilómetros de la capital del Betis, con el fin de urdir la ambigua y chupadora tela de araña del vocabulario jurídico e innoble para superar la competencia con el Estatuto, sin posible traducción de estas palabras al vascuence, de Guernica, ciempiés catastrófico, pero que sirve de pretexto, reclamo y nombradla al presidente Suárez en su misión de exportador de la democracia más sangrienta y corrupta a los países, aún indemnes de la América Hispana.

El presidente de la Junta andaluza, el socialista abogado, señor Escuredo, de la misma casta y promoción universitarias de Felipe González y sus condiscípulos, se dio un garbeo por las ocho provincias andaluzas, propagando sus intenciones superautonómicas, pero reconciliadoras de las ocho provincias entre sí, de sus estamentos sociales y de los propios socialeros en pugna envidiosa. Don «Rafaé» no estuvo, sin embargo, en la encerrona de los bolcheviques aseñoritados del PSOE en el mitin conmemorativo de la víctima del Talgo don Alfonso Fernández, en su pueblo natal de Torreperogil de Jaén, donde se echaron sapos y culebras contra la social democracia no marxista y protegida por el ministro de su cuerda e interventor en los asuntos privadísimos de nuestra nación, el teutón señor Matthoffer,

cuyo Ministerio de Hacienda se puso a disposición crematística de los socialistas afines de Andalucía y de las invasoras multinacionales alemanas.

El circuito inconvincente del honorable Escuredo, así como su paisano «don Manué» Clavero Arévalo, desde el Ministerio de las Regiones y ahora de Cultura, quiso convencer a los reacios de su trinca que el programa federalizador de UCD coincide, cual una gota con otra gota de la misma agua, con la ideología con idéntico aspecto de don Manuel Azaña, ha terminado en un circo de Feria, ya que el presidente, de acuerdo con el artículo 151 de la

Constitución, votada a duras penas, requería que todos los municipios aprobasen con un rápido sí el referéndum previo a la discusión del Estatuto, sin obtener hasta hoy más que el treinta por ciento de los sufragios afirmativos de las Corporaciones municipales.

Esta Andalucía provocada, falsa, fantasmal e inventada para el único provecho de sus promotores, alterna con la falaz Andalucía, entroncada con los ensueños megalománicos del

Notario don Blas Infante, fiel a la Ley Hipotecaria y a la alianza con el Islam, cuya efemérides de su trágica muerte en agosto de 1936 se conmemorará una vez más, la postrera fue en Granada, durante el mes de junio y con la asistencia de su hija y de su bandera, en estos días, cuando los diputados y correligionarios del PSA, en sus viajes y coaliciones tercermundistas y sacristanescas, ofrecen, ante nuestra negatividad y defensa de la Andalucía objetivada por Castilla, una Andalucía irreal, invisible, sólo digna de figuraren la tramoya escénica de don Juan de Manara o del zorrillesco don Juan Tenorio.

Juan APARICIO

 

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