Autor: Medina Cruz, Ismael. 
   Brindis y risas por la muerte de España     
 
 El Alcázar.    09/08/1979.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

4/ 9-agosto-1979

BRINDIS Y RISAS POR

LA MUERTE DE

ESPAÑA

LOS parlamentarios terminaron la ¡ornada brindando con champán por su nuevo acuerdo sobre el desmantelamiento de la unidad nacional. Los demás españoles tuvimos de sobrecena el fuego en los pinares de Lloret de Mar y veintidós cuerpos calcinados. No bastaba, y hubimos de desayunarnos con la sangre de cuatro guardias civiles, uno de ellos muerto. M ¡entras tanto, el presidente del Gobierno se divertía en Brasil con los dineros escasos de los estrujados contribuyentes. Esta es la España en que vivimos, para cuyo lema podrían valer dos versos de Aquilino Duque: «Dólares y amnistía al delincuente,/ y al inocente que lo parta un rayo.»

Suárez se fue a un viaje de placer por Iberoamérica, dejando amartillado el acuerdo dé la Moncloa para el segundo Estatuto secesionista. Suárez se divierte y firma acuerdos puramente formales, mientras aguarda impaciente lo único que de verdad le interesa: poder entrevistarse en Quito con el presidente de Venezuela, ante quien fracasó la Embajada financiera encomendada al señor Prado y Colón de Carvajal, pues Herrera Campins está dispuesto a no dejar en pie ni uno solo de los fabulosos negocios montados por su predecesor, el socialista y masón Carlos Andrés Pérez.

Considero simbólico que en los periódicos aparezcan próximas las fotografías, en trance de brindis, de Suárez y los parlamentarios que dieron la cabezada al acuerdo de la Moncloa sobre el « Estatuto de Sau». Dicen los periodistas botafumeiro llevados por Suárez en su viaje absurdo, que en Brasil se ve como un valioso ejemplo el procesa de democratización español. No sé quién les habrá explicado a los brasileños la mecánica y las consecuencias de la democratización en España, pero debe haberlo hecho muy mal. ¿Puede llamarse democrático a un sistema en que el presidente del Gobierno decidió por teléfono el acuerdo definitivo sobre el desgajamiento de Cataluña, de la unidad nacional, mientras se bañaba para los fotógrafos en la bahía de Río de Janeiro, igual que pudiera hacerlo Marilyn Monroe?

Los parlamentarios se muestran contentísimos con el «Estatuto de Sau», después de haber protagonizado en la ponencia correspondiente de las Cortes un nuevo espectáculo de encenagamiento de la libertad, de la democracia y de España. Están convencidos de haber ido más lejos que en 1932. Uno de ellos ha dicho, compendiando ese común sentimiento: "Macía y Companys lo aprobaría.» ¡Naturalmente que lo harían! Suárez, por teléfono y quién sabe si desde el cabaret donde se solazó durante la noche en Río de Janeiro, entregó bastante más de lo que los separatistas de aquel tiempo lograron arrancar a las Cortes republicanas.

Por lo visto, existía en la República más densidad patriótica que en la Monarquía parlamentaria. Aquellas Cortes discutieron vivamente en el pleno. Los conspiradores contra la unidad nacional procuraron ocultar sus cabildeos. Debieron disfrazar el acuerdo secreto mediante el recurso al debate parlamentario, durante el cual se dejaron oír voces muy rotundas. También entonces, y esto es lo más importante para mí, la calle se pobló de manifestaciones contra el secesionismo, las cuales tuvieron efectos políticos evidentes.

Ahora, sin embargo, está a favor del secesionismo la misma Prensa que en 1932 lo estaba violentamente contra un estatuto más restrictivo que el actual. Y la calle permanece en silencio. ¿Hemos perdido la dignidad hasta ese punto? ¿Tan grande e irremediable es nuestra cobardía?

Los parlamentarios brindan con champán por aquello mismo que lloran los españoles, incapaces de defenderlo con honor. La España oficial ríe sobre las mondaduras de la España real, en tanto que otros españoles mueren asesinados por quienes se benefician de aquellas risas estúpidas y de aquellos brindis culpables. La revolución tendría motivo para carcajearse de la memez suicida de unos necios burgueses, disfrazados de demócratas progresistas. Pero la revolución marxista parece ser lo único serio que hoy se mueve en España. La revolución no ríe. La revolución mata.

La revolución quema. La revolución destruye. La revolución avanza. La revolución no se conforma con migajas y propinas de poder, según es común a los parlamentarios y la restante morralla parasitaria que vive a la sombra de los déspotas de la partitocracia. La revolución lucha por el dominio total del poder. Parece claro que tampoco la revolución marxista precisa poner demasiada carne en el asador para conseguirlo en España. En vez de tropezar con opositores, encuentra colaboradores.

En vez de topar con resistencia, encuentra un sistema político prostibuiario dispuesto a acostarse con la revolución y con quien sea.

Hace dos años que Albert Riguet advirtió en EL ALCÁZAR sobre la escalada terrorista, uno de cuyos argumentos serían los incendios forestales. Tampoco en esto se equivocó nuestro colaborador. Los incendios forestales están ahí, cumpliendo su función amedrantadora. El recurso a los efectos del fuego sobre el subconsciente, ha sido estudiado a fondo por los especialistas en guerra sicológica.

En este verano clave, cuando otras acciones revolucionarias culminan su preparación, entre ellas la posible revuelta en Andalucía, los incendios forestales se hacen presentes en toda la costa mediterránea, cuya penetración terrorista corresponde a Libia y Argelia. Las llamas son sólo el preludio de otros más notorios acontecimientos.

A nadie puede extrañar que precisamente ahora reclamen los socialistas la disolución de la Legión. Desde mucho antes se había intentado debilitar la Legión, según demuestra la eliminación de alguna unidad operativa de inequívoca importancia táctica. Quienes hacen la revolución y quienes la favorecen, tienen la consigna de eliminar cualesquiera posibilidades de reacción en defensa de la unidad, la libertad y la soberanía de España.

Ismael MEDINA

 

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