El vértigo autonomista     
 
 Diario 16.    17/08/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

El vértigo autonomista

Desde que la dictadura franquista sucumbiera, y no precisamente a ritmo vertiginoso, una de las constantes en el hacer de nuestros políticos ha sido la prisa. Y ahora, con la feliz conclusión de los Estatutos de Euskadi y Cataluña, les llueven las urgencias a nuestros hombres preautonómicos, que quieren quitarse, como sea, el sambenito de «pre» que un día les proporcionara el ministro Clavero.

El reto más importante que tuvieron los constituyentes españoles del 78 fue precisamente el lograr una configuración definitiva del Estado que barriera de una vez las barreras históricas que frenaron la buena convivencia de los pueblos de España. Y en la intención de los legisladores estuvo, en un primer término, la búsqueda de una solución que diera salida a los seculares problemas de Cataluña y el País Vasco.

De ahí nació el título octavo de nuestra Constitución, incluidas sus intencionadas imprecisiones, rayanas en el eufemismo, que pretendían, precisamente, salvar el abanico de las peculiaridades del conjunto de los pueblos que forman el Estado, lo que la propia Constitución dejó en ese indefinido cajón de sastre de las «nacionalidades y regiones».

A las circunstancias históricas se había unido la deteriorada situación del País Vasco, una de cuyas directas consecuencias políticas fue su voto suspensivo a la Constitución por parte de significativos sectores nacionalistas vascos, voto que se ha vuelto totalmente afirmativo con la conclusión del Estatuto vasco. De este modo, la Constitución ha quedado más acabada, más definitiva y asentada, con la aprobación de los proyectos de Guernica y Sau.

Pero ahí no acaba todo. El nuevo Estado de las autonomías no ha hecho más que empezar a andar. Sin embargo, ya hay quienes quieren que esta andadura sea una rápida carrera de precipitaciones. En el Congreso de los Diputados espera su discusión el proyecto de Estatuto de Galicia, mientras los parlamentarios de las distintas regiones se apremian para quedar bien colocados en el ranking autonomista.

Las prisas son malas consejeras, dice el adagio popular.

Y en las carreras puede haber tropiezos y caídas imprevistas. Pese a todo, no se ha aprovechado convenientemente esa situación consumada de las preautonomías -los estudios sobre la situación económico-social, así como los respectivos catálogos de problemas han brillado por su ausencia— y todo ese proceso ha estado viciado por electoralismos superficiales que en nada han contribuido a poner los cimientos de los futuros autogobiernos regionales.

Los espectáculos ofrecidos recientemente en Andalucía y el País Valenciano, fundamentalmente, con un juego lamentable de personalismos y luchas intestinas de partidos, no son el mejor terreno abonado para construir las comunidades autónomas.

En la política española las palabras han venido teniendo, en muchas ocasiones, un falso sentido taumatúrgico que, a la larga, sólo ha servido para la autosatisfacción de un puñado de políticos. Y nada más. Ahora, el sentido mágico, casi milagrero, se ha trasladado a los Estatutos. Y todo el mundo quiere su Estatuto debajo del brazo. Como si el paro andaluz lo destruyera míticamente un proyecto legal o como si la definición de aquella tierra, por seguir el ejemplo, como nacionalidad la convirtiera en un paraíso.

Los políticos españoles, en vez de sumirse en vértigos autonomistas, en vez de quedarse en la demagogia fácil de las palabras, deberán trasladar su a prendizaje a la administración de las cosas. Que eso es, en definitiva, la verdadera política. Los instrumentos legales son sólo la base necesaria, imprescindible si se quiere, para comenzar a solucionar los problemas cotidianos que angustian a los ciudadanos. Y éstos sí que no admiten más esperas.

 

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