Autor: Alfaro, José María. 
   Los silencios de Castilla     
 
 ABC.    22/09/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 11. 

LOS SILENCIOS DE CASTELA

NO es que no hayan dejado de levantarse algunas voces. Pero ellas mismas han acusado su endeblez y su falta de autenticidad. Ausencia que no les venía por insuficiencia del pretexto y la circunstancia, sino por algo más profundo y equívoco.

La convocatoria de Villalar —¡tan vacía de objetivos concretos!— fue, como era de esperar, una cita de confusiones. La derrota del movimiento de las «Comunidades» de Castilla, se la mire y se la analice desde el punto de vista que se quiera, vendría a resultar una fecha clave no sólo del acontecer castellano, sino de la historia general de España dados sus significados y alcances.

Sobre ellos se ha estudiado y escrito con abundancia y, en fecha reciente, mi admirado amigo el ensayista e historiador José Antonio Maravall ha clarificado un montón de cuestiones. Lo que no obsta para que ea/Ja cual prosiga aplicando al levantamiento de los comuneros la explicación de la propia falsilla y. de sus particulares anteojeras. Una gran culpa de todo esto le cabe a las interpretaciones —y deformaciones— románticas. El tema de la rebeldía popular, contemplado sin demasiados matices y distingos, y del subsiguiente sacrificio de sus campeones, suponía tina tentación demasiado fuerte para las mentalidades del romanticismo.

Descontado el antecedente que pudiera representar para el liberalismo español —no se olvide que hay muchos momentos en que liberalismo y romanticismo entrecruzan sus historias—, nuestros escritores y artistas románticos alzaron sobre el patíbulo de los jefes «comuneros» de Castilla toda la urdimbre y la hojaresca de un mito candente. La idea de las libertades castellanas se vio provista de una imagen que, aunque verídica en sus proyecciones iniciales, se disparaba por caminos indeterminados y engañosos.

Sin ir más lejos, ¿contra qué poder ajeno y opresor tendrían hoy que alzarse las razones y las armas de Castilla en defensa de sus libertades? En la actual situación castellana, las exaltaciones del romanticismo —al igual que los más recientes apostrofes del poeta Marquina al emperador Carlos V— sólo pueden sonar a extemporáneo vacío desde la perspectiva de una política concreta y eficiente. ¡No es por esas vías por las que sea hacedero el montaje de unas serias tomas de posición del cuerpo castellano ante los eventos españoles de hoy!

La primera realidad con la que ha de enfrentarse la conciencia castellana es la de que estamos asistiendo a una rigurosa mutación revolucionaria, cuyos límites y objetivos aparecen todavía ignorados —o encubiertos— de un modo más o menos global. No nos engañemos. Con la Constitución ahora vigente el Estado puede desembocar en las más insólitas pálidas. Consecuencia de los estiras y

aflojas de su tramitación, el texto constitucional —que ahí está para la mejor exégesis de expertos y tratadistas— contiene las debidas ambigüedades como para propiciar las más contradictorias soluciones

Todos los españoles con quienes converso acerca de ese tema están convencidos de que el Gobierno no sabe, a estas alturas, cómo va a quedar configurada la ordenación estatal cuando se den por concluidos —con la conflictiva precariedad del caso— los procesos y negociaciones autonómicos en curso. Ésta ignorancia, imputable en parte a la propia dinámica de cualquier fenómeno revolucionario y transformador, no se justifica con el «ir tirando» hasta divisar las orejas al lobo.

Cierto es —y da vergüenza repetirlo— que la política ha sido considerada como el arte de lo posible. Pero esta «posibilidad» no excluye el juego diáfano de objetivos y limitaciones; la existencia de planes precisos, aunque flexibles, sobre cuál va a ser la conformación real del Estado, acerca de cuya fisonomía concluyente pueden escucharse las opiniones más beligerantes y contradictorias.

Ante esta palpable indefinición, a estos rumbos inseguros, es lógico que la preterida, cuando no incriminada Castilla, guarde su silencio expectante y sereno. No es ésta la circunstancia de abrir el repleto arcón de las memorias y los fastos castellanos, sin necesidad de recurrir a las tergiversaciones históricas tan al uso. Ni menos volver la oración por pasiva y desplegar los memoriales de agravios acrecidos al correr del tiempo.

El ámbito castellano ha sido, hasta ahora, casi un territorio exento frente a las enloquecidas riadas del terrorismo y la violencia. Ni de sus gentes han partido presiones y chantajes, de tan abundante empleo en cualquier tipo de negociación. Si a Castilla se le ha reconocido, de siempre, la virtud de la nobleza como una de sus esencias caracterizadoras —al margen de humanas e inevitables caídas—, su actitud ante el actual torbellino de las exasperadas pasiones españolas es el testimonio vivo y entero de esa difícil condición.

Cada parcela española —con sus distintos aportes, atributos y particularidades— ha contribuido a la elaboración de la difícil y admirable arquitectura de España. Pero lo cierto es que, entre las excelencias y participaciones de los de aquí y los de allá, sin específicas vocaciones hegemónicas ni prepotencias absorbentes —cual la han querido mostrar los demagogos de ocasión—, Castilla ha significado, una vez.tras otra, acaso la .más equilibrada aportación a un entendimiento del mosaico común dentro de las comprensiones y las. diferencias nacionales.

Castilla nunca aspiró a erigirse en una especie de síntesis española. Su tarea histórica fue tan pródiga como comprometida, al aceptar el complejo papel de contrabalanceadora de las fuerzas centrífugas que alentaban en las conmocionantes sacudidas de dispersión. Es interesante —y aleccionador— contemplar cómo el proceso de postración y abatimiento castellanos se agudiza cuando se implantan los modelos del Estado centralista, venidos a España de la imano de los Borbones franceses, para lograr su convalidación y consolidación plenas bajo jos Influjos del liberalismo decimonónico?

Fue la de aquel período, largo y dolorido, la «Castilla en escombros» que quisieron retornar a sus grandezas los «regeneracionistas» de hace casi una centuria, cuando se plantearon —con ansiedad y rabia dolorida— el angustioso problema de revivir una España de pie, sacándola de su declinación barranca abajo.

Ellos supieron muy bien lo que hacían al volver sus ojos en busca de las energías espirituales castellanas. Gentes —en su mayor parte de la periferia— que al proponerse las aflictivas congojas españolas, con sus esquivos remedios, fueron a dar de cara con la Impenitente realidad de Castilla, «la gentil y la bravia», que dijera el soñador de impaciencias y descontentos españoles Antonio Machado.

Es posible que el actual silencio castellano esté incidiendo de una manera más negativa de lo que pueda aparentar, en la apremiante regulación de las mutaciones españolas. Su voz sería, sin duda, la de la serenidad y el posible apaciguamiento de los desvarios. Acaso por ello, sus reservas frente al panorama de las enajenantes demagogias. Pero lo que está claro es que, sin la voz de Castilla, va a ser casi imposible recomponer el exasperado rompecabezas de España. Tomen de ello nota los unos y los otros.

José María ALFARO

 

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