Autor: Martín Cinto, Carlos. 
   Autonomías     
 
 El Imparcial.    26/10/1979.  Página: 9. Páginas: 1. Párrafos: 4. 

AUTONOMÍAS

QUE buena pluma y qué buena cabeza se esconde detrás del seudónimo «Cisneros»! ¡Con que gusto intelectual se lee «La pérdida de otra ocasión histórica»! Confronta a los «poseedores de la verdad» de uno y otro bando con ese doble sí del pueblo español cargado de incógnitas a resolver. El sí en la despedida a Franco y el sí a la reforma política. Su análisis revela planos tan bien vistos como el error de los políticos de hoy en la «... infravaloración evidente del hecho nacional español...» o el otro de «... ciertamente, aquel régimen no tenía más salida posible para su democratización que las vías de la socialización, no las vías de las libertades formales».

Describe hechos valientemente, como: «oligarquía y marxismo sabían perfectamente que más pronto o más tarde la democratización por vías de socialización se complementaría con el alcance de las libertades formales...» Pero a la hora de las conclusiones su visión es absolutamente oscura, posiblemente por la postura desde la cual contempla el fenómeno español. Parafrasea a Agustín de Foxá para calificar a este régimen de «ruina sin estrenar», no le da opciones «... pues lo normal, dado el proceso consensúa! que se sigue, es tender a consolidar lo mediocre» y lo sentencia porque para «... remontar su equivoco nacimiento... sería imprescindible un vigoroso acto de razón, de voluntad y de altruismo, cosa hoy imposible.»

NO estoy de acuerdo. Es posible que si yo confundiese España con el Estado pensase igual. Si para mí España sólo pudiese existir en forma de nación, tal vez. Pero me gustaría hoy comentar con «Cisneros» otra óptica. Es cierto que si quienes tienen que aprovechar la ocasión histórica que hoy tiene España de crecer, de madurar en sus hombres y mujeres, de entrar de lleno en el área de la participación, de la responsabilidad consiguiente fuesen las instituciones del Estado español, el futuro se podría considerar una vez más como vendido. Se podría tocar de nuevo la certeza del triunfo de las oligarquías en España. Y digo oligarquías, en plural, para cubrir todos sus disfraces. Pero es que el fenómeno español desborda lo nacional. Va hacia Europa, se alegra con cada dictador que cae en la nueva África, se conmueve con los tanteos americanos, se preocupa con Asia. Y eso no a nivel instituciones.

Eso se da en los españoles, en las familias españolas. En los hogares españoles se vive la internacionalidad, se opina sobre la internacionalidad. Y todo sin perder un ápice del ser español. Dicho de otra forma, hoy, por encima del nacionalismo, está el sentimiento de la libertad, la justicia, la búsqueda de la cultura, la confraternización. El nacionalismo hoy no es razón suficiente para justificar atropellos en esas esferas que se viven como superiores. Y eso no sólo en España. Por eso el arte de gobernar se va complicando. Se maneja desde el Gobierno un gran aparato, el Estado, que tiene en su tamaño firmada la sentencia de su propia destrucción. El Estado es demasiado grande, y, por tanto, distante, marginador, opresivo. Y el Estado es demasiado pequeño, y, por tanto, generador de fronteras artificiales, vigilante de intereses pequeños cuando las ganas son grandes.

SOMOS los españoles los que tenemos que estar a la altura de la ocasión histórica. No vale echar la culpa a las instituciones o a las personas que se sientan en ellas. Somos nosotros los que tenemos que ir construyendo una realidad más participativa y más libre en nuestro entorno. Aunque haya que hacer jirones alguna institución. El fenómeno autonómico que recorre el mundo civilizado no es necesariamente una obra del mal. Tiene mucho de búsqueda y de ilusión. Hay que bucear en él. Las leyes, las instituciones, los representantes acaban siendo siempre un reflejo del pueblo.

Y somos nosotros, todo el pueblo español, los que, partiendo de la humildad que proporciona el saber que nunca se tienen en la mano las soluciones del futuro, sino que se van encontrando poco a poco, a medida que se hacen; los que, partiendo de la ilusión por un futuro mejor para nosotros y para nuestros hijos; los que, partiendo de una solidaridad con los demás hombres, debemos buscar nuestro mañana más participativo, más responsable, más justo, más rico y siempre más libre.

NO hemos perdido una ocasión histórica. Queda claro que el futuro no se puede hacer desde instituciones congeladas en el siglo XIX o antes. No hemos perdido una ocasión histórica. Queda claro que debemos forzar nuestra vista y dirigirla a nosotros mismos. Preguntarnos: ¿qué he hecho yo hoy?, en esa linea que demanda el presente. Un presente que pide a voces gente honrada, luchadora, inquieta y que busca.

Un presente que pide acción a las personas porque las instituciones se han quedado pequeñas. Que pide participación a todos y en todos los niveles porque ninguna élite puede ya manejar la magnitud de los problemas, porque, finalmente, los hombres, todos los hombres, nos hemos comunicado, hemos interaccionado y hoy, por primera vez, se puede hablar del género humano y mencionar un destino común.

CARLOS MARTIN CINTO

 

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