Autor: Ramírez, Pedro J.. 
   Federalismo y unidad     
 
 ABC.    28/10/1979.  Página: 6-7. Páginas: 2. Párrafos: 18. 

FEDERALISMO Y UNIDAD NACIONAL

UNO de los aspectos más viciados de los procesos electorales en Occidente es la obsesión por valorar los resultados, no tanto en sí mismos como en función de expectativas previas, más o menos artificialmente creadas. En las primarias demócratas de New Hampshire en 1972 la Prensa se empeñó en que el senador Mustie soto conseguiría una victoria moral si rebasaba la frontera mágica del 50 por 100: no alcanzó dicha cota y sus aspiraciones presidenciales se vinieron a pique, a pesar de haber sacado más de veinte punios de ventaja a! siguiente de sus adversarios. En el caso del referéndum vasco hablamos de «éxito moderado» porque políticos y periodistas habíamos convenido que el listón de nuestra benevolencia estaba situado en el 60 por 100 de participación. En el caso catalán se manejan los términos «fracaso» y «decepción» solamente porque unos cuantos técnicos chapuceros, con la venia de algún «conseller» poco sensato, aseguraron en la víspera que votaría el 77 por 100 del censo.

La propia noche del jueves Alfonso Guerra trazó ante un grupo de periodistas una interpretación verdaderamente lúcida de los resultados de ambos plebiscitos. En su opinión, los pueblos catalán y vasco —cansados ya de tanto acudir a las urnas, acostumbrados desde hace meses a la idea de la vigencia de los Estatutos, retraídos por una jornada lluviosa y desapacible —habían decidido dosificar sus energías, realizando únicamente el esfuerzo constitucionalmente necesario para la superación del escollo. Si las exigencias —reales o ficticias— hubieran sido mayores, también lo habría sido la participación. Sin dificultad ni suspense desaparecen los estímulos.

El Gobierno ha hecho muy bien trayendo a colación que los acontecimientos demuestran que los resultados del referéndum constitucional no fueron tan malos como se .dijo hace un año. Los móviles de la abstención pueden extrapolarse en el tiempo y el espacio. Entonces como ahora, toparnos con un cuerpo social para el cual el juego de la democracia ha dejado ya de ser un fin en sí mismo.

La advertencia a los políticos está muy clara: mientras el ejercicio del derecho al voto no se vea seguidamente correspondido por mejoras palpables en el terreno de los problemas con repercusiones cotidianas, habrá que contar con la inhibición de dos de cada cinco ciudadanos, Tarradellas sabía muy bien lo se decía cuando no hace muchos meses comentaba en la casa de Prensa Española que «regalaba» el Estatuto si las perspectivas económicas de Cataluña no cambiaban favorablemente.

La homogeneidad de los resultados de ambos referéndum, partiendo de condiciones externas tan diversas, constituye la mejor prueba de que la abstención debe considerarse más «estructural» que «política», en el sentido partisano del término. Si bien las fuerzas mayoritarias deben hacer profundo examen de conciencia y replantear a fondo sus relaciones con el cuerpo social al que dicen representar, nadie debe dejares arrastrar por el pesimismo barato que desde la extrema derecha y la extrema Izquierda tratan ahora de Inocular quienes, a fin de cuentas, han visto los toros desde la barrera abstencionista.

Como ya apuntaba la semana pasada, el único dato político realmente importante que debemos extraer de la jornada del jueves es que a partir de ahora el contencioso existente en las dos nacionalidades históricas queda formalmente zanjado en el marco de la Constitución.

El nuevo Estado democrático tiene ya las espaldas cubiertas en ose frente y la falta de soluciones Políticas desaparece automáticamente como coartada de todo tipo de abdicaciones. El nuevo Estado democrático puede tener ya la conciencia tranquila: se ha apurado generosamente el capítulo de las fórmulas jurídicas estructurales y su legitimidad coactiva, en aras del cumplimiento de la ley y de la defensa de los derechos Individuales de cada ciudadano, ha pasado a ser Indiscutible y plena. Naturalmente, cuando hablo de Estado me refiero no sólo a los órganos de la Administración Central, sino también a los de las propias comunidades autónomas.

TIERNO GALVAN: «DE «VIEJO PROBLEMA» A CATÁSTROFE NACIONAL

Por si el nielo político vasco no estuviera ya suficientemente encapotado, el profesor Tierno Calvan ha venido a complicar aún más las perspectivas pos referéndum al replantear con Irresponsabilidad rayana en lo inconcebible la envenenada cuestión de la amnistía. Tierno no sólo personifica la mayor farsa política de la transición, sino que su comportamiento empieza a adquirir dimensiones de catástrofe nacional. De seguir así las cosas, va a ser preciso enviar al extranjero al alcalde Madrid cada vez que el país afronte una situación especialmente delicada. Una cosa es que siga adelante en su camaleonismo ideológico, adaptándose siempre al paisaje y pelaje del interlocutor de turno —materialista histórico si el visitante es socialista, manchesteriano casi si llega un liberal—, y otra, muy diferente, que dicho juego le lleve hasta el extremo de arriesgar una operación tan cogida con alfileres como la, autonomía vasca, dándoles la razón a los sectores «abertzales» más extremistas, en un terreno en el que el Estado no puede ni debe, de ninguna manera, transigir.

Parece como si el despecho del «Viejo Profesor» —«Viejo Problema», se le llama con mucha mayor precisión conceptual— le empujara a dificultar continuamente la gestión de la nueva Ejecutiva del Partido Socialista-. Primero fueron sus pretenciosas declaraciones, apenas clausurado el Congreso extraordinario, empujando a Felipe González hacia la derecha y perdonándole hipócritamente la vida: él sabe, por cierto, cuan falsa es su afirmación de que hubiera podido seguir siendo presidente de honor del partido, caso de haberlo deseado. Ahora ha marcado en propia meta el «gol» de la amnistía, tirando así por los suelos el trabajo de varias semanas de Enrique Múgica y Txiqui Benegas, quienes —siguiendo la _pauta marcada por el propio «lendakari» Garaicoechea—, venían eludiendo la cuestión de forma deliberada y con gran habilidad.

Cuando ETA militar ha anunciado de manera reiterada e inequívoca que continuará la lucha armada y cuando buena parte de los «poli-milis> están pasándose a su bando, la concesión de una nueva amnistía o de una equivalente serle de indultos individuales en cadena no sólo dejaría impunes horrendos crímenes de lesa humanidad —con el consiguiente estímulo para aquéllos en trance de perseverar en esa línea—, sino que significaría el gratuito regalo a la organización terrorista de centenar y pico de avezados terroristas, a modo de importante refuerzo de cara a la ofensiva de los próximos meses.

Que Bandrés pida amnistía resulta explicable: se trata de la coartada que posibilita el voto afirmativo de su partido y, en último extremo, de su propio seguro de libre circulación por el microcosmos «aberzale». Que lo haga Tierno no tiene más explicación que el ansia megalomaníaca por salir en los papeles aun a costa de la desestabilización del Estado o el propósito malévolo de continuar engañando a todo el mundo todo el tiempo.

O LA IMPRESCINDIBLE CONTINUIDAD DEL HONORABLE TARRADELLAS

Hacía bastante que no escuchaba un análisis tan injusto como el difundido anteayer en un programa radiofónico de audiencia, nacional, achacando al presidente Tarrade-

ABC. DOMINGO. 28 DE OCTUBRE DE 1979. PAG. 7.

«Un ideal unitario con fuerza regeneracionista que reduzca a su justa dimensión anecdótica toda esa batahola de banderas inventadas, tabulaciones históricas y tonterías antropológicas...»

llas la responsabilidad del bajo índice de participación registrado en el Principado. Mucho me temo que se trate del comienzo de una nueva campaña orquestada contra su persona —ese mismo día el corresponsal de un diario de Madrid, significado por el antitarradelismo visceral de todas sus crónicas, lanzaba el rumor de que aspira a la concesión de un título nobiliario—, a la que no serían ajenos algunos partidos catalanes, y en especial el PSUC.-La guerra de los libelos baratos ha comenzado y nada tendría de extraño que Tarradellas fuera la víctima del próximo «dossier» infamante en forma de libro. Siempre habría algún traficante de papel impreso y algún meritorio mediocre, dispuestos a convertirse en extraños compañeros de cama para mejor servicio respectivo del dios dinero y del dios partido.

Tarradellas pidió el «sí» al Estatuto de forma reiterada y rotunda, pero se negó a engañar a los catalanes presentándoles la institucionalización de la autonomía como el bálsamo capaz de curar todos sus males. Tarradellas supo captar como nadie las perplejidades e inquietudes del pueblo de Cataluña, pues no en vano coincidían con las suyas propias. Sus cautelas y reservas, tras la espumosa traca de unos partidos fundamentalmente preocupado por el reparto del Poder, se han demostrado justificadas, porque los catalanes no viven de retórica, sino de realidades.

En ningún momento como en éste resulta tan imprescindible instrumentar la fórmula política que permita la continuación del liderazgo natural de Tarraaellas. Para ello no sólo será preciso vencer la resistencia del propio interesado y de la izquierda catalana, golosa ya por el trozo de tarta que le puede caer en suerte si Tarradellas desaparece de la escena política, sino también la resistencia monclovita a tolerar una operación de esas características. Las relaciones entre Tarradellas y Suarez nunca han sido fáciles, entre otras razones, porque su contacto físico provoca comparaciones de las que a veces el presidente del Gobierno no sale del todo bien librado. El Honorable nunca ha sido un personaje fácil y acomodaticio, al estilo de los que habitualmente cortejan a Suarez, y ello quedó especialmente claro con motivo de su última visita a Madrid, donde —relaciones con la Moncloa aparte— tanta admiración, respeto y afecto hacia su persona y hacia Cataluña, fue capaz de suscitar. Desde la perspectiva centrista lo más cómodo sería pactar con los socialistas catalanes, prometiendo apoyo parlamentario a, cambio de que el PSUC no forme parte del Gobierno de la Generalidad. Al margen de que la fórmula resultante sería preocupantemente frágil, su propia vigencia crearía ya graves dísfunciones a la hora de desarrollar un proyecto de sociendad común a todo el Estado. La opción Tarradellas aparece erizada de complicaciones, pero es la única que conlleva una sólida carga de racionalidad y de esperanza.

EL «INFORME MARTIN VILLA» Y LA HOMOGENEIZACION DE LAS AUTONOMÍAS

Como apuntaba hace siete días, la aprobación de los Estatutos vasco y catalán permite afrontar ahora con la máxima serenidad y equilibrio la reconducción Intelectual y política del resto del proceso autonómico. Anteayer, Rodolfo Martín Villa presentó ante la Ejecutiva de UCD un extenso Informe sobre el tema, a cuyo espíritu supongo ño será ajeno el ministro Perez Llorea y todo sugiere que muy pron-

to habrá conversaciones al respecto con el PSOE. Nadie piensa en frenar las demás autonomías, pero sí que existe un propósito claro de homogeneizarlas y armonizar su puesta en marcha con la legislación general del Estado.

Aunque la UCD huyera en su día de esta etiqueta como del agua hirviendo, caminamos de hecho hacia una «federalización» del Estado, y aunque los partidos nacionalistas sientan el mismo rechazo por esta otra etiqueta, el camino emprendido no es otro sino el de la «descentralización administrativa». Tres son, en mi opinión, los requisitos que deben condicionar cuanto se haga a partir de ahora en ese campo.

En primer lugar, tanto el techo autonómico común como el ritmo de traspaso de competencias debe ser determinado en función de criterios de eficacia, multilateralizando al máximo los procesos negociadores entre la Administración Central y los entes autonómicos. En segundo lugar, la multiplicación de órganos administrativos no puede redundar ni en un aumento de la burocracia ni´ en un aumento de la presión fiscal, entendiéndose que bajo la tapadera de las transferencias no deben enmascararse nunca duplicaciones de ninguna clase y que cada servicio traspasado arrastra consigo los correspondientes funcionarios y los correspondientes recursos financieros. Por último, y éste es el aspecto fundamental del planteamiento, es imprescindible que desde la clase política y en especial desde el Poder, se impulse un ideal unitario y nacional con la suficiente fuerza regeneracionista con para dejar reducida a su justa dimensión anecdótica toda esta batahola de banderas, inventadas fabulaciones históricas y tonterías antropológicas que con fines cantonalistas se manejan hoy en día.

«JUMILLA DESEA ESTAR EN PAZ CON TODAS LAS NACIONES EXTRANJERAS»

¿En qué quedamos? ¿Se propugna desde estas líneas la herejía federal o la ortodoxia unitaria? Ambas cosas al mismo tiempo. Vivamente recomiendo a quien encuentre dificultades en conciliar uno y otro principio la lectura de las «Memorias de un federalista», de Salvador de Madariaga.

Como buen liberal Madariaga creía en la máxima autonomía no sólo de las regiones, sino de los Municipios, de las aldeas, y, en definitiva, de los individuos. Como gran español entendía perfectamente la entraña del ser nacional, rechazando y rebatiendo cuantas mixtificaciones se hacían circular desde posiciones separatistas.

En su libro puede encontrarse recogida la aleccionadoramente irrisoria proclama del pueblo de Jumilla durante la I República: «Jumilla desea estar en paz con todas las naciones extranjeras y, sobre todo, con la nación murciana, su vecina; pero si la nación murciana, su vecina, se atreve a desconocer su autonomía y a traspasar sus fronteras, Jumilla se defenderá, como los héroes del Dos de Mayo, y triunfará en la demanda, resuelta completamente a llegar, en sus justísimos desquites, hasta Murcia, y a no dejar en Murcia piedra sobre piedra.»

En su libro pueden encontrarse también, comentadas y asumidas, las rigurosas testa históricas del profesor Maravall: «Toda esta faramalla de distinciones étnicas y de naciones distintas no es más que separatismo retrospectivo y retropolado que no conoció ningún Pedro, Jaime, Sancho ni Alfonso; y los pueblos españoles, mucho antes de que los unieran políticamente Fernando • Isabel, se sabían y sentían una sola España, como los mismos reyes que los gobernaban se sabían y sentían una sola familia.

Además, todos estos reyes —cinco o seis, tres o cuatro, según los tiempos— se llamaban todos a la vez "Beyes de España".»

Y en su libro puede, sobre todo, encontrarse, vibrante y actual, esa infinita capacidad de armonización entre lo particular y lo general que se asienta intelectualmente en la seguridad que proporciona el conocimiento y se vierte emotivamente en una intensa pasión por esa España —entonces monopolizada y abatida— que él hace hablar en una de las contadas ocasiones en que cambia la prosa por el verso: «Pero yo sueño con el alba del día en que pueda erguirme en toda mi talla con mís don Juanes y mis don Quijotes y mis doce países unidos conmigo en haz apretado, / apretado por el torbellino de un solo anhelo / hacia un solo Cielo.» — Pedro J. RAMÍREZ.

 

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