Autor: Clemente de Diego, Millán. 
   Tras la autonomía, ¿la independencia?     
 
 El Imparcial.    30/05/1980.  Páginas: 1. Párrafos: 11. 

Tras la autonomía, ¿la independencia?

CUALES son las fuerzas que explican el vigor del nacionalismo vasco?, se preguntaba hace ya muchos años don Salvador de Madariaga en su libro «España», que sigue constituyendo desde su afortunada reedición —el libro estuvo prohibido durante cuarenta años— un suceso editorial de interés e importancia para toda la gran masa de españoles que se había visto privada de su lectura durante todo el período franquista.

Yo tuve la suerte de leerlo hará cerca de veinte años, gracias al préstamo que me hizo del libro, con obligación estricta de devolverlo a los dos o tres días, un hijo del que fue famoso editor y librero madrileño Victoriano Suárez. No olvido la impresión que me causó entonces la lectura de esta magnífica obra, que al fin pudo ser de nuevo impresa libremente en España.

Ahora acabo de terminar una segunda lectura del libro, y la sensación que me ha vuelto a causar ha sido de nuevo esclarecedora y reveladora.

La obra mantiene con los años casi plena vigencia, así como los juicios, opiniones o premoniciones de su autor sobre problemas que hoy siguen siendo preocupantes para la normal convivencia de los espáñoles.

A título de ejemplo se puede citar el capítulo dedicado a la cuestión vasca, tan espinosa en estos momentos en que vuelve a oírse hablar, una vez conseguida la autonomía, de la independencia de Euskadi; lo cual, aparte de significar el principio de una futura y trágica desmembración de las tierras de España, es un contrasentido que va, valga la redundancia, a contracorriente de todo ese espíritu de unión que viene prosperando en Europa desde la gestación ya lejana del Mercado Común.

A este propósito quisiera sacar a colación una entrevista periodística que realicé a principios de la década de los años sesenta, estando yo en Venezuela, al presidente del Gobierno vasco en el exilio, José Antonio de Aguirre. La interviú fue muy extensa y se publicó en el diario «El Mundo», de Caracas. Había llegado Aguirre a la capital venezolana en gira política y yo aproveché su estancia en este país, ya en plena democracia tras el derrocamiento de la dictadura de Pérez Giménez, para entrevistar al político vasco.

De entre todas las preguntas que le hice a José Antonio de Aguirre, la respuesta que más me sorprendió fue la que contestaba al interrogante enunciado en estos términos: «¿Considera Usted que hoy, cuando buena" parte del mundo, y sobre todo Europa, tiende cada vez más a una integración, a una unión estrecha, tanto en lo económico como en lo político, no es un despropósito y una falta de visión de la ciencia política moderna el pretender que una pequeña región europea, como es el País Vasco, alcance una independencia que iría a contrapelo de todas las tendencias unionistas de la Europa actual?»

La respuesta de José Antonio de Aguirre no se hizo esperar, y, ante mi sorpresa, me contestó, más o menos, con estas palabras: «Hoy, a los veintitantos años de la guerra española, las trayectorias políticas de la Europa moderna han cambiado tanto que, sin duda, el seguir luchando por la independencia vasca no tiene objeto ni puede concebirse como una solución al problema de nuestro pueblo. Si yo, mañana, pudiese, por la muerte o caída de Franco, reincorporarme a la política española en defensa de las aspiraciones autonomistas del pueblo vasco, abogaría por una autonomía lo más completa y eficaz para la prosperidad de Vasconia, pero nunca por la disgregación en forma de independencia absoluta de nuestra nación del resto de las nacionalidades del Estado español.»

Así que, de acuerdo con estas declaraciones, José Antonio de Aguirre, el belicoso luchador por la independencia vasca, coincidía en su madurez política con el propio Sabino Arana Goiri, el primer apóstol del separatismo vasco, que, como recuerda Salvador de Madariaga en el libro que comentamos, abjuró de sus errores independentistas poco antes de morir, abjuración que sus seguidores nunca reconocieron, pese a haber, incluso, expresado por escrito sus nuevas ideas antiseparatistas en un suelto que publicó el 22 de julio de 1903 en el periódico «La Patria», del que era Arana fundador y director, en el que solicitaba de sus seguidores un voto de confianza para redactar y exponer el programa completo de un nuevo partido vasco «que fuera a la vez español». No le quedó vida bastante para llevar a cabo su proyecto; pero los vascos que le siguieron al separatismo —acusa don Salvador— callan el hecho, siguen siendo separatistas y continúan evocando a Sabino Arana como su guía e inspirador.

Nos recuerda también Salvador de Madariaga que el separatismo vasco, o mejor diría yo el independentismo, no tuvo nunca arraigo en el pueblo —¿lo tiene ahora?—, empezando por su carencia de tradición, ya que fue una invención moderna. Sin ir más lejos, la palabra Euskadi fue, como es sabido, inventada por Sabino Arana para titular una revista fundada por él en 1893.

El separatismo vasco no tiene, pues, ninguna base histórica consistente, y estoy completamente de acuerdo con el maestro Madariaga en que las tendencias dispersas y vigorosamente individualistas del vasco responden, más que a otra cosa, al puro carácter ibérico que la raza vasca ha mantenido a través de los siglos como herencia de ese árbol llamado España, «que se yergue sobre el tronco de Castilla y se extiende en follaje lírico y grácil sobre Galicia y Portugal, con formas luminosas y plásticas sobre Cataluña, en flores de aroma y color sobre Andalucía, pero cuyas nervudas raíces son vascas.

El vasco más grande de todos los tiempos, salvo San Ignacio de Loyola, dijo profundamente que eran los vascos el alcaloide de los españoles».

«Andan hoy por el mundo —dice también don Salvador muchos vascos empeñados en construir una nación vasca, ya dentro de una federación hispánica, ya independiente. No podemos declararnos sorprendidos. Ya sabemos que esta tendencia dispersiva y disruptiva es rasgo característico del español, y ya sabemos que el vasco es la quintaesencia del español... Porque aquí, en el País Vasco, no hay Ramón Llull, no hay pintores primitivos, no hay historia autónoma, no hay literatura, no hay más cultura que la española general; sólo hay de distintivo 25 lenguas arcaicas estrechamente emparentadas.» Don Salvador termina uno de los párrafos del capítulo dedicado a la cuestión vasca con esa pregunta, vigente hoy al cabo de treinta años: «¿Cuáles son las fuerzas que explican el vigor del nacionalismo vasco?»

Por Millán CLEMENTE DE DIEGO

 

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