Autor: Jiménez de Parga y Cabrera, Manuel (SECONDAT). 
   Razón y pasión de las autonomías     
 
 Diario 16.    15/04/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

MANUEL JIMÉNEZ DE PARGA

Catedrático de Derecho Político

Razón y pasión de las autonomías

Las autonomías son un sentimiento más que una fórmula técnica. Por eso, no pueden ser reglamentadas con las normas frías de una consideración sólo científica.

La autonomía de las comunidades territoriales españolas no es sólo una fórmula técnica para la reordenación del Estado. La autonomía es, además, un sentimiento, una actitud del espíritu difusa, inaprensible, susceptible de cristalizaciones súbitas y de sueños prolongados que, en determinados momentos, se expresa mediante alegatos apasionados, vehementes, de una injusticia histórica sufrida en un tiempo mítico antes de ser renovada en un pasado más próximo o temida como una amenaza inminente. Esta autonomía, «a state of mind», que diría Hans Kohn, no puede ser reglamentada con las normas frías de una consideración exclusivamente científica.

Recuerdo esto a propósito de la Comisión de Expertos que acaba de formarse para asesorar al Gobierno y al primer partido de la oposición en esa ingente tarea que es la construcción del llamado «Estado de las autonomías». Idea interesante, sin duda, en la más difícil misión política del momento.

Mirar al exterior

Estos profesores de Derecho Público han expuesto su punto de vista sobre el tema en los escritos publicados durante los últimos meses. En esas páginas tenemos el enfoque racional, con observaciones de valor. El presidente de la Comisión, Eduardo García de Enterría, considera que hay que seguir «la vía del comparatismo», o sea la que tiene en cuenta las técnicas federalistas y regionalizadoras adoptadas en los países extranjeros que funcionan aceptablemente. Y agrega: «Querríamos decir de manera explícita que hay otras dos vías, que han venido predominando desgraciadamente en la pugna política de las autonomías, que nos parecen mucho menos seguras: la de un historicismo convencional, que arriesga construcciones artificiosas sobre la base de sustantivar elementos aislados, cuando no inventados, del pasado institucional lejano e impreciso; y, en segundo término, la vía de la improvisación y el arbitrismo, orientada apenas por un simple afán de protagonismo de las élites locales, cuando no por el vértigo de la experimentación y de la ruptura.»

Ese va a ser, pues, el tratamiento científico sugerido. Se conocen los perfiles técnicos del nuevo federalismo, ese «federalismo cooperativo" que desde hace más de veinte años se abre

paso en Alemania occidental, algo después en Suiza, y que tiene una fecha anterior de vigencia en los Estados Unidos. El recetario que ofrece la comparación de los diversos regímenes es importante., Sin. embargo, pienso qué sería erróneo pretender solucionar los problemas que genera «un estado del alma» con normas jurídicas frías y de origen foráneo.

Confesión inoportuna

Yo sé que la Comisión de Expertos tiene conciencia de ello y que va a limitarse a proporcionar materiales para que los políticos construyan la obra. Pero mientras el plan avanza, se registra una preocupante inquietud de los ánimos en algunas comunidades. Esto es grave, porque malo sería que el edificio se levantase sin contar con los cimientos sólidos de la adhesión popular al proyecto, movida la gente por lo que siempre se mueve: por razones y por sentimientos, por intereses, por aspiraciones y por recuerdos.

Ha sido inoportuno confesar de antemano que se va a fijar la atención en la experiencia histórica de países extranjeros. Esto crea recelos.

Tendrá que insistirse, por el contrario, en que lo de aquí es algo original, completamente inédito. Adaptando al caso un texto de Jean Plumyéne, habrá que subrayar, una y mil veces, que se está prestando oído al discurso de las autonomías, cada una distinta de las otras, con su estilo, su voz, sus murmullos, sus llantos y sus gritos; que se jestán teniendo en cuenta las imágenes que en cada lugar se veneran, los acontecimientos que se celebran, las figuras históricas que se exaltan y las que se detestan. Habrá de advertirse, en suma, que ningún alegato autonómico,

con su razón y su pasión, es igual a otro.

Solidaridad

El federalismo cooperativo necesita una gran fuerza colectiva para ponerse en marcha y proseguir funcionando. El Tribunal Constitucional de Karlsruhe, en una famosa sentencia de 1958, invoca la «fidelidad federal» que da como fruto el federalismo cooperativo, y en Suiza el profesor J.-F. Aubert caracteriza a este último como «un estado de espíritu»: «Cuando se transfiere una competencia del cantón a la Confederación, o a la inversa, no hay que considerar el hecho como un empobrecimiento de la entidad que cede. Esto sería lo propio del viejo federalismo, del federalismo competitivo.»

Tal es la otra tarea: fomentar el sentimiento de solidaridad que, en suma, es la forma suprema de la cooperación. Tenemos que hacerlo para colocarnos al nivel de nuestro tiempo. Debemos hacerlo porque lo manda nuestra Constitución.

 

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