Autor: Montiel, Francisco Félix. 
   El marxismo y las autonomías     
 
 ABC.    04/06/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 13. 

CADA español debería preguntarse qué tienen por dentro tas autonomías para que figuren en primera fila entre sus más entusiastas defensores, los discípulos de Marx.

La sospecha es lógica, porque el marxismo es, fundamentalmente, centralista y autoritario. Entonces tiene que haber motivos ocultos que expliquen esa contradicción. ¿Cómo pueden desear y promover los socialistas y los comunistas un sistema de autogobierno que se opone de manera abierta y frontal a su propia concepción del Estado? ¿Un sistema que ellos destruirían sin misericordia, si accedieran a) control pleno del Poder, como ya ha sucedido en otras experiencias históricas dentro y fuera de España?

En efecto, tiene que haber en el proceso de implantación de las autonomías alguna manera susceptible de conducir el asunto, mediante una desviación estretégica, hacia el logro de objetivos no confesados. La tradición del socialismo español es definitivamente ajena a las inclinaciones autonomistas, y el historiador Antonio Ramos Oltveira, figura destacada del PSOE, se sorprende de que en hombres del socialismo se descubra esa veleidad. Así lo dice, refiriéndose a ios años de la República y de la guerra civil:

«El nacionalismo vasco llegó a contagiar, después de lograr la autonomía, a gentes afíliadas toda la vida a! internacionalismo, ahora corrompidas políticamente por el Poder que ¡a autonomía les puso en la mano; y en labios de viejos socialistas se oyó la extraña frase de que antes que socialistas eran vascos. Cosa nunca escuchada hasta entonces.»

Desde luego, no se conjuga el internacionalismo «de toda la vida» con la pasión autonómica. Marx no era autonomista, ya lo he dicho. El tema del autogobierno lo trataba como una cuestión de estrategia subversiva. Era en sus proyectos de ruptura europea una doctrina de exportación, una fórmula para recetársela al enemigo. Cuando Marx defiende la independencia de Irlanda no lo hace por una razón de principio, sino porque odia a Inglaterra y quiere debilitarla y desmembrarla. Del mismo modo que manifiesta un júbilo espectacular cuando se recrudecen las luchas nacionales de Polonia; mas no por simpatía hacia ese país —que aborrece y desprecia a lo largo de sus escritos—, sino porque entonces odia mas a Rusia, que es su enemigo número uno.

En cambio, hacia el resto de Europa, y en especial cuando las pretensiones de autogobierno rozan los intereses de Alemania (Marx y Engels eran en secreto nacionalistas alemanes), su doctrina suena de otro modo, con acento radical y sarcástico:

«El derecho histórico de tos grandes pueblos civilizados a desarrollarse revolucionariamente está por encima de las pugnas de esos pueblecitos raquíticos e impotentes para lograr su independencia, aun cuando en ese gran avance se marchite, pisoteada, más de una dulce florecilla nacional."

Cuando estalla la guerra franco-prusiana, Marx le dice a Engels en una carta (20 julio, 1870): «Los franceses necesitan un escarmiento. Si salen victoriosos tos prusianos, la centralización del Poder estatal será útil para la centralización de la clase obrera alemana.»

EL MARXISMO Y LAS AUTONOMÍAS

Es una clave del marxismo que los marxistas españoles no tienen en cuenta hoy, aunque más lógico sería suponer, como vengo diciendo, que ocultas intenciones y circunstanciales estrategias pueden dar un sentido a la aparente contradicción.

La fórmula del autogobierno como medio para hacer estallar a España no es un recurso nuevo en el caso concreto del Partido Comunista.

Tan lejos como en 1932, en sus disparatadas acciones de entonces contra la República, los hombres de Moscú proclamaban corno uno de sus objetivos «el apoyo a la lucha emancipadora de tos pueblos catalán, vasco, gallego y marroquí». Dicho con esas palabras, o de esta otra manera, «el derecho de las nacionalidades oprimidas de Cataluña, Vizcaya y Galicia a disponer de sí mismas, incluyendo hasta la separación de España». Ambas frases las he tomado literalmente de una publicación comunista de la época, «La Correspondencia Internacional» (18 nov. 1932).

El ministro socialista y diputado por Bilbao, Julián Zugazagoitia, director varios años del órgano oficial del PSOE, manifestó también —como Ramos Oliveira— la sorpresa de encontrar compañeros de su partido apasionados del autogobierno: «La autonomía concedida a las Vascongadas determinó en el País Vasco un crecimiento inverosímil de los fervores autonomistas, al punto de que los propios nacionalistas, si su ideal no se cifrase en mayor conquista, hubiesen quedado sobrepasados.

Los comunistas, siguiendo instrucciones de su Comité Central, acentuaron su nacionalismo euzkadiano y algo parecido, aun cuando con mayor mesura y timidez, hicieron los socialistas. El proceso de este mimetismo colectivo necesitará ser estudiado con detalle.»

Hubo —como anécdota curiosa— la célebre aventura del «gobiemín» de Asturias, presidido por el socialista Belarmino Tomás, que produjo no poco escándalo con su acuerdo de convertise en Consejo Soberano y su inenarrable telegrama a la Sociedad de Naciones que —como escribe Zugazagoitia— «dejó al Gobierno de la República sin había». Pero los principales dirigentes socialistas y comunistas en el periodo de la guerra civil —con resonsabilidades directas de Gobierno— no aplaudíanesas «desviaciones», no estaban de ninguna manera en la línea del autonomismo.

Todo lo contrario. Desde los primeros meses de la guerra el Partido Comunista se opuso con la mayor energía a los brotes de «cantolanismo» que empezaron a manifestarse. «Hay que acabar con todos los gobiernos pequeñítos. No queremos más que un Gobierno.

Toda la autoridad para este Gobierno, y los gobiernos pequeñitos meterlos en una espuerta y enterrarlos.» Naturalmente, no se refería esta condena a los gobiernos de las «nacionalidades» reconocidas. Pero, también aquí, comunistas y socialistas acabaron estableciendo recortes a las autonomías que ofendieron a las instituciones afectadas.

En agosto de 1938 llegó a plantearse una grave crisis entre el Gobierno de la República y la Generalidad de Cataluña. Los ministros que representaban a Cataluña y al País Vasco —Ayguadé, Irujo— presentaron la dimisión en protesta por determinados decretos que, según ellos, trasgredían los derechos estatuíanos de la región autónoma. El Partido Socialista y el Partido Comunista se convirtieron en los baluartes del unitarismo de la República. Negrin llegó a denunciar «los particularismos regionales» desde donde se intentaba «que en España no quede nada o quede una nación muy dividida y debilitada», acusando —con nombres propios— interferencias, ambiciones e intrigas de ciertos políticos extranjeros.

En nombre del PSUC —comunista— se dijo durante un mitin en el teatro Tívoli, de Barcelona (2 oct, 1938): "Nadie puede discutir la profunda verdad de que un país no puede tener más que una economía. Discutir esto es un absurdo. No cabe una economía de Cuenca o una economía catalana. En la República Española no debe haber más que una sola economía: la economía de la República Española.» Los comunistas de España repetían como un eco las concepciones soviéticas, tan escandalosamente conocidas que no hace falta analizarlas aquí.

Para ellos, el autonomismo había sido durante años un explosivo al servicio de su política de ruptura nacional. En 1938, y por razones diversas, la idea autonómica tenían que condenarla como un absurdo y como un crimen. «Nadie puede discutir...» Pero entonces, ¿por qué volver ahora a las andadas? ¿Corno pueden justificar moralmente hoy su pasión autonomista los dicípulos de Marx?

Ha habido otros, desde luego, otros muchos, que han tratado de jugar, de «hacer política», como suele decirse, con el tema autonómico. Personalmente, creo que la autonomía bien entendida es una idea positiva y que se desarrolla en la corriente de tos tiempos. En cuanto a España, el problema no lo ha inventado nadie, está ahí. El mal reside en que la precipitación, la improvisación y el exceso de «viveza» de algunos jefes de partido, crearon problemas autonómicos donde nunca los había habido y exacerbaron la pretensión allí donde existió siempre, agravando las situaciones en vez de encauzar las demandas y convirtiendo la alimentación de esas demandas en un estímulo adicional del terrorismo. Sobre esto último habría mucho que pensar.

Francisco Félix MONTIEL.

 

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