Autor: Cela Trulock, Camilo José. 
   Loa a la lengua castellana     
 
 Diario 16.    08/06/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 16. 

OPINIÓN

6-junio-8l/Diario 16

iCAMILO JOSÉ DE CELA!

de la recal Academia de la Lengua

Loa a la lengua castellana

Cela defiende las lenguas periféricas y a la castellana frente al lastre de su consideración oficial. «Puesto que nadie lo dice, lo digo yo, no más que para tranquilidad de mi conciencia y sosiego de la mano de pluma (o de lanza; en el "Cantar de Mío Cid" se llama mano de lanza a la derecha y mano de rienda a la izquierda)», dice el académico.

La incorporación de las lenguas periféricas españolas a la enseñanza es un suceso político —tal vez para nosotros, los españoles, y para nuestro país, España, uno de los más importantes del siglo XX— que, si llega a saludable fin práctico, esto es, si no acaba por ser triste y oscuramente estrangulado por esa constante malhadada, por esa lacra histórica a la que pudiéramos llamar inercia de la dejación administrativa, habrá que señalar con piedra blanca que lleva implícito el reconocimiento de una evidencia puesta, durante años y años, en tela de juicio; la realidad hispánica de cuatro lenguas de mayores o menores arrestos, pero de certidumbres idénticas e innegables.

Siempre he pensado que la pluralidad lingüística es enriquecedora, pero la verdad es que con mi supuesto no eran muchos los castellano-hablantes que coincidían; de nada han de importarme ahora pretéritas y dispares actitudes prójimas, ya que, amén de que nunca es tarde si la dicha es buena, admito que cualquiera —empezando por el Estado— pueda sentirse honesto destinatario del pensamiento de Nietzsche cuando proclamá que el publico en que hoy nos hallamos estriba en conocer que todo cuando amamos de jóvenes nos engañó; procuremos que nuestro último amor —terminaba diciendo el filósofo alemán—, el que nos lleva a confesar el amor que sentimos por la verdad, no acabe por engañarnos también.

Defender errores

A nadie debe culparse de defender errores (o meros gestos y posturas tenidos por erróneos) cuando su defensa viene lastrada de buena voluntad y el error (o aquel gesto o aquella postura tenidos por descabalados y erróneos) acaba por conocerse y cantarse. Nadie es culpable de ignorar la verdad cuando nadie se preocupó por explicársela y, aún más, cuando muchos (tampoco todos) se esforzaron en ocultársela.

Descendiendo muchos peldaños y ciñéndonos a un doloroso y cotidiano acontecer, quisiera decir que las cosas tendrán muy escaso arreglo mientras al honrado padre de familia de Burgos o de Segovia no se le meta en la cabeza la idea de que los españoles periféricos, quiero decir, los catalanes, los gallegos y los vascos, no hablamos entre nosotros en catalán, en gallego o en vasco para «darle rabia a él», sino porque es nuestra lengua natural; la generalizada —y descabellada— idea contraria sigue siendo el pan nuestro de cada día en no pocos rincones españoles.

Partamos de supuestos muy elementales, cuyo olvido fue causa de innúmeros desaguisados. No hay comarcas bilingües; en el mundo entero no hay ni una sola comarca bilingüe, ya que, aunque sus habitantes hablen, más bien peor que mejor, dos lenguas, viven inmersos —y aman, y cantan, y juegan, y trajinan, y rezan, y mueren— en una sola de ellas. {La posible existencia de individuos, no de comunidades, bilingües es un hecho culto que escapa a nuestro propósito de hoy.)

En las zonas de fricción lingüística —pensaba cuando escribí el «Viaje al Pirineo de Lérida» y, como es natural, sigo pensando ahora—, las lenguas se despedazan o se liman al convivir e influirse recíprocamente, ya que el fenómeno que, para entendernos, llamamos bilingüismo suele caracterizarse más por el aproximado conocimiento de dos lenguas que por el puntual uso de una sola de ellas.

Posible derrota

Es ingenuo pensar en la posible derrota de las lenguas, y en esa ingenuidad cayó el Estado español cuando al término de la guerra civil quiso desterrar por decreto determinados condicionamientos humanos: tal el uso de una lengua viva, por ejemplo. La lengua, que es la primera y más inmediata llama del espíritu (recuérdese que, antes que nada, fue el verbo), es algo demasiado sutil para que puedan aplicársele parches y cataplasmas y —todavía menos— prótesis de covachuelista.

Para mí tengo como axioma que para que los catalanes, los gallegos y los vascos hablásemos mejor el castellano sería prudente que en las escuelas, además del castellano, se nos enseñase el catalán, el gallego y el vasco.

El amor que, siendo gallego, proclamo por el castellano, que es mi herramienta literaria (amor que supongo que por todos ha de reconocérseme) es una de las columnas sobre las que apoyo el amor que siento hacia el catalán, el gallego y el vasco y sus realidades, gloriosas siempre y, a las veces, heroicas.

El castellano es la lengua que los españoles por nuestro origen no castellano-hablantes (cuatro millones de catalanes, medio millón de Baleares, dos millones y medio de valencianos, cerca de tres millones de gallegos y millón y medio de vascos) admitimos como común y apta para entendernos entre todos.

En una visita que hice a mi ilustre amigo Josep Pía en Palafrugell, le hice notar el suceso —que en ningún caso debe atribuirse a la casualidad— de que él, catalán, y yo, gallego, manteníamos nuestra conversación en castellano; la lengua que nos era común.

El castellano es una vieja y noble e ilustre lengua, que, en general, no ha sido ni amorosa ni inteligentemente tratada por los castellanos, quienes prefieren pregonar lo que en ella menos importa: su carácter oficial. Modesto.

El castellano, el hombre castellano, es demasiado modesto al enfrentarse con la consideración de su propia lengua, olvidando que es más importante que sea el vehículo de expresión literaria dé Cervantes o de Quevedo o de Fray Luis (o del vasco Unamuno y del gallego Valle-Inclán y del catalán Eugenio d´Ors y de Azorín o Gabriel Miró, ambos del reino de Valencia) que la jerga administrativa del «Boletín Oficial del Estado». La denominación de lengua oficial —aunque lo sea— es impopular y la perjudica en el efecto de los españoles no castellanos.

El diccionario no fue generoso, ni político, ni científico, en el trato dado a las lenguas periféricas. Todavía en su decimoctava edición, 1956, se define el catalán como lenguaje, voz que puede implicar cierto cariz peyorativo, y se habla del gallego como dialecto. Por fortuna, en la edición siguiente, la de 1970, se enmendaron ambos despropósitos, a propuesta mía.

Prefiero suponer que la incorporación de las lenguas periféricas a la enseñanza terminará por robustecer al castellano, lengua que podrá soltarse de las ataduras políticas y administrativas (que no sé cuáles son peores) que hoy la atenazan, y volver a vivir en libertad, ahora compartida. La huella de este suceso político que comento pronto se dejará ver y, a poco que no se desvirtúe, quizá pueda llegar a convertirse en el cauce donde los españoles [layarnos de encontrarnos. Tiempo al tiempo.

 

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