Autor: Rodríguez, Pedro. 
   Cela, 65 años  :   
 Escribe"Agonía, muerte y entierro de un general", la gran novela de la transición. 
 ABC.    16/06/1981.  Página: 18,?. Páginas: 2. Párrafos: 39. 

CELA, 65 ANOS

Escribe «Agonía, muerte y entierro de un general», la gran novela de la transición

Por Pedro RODRÍGUEZ Fotos: Teodoro NARANJO

lo que pasa es que la gente se pone nerviosa, nerviosa en seguida (el mismo vozarrón, la misma habitación del mismo hotel; lento, quieto, pausado como un abad de Sarrios; encorvado sobre los folios, pasando la pluma como una aguja de bordar; las gafas como dos peceras; .el bollito de leche a medio desmigar; los dedos de tos pies, peludos, irreverentes peleándose con las pantuflas, y la tripa, la vieja, enorme tripa, blanca, Batiéndole por encima del cordón blanco del pijama, «tendré que ponerme algo si viene el fotógrafo, ¿no?»; el mismo Camilo, Camilo de siempre, Camilo de guardia, con prisas por entregarte, como un regalo, el primer taco de la mañana); la gente se pone histérica. Vamos a ver: ¿cuántos hay con la neumonía atipica?

¿Treinta y ocho, cuarenta, no? No debiera merecer ni una línea. Todos los años hay muchos más de gripe. Lo que pasa es que la gente está deseando ausentarse; anoche mismo pido cenar ensalada y fresas y me dicen: «¿Cómo va usted a tornar eso?» Pues masticado, señora, masticado. No es la peste amarilla, c... Yo creo que se debe tener a todo el miedo adecuado, y si entra un gato en la habitación, no tiramos por el balcón. Si entra un tigre, pensárselo; aunque probablemente será peor asustarse y tirarse. Pero todos los días en Televisión sale un mapa nacional con unas provincias pintadas de negro que ponen «14 casos». Y ¿cuántos hay de purgaciones? Ya sabe usted que ahora al gonococo de Singapur la penicilina lo engorda. Los bacilos se han hecho resistentes. Hacen bien, qué c..., para eso están (descalzo, calentándose, el crucigrama de ABC de hoy, 22 de mayo, a medio hacer, como un país de cuadraditos, y en fin, Camilo, permítame: ¿este país está dejado de la mano de Dios?...).

MI VIEJA TÍA KATHERINE —No, no, no. No. España es un gran país. Los que están dejados de la mano de Dios son algunos grupos de menos, no digamos de asesinos. He leído lo del tiro en la pierna a este chico, Losantes. Eso es preocupante. Los catalanes parecía que no

habían perdido el ánimo sosegado. Si dejan de tenerlo, es peligroso para ellos. Pero eso de que España es diferente es una falacia. Mire usted el Ulster y las Brigadas Rojas y el tiro a Reagan, la gente ahora dice Rigan no sé por qué. Y lo del Papa. Hombre, c..., el Papa no. Pues no lo mataron de milagro.

—¿Y qué puede hacer un intelectual ahora, en este lío, Cela?

—Mantener la calma. Predicar con el ejemplo. Buscar soluciones mágicas y echar los pies por alto no ha conducido en la Historia de España jamás a nada. Una vieja tía mía, Katherine Trulock, muy célebre, me dijo cuando yo me convertía en un hombrecito: «Camilo, cuando las cosas se pongan mal, haz todo lo posible para no ponerías peor.» Eso es lo que tenemos que hacer. A mí, claro, decía usted, es que este asunto me ha cogido con sesenta años, no con veinte, «y lo que no ha sucedido no es historiable», que decía Américo Castro. Pero la gente quiere democracia, quiere libertad y, cuidado: quiere orden y seguridad. Que no deben ser incompatibles, pero que se están haciendo incompatibles en el mundo.

Los alemanes aquellos, los del IRA, el turco ese enloquecido: algo pasa en la cabeza del hombre contemporáneo que le empuja a ese tipo de vedetismo, de ombliguismo. Yo no creo que la democracia nos haya salido mal. Otra cosa es que haya tenido mala suerte, porque en España se suelen desperdiciar las coyunturas históricas. Yo veo clara una cosa: el Rey está muy por encima de la clase política. Después, la gente, que quiere trabajar en paz; bueno, trabajar, no demasiado; pero vivir en paz, sí. Y luego está este señor, Calvo-Sotelo, yo no soy amigo suyo, pero me parece un señor serio, trabajador y nada demagogo. Los españoles lo que queremos es ser gobernados. Sentirnos gobernados. Y se está empezando, creo yo, a tener esa sensación. Claro, luego resulta que la derecha española es muy beocia. Pero mucho. No ha sabido ni apuntarse ese tanto tremendo de la designación de Areilza como presidente del Consejo de Europa. Es el colmo. La derecha española es la caraba. Es tan poco hábil que no ha analizado no la victoria de Mitterrand, sino, el porqué de la derrota de Giscard. Es qué es terrible.

—¿Le han querido fichar algún partido, Cela?

—Bueno, es que, comprenderá, a mí no me va tener que mirar hacia el jefe de filas a ver qué seña hace para votar «sí» o «no». Nadie me empujó nunca en el Senado. Yo sé de sobra, Rodríguez, que la soledad es el precio de la independencia. Por eso prefiero a un vagabundo que a un sometido.

Prefiero el hombre que no tiene camisa al que debe sus camisas. Respeto a los políticos y al régimen de partidos, pero tiene que ser muy doloroso el sometimiento. Lo bonito de ser senador real, yo no sé por qué nos han quitado, era que jamás recibías una seña ni una consigna. Ni del Rey. Yo al menos no la recibí. El único acuerdo que tomamos en lo que yo quise llamar «El Club de los 13» era que no habría acuerdo: que votaríamos siempre en conciencia. Por eso digo que ha sido un error quitarnos. Esa independencia era muy saludable, y así está ahora el Senado, que parece un coro de vírgenes. Claro. Como yo actuaba por libre, me negaban cosas muy obvias. Por ejemplo, el asunto de la capital del Estado español. Yo decía que se pusiera que la capital de España era Madrid, y punto. Y que luego se dijera que la capital del Estado se podría fijar por ley, hombre, en caso de catástrofes y cosas de ésas. Lo mismo con la pena de muerte. Ufff. Nos mandan el proyecto del Congreso, me levanto y digo: «Señores, en una interpretación amplia de este artículo está claro que queda abolida la pena de muerte, excepto para algunos militares que podrán ser fusilados, de vez en cuando, al amanecer. Creo que vamos muy allá dividiendo a nuestros compatriotas en fusilables y no fusilables.» Luego la

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que me armaron con el «gualda» de la banderita. Usted sabe que la palabra «gualda» nace de un cuplé. O sea, al letrista le sobraban dos sílabas de «amarillo» y entonces se inventó lo de «gualda». Usted no sabe las cartas que recibí llamándome antiespañol y menos mal que no me llamaron maricón. Pues nada. Como ahora con el escudo, porque lo que hay que hacer es culturizar, no vulgarizar. Pues que si el matiz del amarillo era toda la discusión. Usted comprenderá, ¿no?, una bandera que está hecha para aguantar el sol, la lluvia, la escarcha y el polvo, discutiendo los partidos sobre el matiz del amarillo...

Entonces se pone de pie y empieza a desabotonar la humilde camisa, botón a botón, como un samurai, como si fuera a hacer la primera comunión, o a matar el primer toro, o a firmar la última Constitución.

ESO PASA POR LEER A CALDERÓN

—¿Pero qué ha pasado, Cela, con la cultura y la democracia? ¿Por qué en libertad no ha salido una sola «cumbre»? ¿Es que I cultura es siempre de la izquierda?

—No lo sé. Quizá. Si ha sucedido así habrá sido por culpa de la derecha. Biológicamente, puede ser que el intelectual sea siempre de izquierdas. Políticamente, no siempre. Goethe no era un revolucionario precisamente. Hay que esperar. Hay que darle tiempo a la democracia. No es apretar un botón y que vayan saliendo genios. Esperemos. De todas formas, en las dictaduras tos escritores importantes, si son auténticamente importantes, han acabado saliendo, aunque algunos se hayan quedado en el camino.

—Pero el país está muy dramático, ¿no? ¿Dónde está la gente inteligente?

—Esto del dramatismo es una eclosión, un sarampión, como el de la pornografía. Ya están cerrando muchas revistas de ésas. También cerraron los prostíbulos, y fue una inmensa torpeza, creo yo. Pues sí, el país está muy dramático: yo creo que esto le viene de tanto leer a Calderón, ¿no?, que era un pelma. Si leyeran más a Quevedo, las cosas irían de otra forma. La gente inteligente, decía usted. No sé. Más o menos, yo creo que hay la misma: analfabetos inteligentísimos y lumbreras oficiales que son unos necios. Lo que pasa, ya decía Vázquez Montalbán, me parece que era, que contra Franco vivíamos mejor. Cuando Franco llegó al Poder yo tenía veinte años. Y cuando murió yo tenía cincuenta y nueve. Esa es la única diferencia. Pero me lo pasé y me lo paso muy bien, y si veo cruzar una señorita admirable, hago lo que puedo.

—¿Qué echa de menos en la Constitución?

—Pues mire usted: cuando yo era senador y perdía una votación, no se rompía la baraja, como me parece que han hecho, a veces, los andaluces y los vascos. Esperas otra baza, te fastidias, a ver si tienes más suerte y te entran tres ases. Yo creo que en la Constitución se le restaron al Rey más poderes de lo que era aconsejable y necesario. No pido, nunca lo pedí, el tener una Monarquía a lo marroquí, pero tampoco convertir al Rey, como se pretendió, en una figura simbólica. Y los culpables de eso fueron, desde luego, los de Ucedé.

—¿Por qué?

—Ah, pregúnteselo a ellos. ¡Dichoso consenso!

—¿A quién votará, Cela? ¿Quién, qué, falta en el espectro ideológico?

—Depende para qué haya que votar. Tampoco hay tantas opciones. Ucedé no es partido, y cada vez lo es menos. Coalición Democrática tampoco lo es, y lo dicen ellos. Así que no sé. Tengo amigos en la derecha, tampoco me siento incómodo en la izquierda, pera luego, la media aritmética no me sale, de eso, el centro... Yo

estoy, mire usted, en contra de los nacionalismos. Cuando eran nacionalismos de derechas me parecieron una estupidez. Me parece pueril. Yo distingo entre patria y nación, y cada día que pasa es que siento más patriota. Para mí, patriota es el que ama el sitio donde nació. Nacionalista es el señor que cree que su sitio es el mejor del mundo. Este nacionalismo actual, a la contra, negando al vecino, me parece intelectualmente inadmisible. ¿Usted está tomando nota textual, lo entiende bien? Bueno, y si no, es igual, ya a estas edades, a tomar por el saco todos...

—¿Qué pasa? ¿Cuánto hace que no liga, Camilo?

—Primero, eso es secreto del sumario. Segundo, no hay queja. Aunque servidor no es el que fue, en ese aspecto, no hay queja, ni nunca la hubo. El otro día vino una señorita a preguntarme cómo resolvía yo el problema sexual durante el franquismo. Te preguntan por el franquismo como si hubiera sobrevenido antes del diluvio, aproximadamente. Y le dije: Mire

usted, señorita, yo no tuve ese problema. A mí no vino el general a clausurarme el aparato. Y además debo añadirle, señorita, que en este país ha sido siempre muy distinguido por lo mucho y por lo bien que en él se ha practicado la fornicación. «¿Ah, sí?» «Sí, señorita».

—¿Y se sigue escribiendo bien, Camilo?

—Siempre. El elenco español de escritores y pintores en los siglos XIX y XX es que no se corresponde, en calidad, con la marcha del país, y no lo han reunido Inglaterra, Francia y Alemania juntas. En cambio, en músicos y filósofos hemos flojeado más.

—Se supone que yo tengo que preguntarle, Cela, por qué no hace, señor Cela, la novela de la transición...

—Bueno, la estoy haciendo. Es decir: estoy escribiendo una novela que se titulará «Agonía, muerte y entierro de un general». Naturalmente, ése no es el tema, sino el telón de fondo. Algo así como el «San Camilo», pero con una visión de aquel decorado, aquella sociedad que, muerto Franco, no se movió ante el estupor de su muerte. He pasado ya de la mitad del trabajo, pero a mí es que me cuesta mucho escribir. Una vez una señora de ésas me decía para halagarme: «Usted escribe como mea, Camilo» y yo le decía: «Si el que mea es prostático, sí, señora.» Sigo escribiendo a mano, con tachaduras, es terrible.

Se ha estropeado el teléfono y le van metiendo recados de papel por debajo de la puerta, azules como el traje de venir a Madrid.

—¿Ha dejado de ser un rebelde, Camilo? Al final, cinco años después, ¿en qué nos hemos equivocado?

LOS CURAS MANDAN MUCHO

—Pues no sé decirle si sigo siendo un rebelde. Lo que no soy es un conformista. No sé qué es eso. No sé tampoco si nos hemos equivocado. Estamos pagando la novatada de estrenar una cosa con demasiada virulencia, con demasiado entusiasmo. La gente estaba acostumbrada a que Franco discurriera por todos los españoles. La gente sabía que funcionando así, los problemas se los daban resueltos. Bien o mal, pero era otro el que tomaba las decisiones. Yo lo que digo es que España es un país perfectamente gobernable. Con una materia prima de primera calidad. No habremos acertado del todo, pero lo podemos arreglar con pequeños movimientos de rectificación. La gente querría otro mesías, pero los mesías acaban siempre crucificados. Los curas es que mandan mucho, desde Guerra Campos hasta el superior ese de los sacramentinos; marean mucho. Yo recuerdo hace muchos años que nos llevaron invitados a Chile, al Congreso Mundial de Prensa a Drew Pearson, a llia Ehremburg, a Curzio Malaparte y a mí, ¿no? Y entonces viene un periodista allí, en el medio de todos, y me pregunta si es verdad que en la España de Franco en todos los restaurantes tenían la obligación de tener un plato preparado para un cura. «Sí, señor», le dije. «Es verdad. Y los domingos, dos.» «¿Ah, sí?» «Sí, señor.» Dios mío, qué tonta es la gente, jé...

Entonces va y se queda, viejo, querido, terrible Cela, como un niño de apenas sesenta y cinco años, mirando los visillos y la dudosa luz del día, como permitiendo, al fin, entrar a los recuerdos:

—Me están terminando mi casa en Iría Flavia.

—Sí, Camilo.

—Cerca de la carretera, casa de canónigos...

—Sí, Camilo.

—Muros eternos.

—Sí. Sí, Camilo.

P. R.

«Al Rey se le privó en la Constitución de más poderes de lo que era necesario y conveniente. Y eso fue culpa de Ucedé.»

«Cuando los nacionalismos eran de derechas, me parecían una estupidez. Ahora que son de izquierdas, me parecen otra estupidez. Yo, cada día que pasa, me siento más patriota.»

«Este nacionalismo a la contra, negando al vecino, me parece intelectualmente inadmisible.»

«El Rey está muy por encima de la clase política.»

«Los españoles queremos sentirnos gobernados. Y éste es un país perfectamente gobernable.»

«La derecha española es muy beocia. No ha sabido apuntarse ni el nombramiento europeo de Areilza.»

«Yo sé que, en política, la soledad es el precio de la independencia.»

 

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