Autor: Cunqueiro, Álvaro. 
   Las grandes riquezas     
 
 Arriba.    13/03/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

Alvaro CUNQUEIRO

las grandes riquezas

SI me tiento hablar de las diversas tierras efe la comunal España nadie me podrá objetar que lo haga desde mi país o paisaje gallego, desde el pequeño e inmenso reino de Finisterre, en cuya rocosa corona quiebra sus olas el océano. Un reino, desde que nació, siempre unido a otros —Asturias, León, Castilla— y pronto mutilado, perdida la parte meridional del antiguo reino Gallaecia hasta el Duero, la Galicia bracarense tan añorada. Tal fue en los siglos nuestra historia, que bien podemos decir que nos hemos dedicado a ser imperialistas al servicio de ajenos emperadores.

NUESTRA casa gallega ha sufrido muchos temporales —algunos les llaman frustraciones—, pero sobrevivió a ellos de milagro. Cuando hablo de la casa gallega hablo de la Galicia física, pero también de la Galicia intelectual y espiritual; y de la lengua, claro, que es la medida misma de la casa, la puerto por donde se sale al mundo a decirle a éste cómo es, a decirnos a nosotros cómo es él. Habitamos, por (humilde que sea, casa propia y la queremos respetada, no «asoballada». (Y hablando de Galicia «asoballada» habrá que aclarar que no nos vino el «asoballamiento» solamente de afuera, sino desde dentro, desde la propia familia, obra propia de los mismos gallegos; véase el tratamiento que tantos gallegos le han dado modernamente, y aún le dan hoy, a su mayor riqueza: la lengua.) Y no queremos apabullar a nadie y me temo que no sepamos hacerlo, aunque en alguna ocasión pudiéramos.

AHORA que tanto se habla en España de regiones, de autonomías, de países, de nacionalidades, de la misma destrucción de la España real y varia por el centralismo; de los diversos pueblos hispánicos —la palabra nación hay que despolitizarla y volverla a su significado antiguo, por lo menos al

que tenía antes de que el señor consejero Goethe escuchara a la Caballería ligera de la Revolución de Francia gritar «¡Vive la nation!» en Valmy—; digo que ahora que todos están de acuerdo en que es muy aceptable una idea de España diferente a la que venía rigiendo, una concordia general para la victoria será necesario basarla en el desacuerdo, con claridad, entre lo propio y lo común, pero aceptando con sosiego las diferencias, y aun las extremas, los ensueños de los pueblos acrónicos o ahistóricos y siempre locos; por ejemplo, el gallego —que lo hay y me consta—, que no concibe la Galicia del año 2000 sin la recuperación de la Galicia de más allá del Miño, la Galicia bracarense, a la que damos ríos: el Línea, el Tamega..., para lo cual, y para empezar, habría que romper a Portugal en dos. Y no dudo de que no haya catalanes que sueñen con la Cerdeña y el Rosellón, Montpellier y el mar de Narbona. La España varia ha de ser la España real y esencial, y pare de contar.

PERO me parece que lo más urgente será el acabar con la irritación que tiende a llevarnos a tos taifas y la que pretende vestirnos a todos con el mismo sayo. El gran problema debía estar ya lo suficientemente aclarado y explicado, evitando el confundir los problemas económicos y del desarrollo por los ¡políticos e históricos y lingüísticos. Catalanes, gallegos, vascos tienen sus lenguas, lo que constituye una diferencia esencial respecto a extremeños, toledanos y riojanos, cuya lengua vernácula es la de Castilla y la oficial del Estado.

Es evidente que la cooficialidad de las lenguas gallega y castellana no puede dar a Galicia privilegios económicos, aunque también es evidente que un desarrollo cultural que forme parte del desarrollo social y económico es ya el desarrollo mismo. Porque Extremadura no tenga un romance propio no se va a quedar sentada a la puerta deI desarrollo. Por decirio de alguna manera, todos los pueblos de España están sentados a la misma hora delante de Dios. Y los pueblos que las han heredado —las instituciones de gobierno—, si están vivas y son vivificantes y aceptadas por el pueblo en el que nacieron, a ese pueblo hay que dárselas porque eso forma es su historia, su cohesión histórica y su costumbre política. Esto es aceptado, no se discute.

Y que el pueblo de España tenga una bandera y cante un himno no ha de cortarle la digestión a nadie, izada en lo más alto la bandera común y habiendo coreado todos a una voz. Muchos se irritan ahora viendo izar, por ejemplo, la antigua, nobIe y gloriosa enseña, y no dijeron ni palabra viendo dos banderas de partido izadas durante cuarenta años a ambos lados de la rojigualda.

PROBABLEMENTE escribiendo esto me he metido en un berejenal y no he recogido ninguna berenjena.

Lo que quería decir es que estamos en una nueva imagen de España, tan española o más que cualquier otra que nos haya sido propuesta en las últimas centurias. Y que si esta nueva imagen sirve para una concordia más perfecta, para una amistad real, para una verdadera «renovatio» —que yo creo que sirve— hay que ponerla sobre el celemín, o a vivir. En el laude de la España de Rey Alfonso X se decía que España es rica en óleo, en oro, en argento, en vino, en azafrán... Añadiremos ahora que es rica en lenguas, en pueblos libres, y en paz.

 

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