Las razones del "si"     
 
 Arriba.    14/12/1976.  Página: 5,7. Páginas: 2. Párrafos: 10. 

LAS RAZONES DEL "SI"

MAÑANA es ya e! gran día. Por primera vez desde comienzos del siglo XIX, España se enfrenta al cambio político desde una base de consenso popular, por el procedimiento normal y normalizador del voto, y con un horizonte claro: democratizar en plenitud la vida política española. Hasta hoy mismo, este periódico, / todos los medios de comunicación social españoles —empezando por el más poderoso, la radio y la televisión— han estado abiertos a las diversas opciones ante el referéndum. Casi en la recta final, el resumen es bastante concreto: las encuestas de opinión y las posturas de los grupos arrojan un balance favorable al «sí»; los «noes» parecen relegados a los sectores más conservadores, y la abstención es predicada por los grupos situados más a la izquierda, en

(Pasa a la página 7.)

* Las razones del «sí»

(Viene de la página 5.)

una actitud de estrategia política, a caballo entre la desconfianza, la nostalgia de la rup-turp y una «clientela» que exige posturas drásticas. El voto en blanco apenas ha sido esbozado, por lo que suponemos que se quedará en su valor auténtico: la muestra de una indecisión por parte del electorado que opte por esta fórmula.

A veinticuatro horas de la consulta, queremos manifestar diáfanamente que el «sí» no sólo es deseable, sino necesario en la actual situación de la nación. ¿Qué ganaríamos con una abstención que superase gravemente la normal en este tipo de consultas? Nada. Perderíamos, a cambio, la posibilidad de que el pueblo español se exprese sobre una opción tan concreta como es la ley para la Reforma Política. El argumento de las libertades formales y de tos planteamientos democráticos formales podría ser válido si en España tuviésemos una democracia formalmente constituida, madura, rodada. Ocurre, sin embargo, que no es así. Y el referéndum no es tampoco una meta en sí mismo, sino solamente un punto de partida para llegar a esa democracia.

Se ha dicho —y se defendió particularmente esta tesis desde los grupos demócrata-cristianos- que el referéndum es un trámite que hay que aceptar. Nosotros creemos que es algo mas que un trámite, pero, en cualquier caso, debemos decir que lo que importa son los fines: conseguir para una España cambiada una estructura legal y de poder que responda a las exigencias y demandas actuales de la sociedad. En este sentido, las libertades formales para la campaña del referéndum han sido importantes, pero no se pueden monte-ner como punto único de referencia en una España que todavía mantiene vigente una legalidad no estrictamente democrática, aunque aspire a conseguirla en breve plazo. En este sentido, la campaña del referéndum se movió en un clima de tolerancia, de la que hemos de decir, en primer lugar, que se administró con .anchura dé miras.

NUESTRA segunda pregunta, hoy, es si el «no» beneficiaría de alguna forma al país. Quizá ia mejor respuesta esté en la propia propaganda del «no», qué en algunos carteles asegura que «más vale malo conocido...»

EN política no, señores. Y en cuanto a los destinos de un país, menos todavía. Votar «no», efectivamente, .es quedarse con lo bueno y lo malo conocido, sin atreverse a dar un paso adelante. Pero eso sería una gran ceguera histórica. Y no sólo porque no se pueda mantener una legalidad hecha a la medida de Franco cuando su capitanía falta, sino, sobre todo, porque la legalidad no puede encorsetar los comportamientos y los deseos de un pueblo. Votar «no» es negarle a la España de las postrimerías del siglo XX una nueva oportunidad a la democracia, quedarse en el vacío, perpetuar una situación de inestabilidad, tentar con la mano, como decía recientemente Herrero de Miñón, al golpe de Estado permanente. Votar «no», en fin, puede ser una gran lealtad al pasado; pero será una falta de lealtad a un pueblo que, una vez consolidado en la paz, desea abrir la puerta siguiente: elegir con libertad a sus representantes, participar activamente err ta vida pública de la nación. Éso es lo que permitirán las elecciones que el referéndum hace posible.

EN cambio, votar «sí» es la postura más coherente. Y lo justificamos. Es la postura más coherente, porque cuando se habla de la necesidad de pacto político es urgente encontrar interlocutores válidos, que no vendrán dados por la publicidad de los medios de comunicación, sino por la capacidad de respaldo que encuentren en las urnas. Es la postura más coherente, porque el diálogo o la discusión pública ha de sacarse, por bien de todos, del ámbito de la calle para que entre en unas instituciones más representativas. Es la postura más coherente, porque el solicitado pacto social no se puede hacer entre unos seres que están en la sombra y otros que están en la luz. Sólo de una concurrencia de fuerzas políticas se podrá obtener los instrumentos de negociación que le devuelvan al país mecanismos de diálogo, ahora mismo rebasados por la realidad. Es la postura más coherente porque, una vez muerto Franco, nadie puede ejercer su autoridad, si no es el pueblo mismo organizado. Es la postura más coherente, porque mantener las cosas como están, sería mantener la inestabilidad, y con una indefinida inestabilidad el país será arrastrado por la crisis en todos los órdenes. Es, en fin, la postura más coherente, porque el país no puede volver a un pasado que debe respetar, pero cuyas líneas maestras han cambiado totalmente.

PODRÍAMOS ampliar Id línea argumenta! desde tos principios constitucionales hasta los simples motivos de interés humano. Hay razones constitucionales a favor del «sí», porque nuestra Constitución no- es cerrada,, sino abierta y permite todas las modificaciones necesarias/ de acuerdo con el mandato de los tiempos. Así la concebía el propio Franco, y es justo agradecer que se haya dejado esa vía de perfección para que las reformas obligadas no terminaran en rupturas forzadas. Hay razones-constitucionales a favor del voto afirmativo, porque muchos d» los lemas pendientes —regiotialismó, ampliación de base representativa, etc.-*- sólo podrán ser acometidos desde una realista reforma de las instituciones y de la propia Constitución. Hay razones de política diaria, porque de la reforma política depende la cjartficación del panorama español, y de esta clarificación depende la seguridad económica, el ritmo de las

inversiones y, en definitiva, enfermedades ae* tuales tan acuciantes como el paro o la inflación.

CIERTAMENTE, la reforma política no será el talismán que solucione todos nuestros problemas. Pero sí es el comienzo del camino para llegar a él. Porque, ¿quién puede dudar de que los Gobiernos futuros tendrán una mayor autoridad si su formación parte de un amplio consenso popular? ¿Quién puede argumentar contra la evidencia de que es necesario que las fuerzas políticas se estructuren a través de unas elecciones creíbles, para que termine la inmensa confusión en la que estamos desde que floreció en este país el pluralismo político? ¿Quién se atreve a decir que no es preciso darle al pueblo español instrumentos democráticos para que participe en las tareas de control de las cuestiones públicas? ¿Quién puede negar que España necesita acomodar sus instituciones a las de su entorno geográfico y político para robustecer su posición y, en definitiva, sus intereses como nación en los centros decisorios internacionales?

TODO esto es tan evidente, que nos parece absurdo tener que insistir sobre ello. Y creemos que hacen un grave daño al país quienes intentan negar lo que está claro. A veces sentí* mos la tentación de creer que, dada su insistencia y su negativa a ver lo que ocurre en su entorno, na pretenden otra cosa que la defensa de posiciones en las que se encuentran a gusto: en la oposición sin cauces, para tener a mano el argumento de la falta de libertades; o en los intramuros más Inaccesibles del sistema para conservar un orden de privilegios.

POR todas estas razones, el voto de mañana ha de ser afirmativo. Y, si del Gobierno se solicita serenidad para afrontar una situación que en las últimas horas se vio entristecida, por un brote de terrorismo, lo mismo hemos de pedir de la sociedad. El terrorismo no es —lo hemos dicho muchas veces en estas cojunv nas—un hecho actual, sino anterior a la Sucesión, y fue antes de la Sucesión cuando con más gravedad se planteó a este país. El terrorismo no es, por tanto, la consecuencia de un proceso de apertura y de sinceridad democrática» sino el recurso que grupos extremistas utilizan para boicotearla. La voluntad dé una sociedad madura, que pasó peores trances y superó mayores dificultades, debe imponerse ahora a la tentación totalitaria dé algunos grupos irresponsables a quienes les molesta que España sea hoy un eiem-pto único en ta Historia constitucional del mundo: el único casa de un país que pasa de un sistema personal a otro democrático sin ningún trauma. O mejor dicho: con el único trauma del desafío de las minorías automarginadas que intentan imponer la ley de unos cuantos cuando está naciendo la ley dé todos.

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