Autor: Quiñonero, Juan Pedro. 
   En memoria de Dionisio Ridruejo     
 
 Informaciones.    30/06/1975.  Página: 9. Páginas: 1. Párrafos: 15. 

En memoria de Dionisio Ridruejo

Por Juan Pedro QUIÑONERO

MADRID. 30.-- La muerte se nos lleva con Dionisio Ridlruejo a uno de los grandes prosistas de nuestra

lengua (1) Quizá bajo el influjo majestuoso de Quevedo y Garcilaso, bajo el magisterio de ¡a prosa de

Ortega y las investigaciones de una prosa lírica de la década de los treinta, la producción literaria de Ri-

druejo alcanza en la prosa su absoluto magisterio; la lírica será el remanso más privado y coloquial, donde

los fantasmas de la historia y los fantasmas de la conciencia se apretujan en un verso implacable. Su

teatro (quizá lo más subterráneo de su obra literaria), como el de Torrente Ballester es una incógnita

mitológica.

Antonio Machado y Unamuno son los rastros más visibles de su obra poética. Lo coloquial y la filosofía,

el arrebato lírico y la mesura castellana. En alguna ocasión se ha definido su poética como «orfebrería

prosódica esmerada». A tales calificativos invita el gusto dé Ridruejo por la palabra oratoria, por la

declamación moral.

En este sentido, su poesía se inserta, nítidamente, en las obsesiones más profundas de la generación del

35; y sus vínculos son evidentes con los poetas que, tras la generación del 27, investigan una huma-

nización de las vanguardias, y se reencuentran con las formas clásicas del Siglo de Oro. Se trata de lo que

pudiéramos llamar un «retorno del soneto», que se produce en nuestra lengua en Ja Inmediata preguerra

(ver los sonetos de Miguel Hernández, por citar uno de los ejemplos definitivos). Si bien algunos miem-

bros de la misma generación (el caso de Luis Rosales) llegan a indagación que va más allá de ese retorno

a las formas clásicas, Ridruejo gustó demorarse en el más prolijo y suntuoso preciosismo verbal. De ahí

que su lírica participe de la declamación retórica y de la angustia existencial (la herencia de Unamuno).

Su evolución formal (como pone de manifiesto el último libro de poemas que le conozco. «Casi en prosa)

no se preocupa tanto de las indagaciones de nuevos modos expresivos, como de una perfección cada vez

más absoluta. Antonio Machado y Unamuno, repito, son las sombras que deberán alimentar toda su obra.

Como prosista, a mi modo de ver, Ridruejo alcanzó las grandes cimas de la prosa de su tiempo. Su

periodismo retrospectivo, puesto de manifiesto en la publicación, ahora forzosamente interrumpida, de

sus Memorias en Destino, es uno de los grandes testimonios civiles de nuestro tiempo, una de las piezas

fundamentales para la comprensión de nuestra historia. Su finura, su capacidad de análisis, su mesura, su

preciosismo verbal, han dado el fruto, bellísimo, de piezas capitales de historia privada, documentalismo

lírico y humanista.

Pero es en libros como el «Diario de una tregua» (publicado, originalmente, en los años cincuenta, y

reeditado en 1973) donde Ridruejo alcanza las cotas más altas tíe toda su obra, allí donde la historia

privada se confunde con el arrebato lírico, y éste posee los matices de una fronda vegetal de inolvidable

fragancia.

Calificado, habítualmente, este «Diario,..», de «prosa lírica» se encuentra, con el retrato de Felicidad

Panero de Rosales, la narrativa de Rosa Chacel, y toda la obra de Juan Gil Albert (más algunos retazos de

la obra novelesca de Juan Benet), entre los grandes monumentos que han mecho oscilar las motivaciones,

intereses y progresos de nuestra prosa. Se trata de una conjugación donde se confunden los arrebatos

modernistas de Gabriel Miró, el poder de la metáfora de Ramón Gómez de la Serna, la simplicidad del

Juan de Mairena de don Antonio, y la capacidad de tabulación de don Ramón María, del Valle Inclán. En

ese «Diario...» de Ridruejo se funden esas tradiciones, esa amalgama de tendencias, en la consumación de

una prosa bellísima, a la altura de los grandes clásicos de nuestra lengua.

Y cito al margen ei influjo de Ortega. La prosa de Ortega, su oscilación de lo trivial a lo sublime, del

periodismo a la filosofía, se encuentra en la raíz de nuestra cultura contemporánea. Su divagar,

Igualmente, entre la metafísica de lo castellano y las indagaciones más audaces de la cultura

contemporánea, ponen de manifiesto una tradición secular en la que Ridruejo, a todas luces, se halla

inscrito (el Coya de Ramón es una de las piezas capitales de ese proceso). Se trata, pues, de un proceso en

marcha cuyos eslabones aislados (pienso ahora en su «Gula de Castilla la Vieja») nos hablan de un

proyecto cultural donde la historia, la lírica, la sociología, la evocación, el memorialismo, lo privado, se

confunden en un relato polifónico de vasto alcance.

La meditación última de Ridruejo se sirve del material tan sugestivo para plantear el dilema último del

nihilismo: como el adolescente Adrián Leverkün, de Thomas Mann, el poeta contempla fascinado, y

ahora me limito a parafrasear un poema de «Casi en prosa», los carmines fríos, los bermellones quema

dos, los malvas gastados de una usada historia, hundiéndose en la sima de un largo cataclismo;

asegurando con su muerte la vida de una sierpe, que se alimenta de tales residuos,y vive de ellos cuando

todo está muerto. Por el contrario, el magisterio público de Ridruejo nos enseña Que cuando todo ha sido

dicho, todavía Sos queda la voz inquebrantable de la rectitud, el respeto y la generosidad. La desesperan-

za lírica de su obra contrasta, en él, tan gallardo, con su porte sonriente y cordial, la pasión de la, rectitud

de ciertos personajes de Toistoí.

(1) Hasta donde llega mi Información, la obra de Ridruejo consta de los siguientes títulos.

Poesía: «Plural» (1935), ((Elegía y égloga del bosque arrancado» (1936), «Primer libro de amor» (1939),

«Poesía en armas» (1939), (¿Tabula de la doncella y el río» (1943), (Serranía y otras notas de España»

(1943), «Sonetos a la piedra» (1943), «Cancionero de Ronda» (1944), «Descubrimiento del

corazón»(1944) (En la soledad del tiempo),(1944), «Elegías» (1948), «Los primeros días» (1949), «As-

sumpta» (1950), «En once años» (antología) (1950), (Poesía al margen» (1959), «Hasta la fecha» (poesías

completas) (1961), «Cuaderno catalán» (1965), (122 poemas» (1967), «Casi en prosa» (1973).

Teatro: «Don Juan» (1944), «El pacto con la vida» (1944).

Prosa: «Tiempo de reencarnar» (1958), «La Europa que se proyecta» (1958), «Dentro del tiempo» (1960),

«En algunas ocasiones» (1960), ((Escrito en España» (1962), «España» (1963), «Cataluña» (1968),

«Cuaderno de Roma» (1968), «Guía de Castilla la Vieja» (dos volúmenes) (1968-1975), «Entre literatura

y política» (1973) y «Diario de una tregua» (1973).

DIONISIO

Por Juan Pablo ORTEGA

A menudo oí decir que lo pudo ser todo. Si ese fue el caso, a todo renunció para ser él.

Y él fue siempre ia dignidad del hombre de pie: «Que en mí no es exagerar», diría él mismo, viéndose

bajito de talla y no echando cuentas de la altura moral de su persona, ds la gigantesca sombra de

ejemplaridades que su pequeño cuerpo proyectaba.

En este país, donde tan a. menudo la lección de harer política parecía darla el mismo Crispín benaventino,

ciego para las ideas, habilísimo en el arte de crear intereses y Jugar con ellos en beneficio de si mismo, el,

Dionisio, a quienes querían oírle les mostraba cómo por servir a las ideas puede uno tener que sacrificarlo

todo: él, el antiCrispín por excelencia, sacrificó salad, fortuna, posibles relumbrantes preeminencias, 7

vino a morir asi, hoy, dejando nada más que este enorme vacío que ahora sentimos sus amigos.

No podré volver a llamarle d« nuevo: «Dionisio, necesito hablar contigo.» «Ven.» E iba yo. y llamaba a

su puerta. Y a reces abría él mismo y me metía en aquel despacho lleno de libros y escaso de taz del sol,

como en unas catacumbas donde se daba culto a un país que preocupaba siempre, que angustiaba a Teces,

_ Allí hablábamos. Hablaba éL, llene de saber, riguroso en el razonar, claro, abierto. Y siempre afable,

condescendiente, tolerante, amigo. «Para mi amigo Juan Pablo Ortega, cuando ya nos vamos haciendo

viejos en las esperanzas comunes», me escribía alli, en aquellas catacumbas, un día al dedicarme un libro.

Y otro día, en las primeras páginas de otro libro, en la Guia de nuestra vieja y querida Castilla: «Amigo,

compañero de oficio y cantarada de esperanza.».

Cantaradas de esperanzan hemos sido, sí, muchos años, demasiados ya. ¥ él hoy se ha ido sin verlas

realizadas. t yo, «compañero de oficio», Sin saber bien qué hacer entre todos los que se dolían de su

marcha, me he venido aquí -—«i victo de escribir, la necesidad absoluta de escribir— a echar esta pena

en el papel, pensando sin esperanza en el.

30 de junio de 1975.

 

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