Autor: Quiñonero, Juan Pedro. 
 Instantánea. 
 Cela presenta a Dionisio Ridruejo     
 
 Informaciones.    16/04/1975.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

INSTANTÁNEA CELA PRESIENTA A DIONISIO RIDRUEJO.

MADRID, 16. (INFORMACIONES, por J. P. Quiñonero.! — Desde las florestas del Parque del Oeste

subía un cálido aroma de verano prematuro cuando Dionisio Ridruejo llegaba, con veinte minutos de ade-

lanto, hasta la librería donde Camilo José Cela debía presentar (con sólo cinco minutos de retraso —«en

contra de mi opinión,,, según me diría Camilo más tarde) el segundo tomo de la «Guía de Castilla la

Vieja», editado por José Vergés. «A mi mujer le gusta llegar con mucha antelación», me decía Ridruejo.

Apenas, todavía, algún visitante ocasional. Y la frondosa elocuencia de Dionisio, quizá ayer suavemente

melancólica, debía someterse a un apresurado diálogo radiofónico.

«Desde mi ignorancia —le digo a Fernando García de la Higuera—, este acto me parece más

discretamente político que literario.» «Por supuesto. Los discursos de la cena de esta noche serán

abiertamente políticos», me contesta él, que ha tomado parte, lógicamente, en ci homenaje a Dionisio.

Dos minutos más tarde llega el primer asistente al acto: don Ramón Serrano Súñer.

Mientras tanto, me dicen que han llegado políticos fie provincia fieles a Dionisio. Aquí y allá, cabezas jó-

venes que asisten, me digo, a un acto de iniciación. García Pavón es el primer literato en llegar. Ausencia

de columnistas de postín de la Prensa del Movimiento. «Hemos invitado a todas las tendencias», me

comenta García de la Higuera. Prados Arrate entra sonriente. Pedro Sainz Rodríguez llega poco antes que

Jaime Cortezo. Instantes después, Vicente Piniés saluda a la esposa de Dionisio.

Con un caluroso atardecer, las niqueladas y pulidas estanterías de El Brócense parecen cubrirse del sudo-

roso brillo de la multitud. Cuando Camilo toma la palabra para presentar a Dionisio («España lo trató con

malos humores de madrastra»). Serrano Súñez está solo, a mi lado, y pide perdón por un discreto pisotón.

Abre Camilo sus palabras hasta el retrato de Dionisio: «Este mozo talludo cumplido de alma...», lanzando

aquí y allá serenos redobles de conciencia: «Su libertad tantas veces quebrada...», «figura histórica

ortodoxa: en él se dan cita las máe amargas profecías...», «nos desnuda su alma en verso». Serrano Súñer

pregunta a un figurante anónimo (en él que me reconozco sin esfuerzo) : «Camilo ¿lee o improvisa?» Le

contesto que lee Serrano enarbola sus gafas). Camilo lee con impecable precisión. Sus adjetivos son

líricos y pasionales: los de Dionisio, felizmente descriptivos.

Castilla la Vieja es el fondo, el paisaje sentimental que alimenta el pretexto (el texto lírico anterior a los

discursos y el amistoso calor de la presencia). Camilo ve la Castilla de Dionisio como la «España interior

y dolorida».

Cae la tarde lentamente. Ahora Diniosio debe tomar la palabra. La suya es una calma previa. Algo ocurre.

Es un silencio compartido. Dionisio debe tomar la palabra. Y la suya debe ser la voz conciliadora, intér-

prete de voluntades e conciertos. De ahí que el tránsito se vea trocado en un» pasajera y finísima emo-

ción. Es el principio de lo nunca escrito. Pero Dionisio posee la sabiduría del fogoso discreto, el inocente

sabio. Tras un brevísimo «intermezzo» («el micrófono es alto para mí..., soy demasiado pequeño para

todos los micrófonos..., este ha sido calculado para estaturas como la de Camilo»...), recuerda

(¿litúrgicamente?, ¿se me permitirá esta cordial irreverencia?) a «quienes esperan desde la desesperación

una España más libre».

Sus palabras posee» la secreta vehemencia del creyente y del apóstol. Y el suyo es un mensaje regene-

racionista, moralizador, que agita las fibras de la fe en alguna doctrina: «Esta Castilla deteriorada que

quizá lleve bulbos que no han podido fructificar»... «Estamos cansados de una España de gigantes o de

enanos, y esperamos una España para el hombre, en busca de esa misericordia de no estar sólo que tantas

veces nos falta.» ¥ la constancia del viajero que, tras un largo viaje, todavía espera, insomne, un despertar

que no llega tras un fatigoso e interminable trayecto: «Este libro es el resultado de otros viajes, otros

enamoramientos, otras desesperaciones, que ni siquiera tienen el valor de ser las últimas.»

Desde el Parque del Oeste subía un rumor ciego de la noche, cuando la voz de Dionisio volvió

quedamente al silencio desde el frondoso eco de un nuevo paseo ínciciático por Castilla («aprendí a

escribir mientras escribía este libro») y (¿sería exacto decirlo?) la tribuna pública. Como en el poema de

Eliot, las lilas renacen tras el más cruel de los meses.

 

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