Autor: Papell, Antonio. 
   Lo que se votará el día 22     
 
 Diario 16.    16/06/1986.  Página: 3-4. Páginas: 2. Párrafos: 9. 

Lo que se votará el día 22

Puesto que nadie duda acerca de la victoria socialista en las elecciones del próximo domingo, con lo que

ya se conoce a priori la incógnita principal de la consulta, el articulista pone de relieve lo que en realidad

está sin decidir aún en esta ocasión: el modo de gobernar de los socialistas, según obtengan o no mayoría

absoluta, así como las bases de partida de una reconstitución del espacio político del centro y de la

derecha, a partir de los resultados que cosechen las minorías.

RESULTA obvio que en estas elecciones va a decidirse ante todo la correlación de fuerzas en el futuro

Parlamento y, consiguientemente, la titularidad del próximo Gobierno. Sin embargo, esta afirmación

genérica debe ser, cuando menos, matizada en esta ocasión singular, entre otras razones porque esta

consulta se caracteriza, más que por cualquier otro dato, por la evidencia de que, a pesar de la lamentable

disparidad de las encuestas entre sí, que deja en mal lugar a los especialistas que las confeccionan,

únicamente un partido, el Socialista, está en condiciones de ganarla. No sólo por su implantación social,

sino porque es el único psicológica y políticamente dispuesto para ello.

Naturalmente, la predeterminación de esta realidad, conocida por todos, aceptada unánimemente aun

cuando alguno haya de negarla por obvias razones, resta objetivamente interés a la convocatoria electoral,

lo que hace presumir que los comicios del domingo registrarán una tasa de abstención considerablemente

más alta que los del 82. Pese a ello, estas elecciones son paradójicamente trascendentales, no por lo que

sería más lógico, por elucidar quién se haga democráticamente con el poder, sino porque de ellas depende

el perfil político con el que este país habrá de llegar hasta 1990, o incluso hasta una fecha más cercana si

los socialistas, pese a ganar con holgura, no obtienen finalmente la mitad de los escaños del Congreso.

Porque ésta es la primera incógnita en juego: la de si el PSOE, que ha gobernado en solitario y con

comodísima mayoría absoluta, repetirá la hazaña o si, por el contrario, según parecen indicar algunas de

las prospecciones sociológicas, habrá de conformarse con un resultado menos sólido, incluso por debajo

del umbral de los 175 escaños que ya permite aprobar sin apoyo ajeno las leyes orgánicas. Como es

notorio, está teniendo lugar un encontrado e interesante debate político acerca de si resulta o no deseable

que quien gobierne disponga de la mayoría absoluta, y no hay duda de que el electorado tomará este

dilema en consideración cuando acuda a depositar su voto. La sorprendente declaración de González en el

sentido de que prefiere «un Gobierno fuerte, aunque sea de derechas» hará meditar a todos sus potenciales

votantes.

Las demás incógnitas que habrá que dilucidar el 22 de junio atañen todas ellas a la oposición. Tras el

hundimiento del centro-derecha en el 82 y el auge probablemente sólo coyuntural de una derecha que

había sido marginal hasta aquel momento, estos cuatro años de legislatura, que ya se abrieron con el

presagio que el mandato socialista duraría, al menos, dos legislaturas, no han servido para asentar una

verdadera oposición acorde con la demanda sociopolítica del país real.

La Coalición Popular llega a estas elecciones con muy baja moral, con presagios de ruptura en su seno,

tácitamente consciente de sus limitaciones y respaldada únicamente por una parte no demasiado amplia

del electorado no socialista; el partido de Suárez, el CDS, cuyo principal patrimonio es precisamente el

indudable prestigio personal de su fundador, ha adquirido impulso sólo a última hora, tras cuatro años de

vida lánguida en los que apenas ha buscado una implantación real en la sociedad; el PRD de Miguel Roca

procede de una operación reciente, tan reciente que las encuestas confirman el escaso conocimiento que

de ella tiene la ciudadanía, pese a la agresividad inteligente de su campaña y a la calidad indiscutible de

su programa electoral, que incorpora a la vida pública una opción europea liberal-progresista. La realidad

es que los resultados que CP, PRD y CDS obtengan ahora serán la base de partida para una

recomposición del hemisferio derecho, cuyo liderazgo habrá de pasar irremediablemente a manos

distintas de las que lo han ejercido sin demasiado éxito ni acierto hasta últimamente.

Y ahí entronca esta cuestión con la anterior: parece claro que si el PSOE obtuviera un número de

diputados considerablemente menor que el que cosechó en 1982, las expectativas de la oposición, con

vistas a la siguiente consulta, serían mucho más consistentes.

De ahí que el debate mencionado acerca de la conveniencia o no que el Gobierno de la nación tenga

mayoría absoluta deje de ser exclusivamente teórico por cuanto está matizado por argumentos

estratégicos de importancia: por comprensibles razones psicológicas, la fragmentada oposición sólo se

cohesionará en bloques homogéneos, tras liquidar algunas de las rencillas que hoy la dividen, cuando

tenga ante sí verdaderas expectativas de que se consume la alternancia.

El hecho de que en estas elecciones no esté en discusión, según se desprende de lo anterior, el superior

rumbo político, gubernativo, de la próxima legislatura, explicaría perfectamente la escasa presencia del

debate ideológico a lo largo de la campaña electoral. No sólo por voluntad de los partidos, sino porque no

existe demanda de ello en la sociedad. Quien palpe desde cerca la materialidad de lo que se comenta en la

calle verá que, una vez constatado que el rumbo ideológico de la futura legislatura será pura continuación

del de la anterior, el interés de las gentes se centra en cómo quedará configurado el mapa parlamentario,

con vistas a una recomposición de los equilibrios. Y lo que hay tras el voto de Roca, de Suárez o de Fraga

es más el deseo de potenciar su protagonismo en la soterrada batalla por el liderazgo de la oposición que

se avecina, que una decisión estrictamente doctrinal o vinculada a intereses concretos. El ingrediente

ideológico, para bien o para mal, subyace sólo levemente bajo la pura imagen de las ofertas, pero no es

determinante de la decisión del elector que no vaya a votar al socialismo.

Porque una cosa es segura: puede que los socialistas reiteren victoria en el 90, pero en aquella ocasión sí

habrá ya verdadera lucha por el poder. Sin ninguna duda, en este plazo que aún resta hasta entonces, las

fuerzas espontáneas de la sociedad se darán cuenta con realismo que no es saludable consagrar un

régimen de parti do hegemónico, y que la posibilidad de alternancia en la titularidad de la mayoría, con lo

que ello aporta en términos de dialéctica parlamentaria, es la mejor garantía de progreso político.

Todo esto es, pues, lo que se dirime en estas elecciones: el modo de gobernar del PSOE -«-según obtenga

o no mayoría absoluta— y el cómo se reconstituirá la oposición al socialismo. Cuestiones ambas lo

bastante importantes como para que cada ciudadano pondere seriamente su actitud al depositar el voto en

la urna. Lo verdaderamente dudoso es que tales decisiones puedan ser correctas, profundas y

constructivas sin una previa evaluación de los programas políticos respectivos, de lo que hay de

ideológico bajo los elementales eslóganes, tras el simple marketing publicitario. Y parece claro que,

lamentablemente, en estas elecciones primará más, a la hora de votar, la pura intuición que la convicción

ideológica, lo que sugiere una cierta inmadurez en el proceso de decisión.

Confiemos en que esa intuición, que también ha sido un factor decisivo en anteriores confrontaciones, y

que, sin embargo, ha provocado serenísimas determinaciones colectivas —ni una sola vez ha dejado de

manifestar cordura este país ante las urnas—, no traicione esta vez al electorado. Porque un error ahora,

cuando estamos a punto de regenerar un mapa político presumiblemente estable, podría suponer un serio

retraso en la necesaria construcción de un sistema permanente de partidos, indispensable para garantizar

la solidez del entramado democrático.

 

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