Autor: Álvarez, Faustino F.. 
 El estado de la nación. 
 Santiago Carrillo, a la puerta de la historia     
 
 Ya.    16/06/1986.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 2. 

URNA O ESFINGE

Santiago Carrillo, a la puerta de la historia

FAUSTINO F. ALVAREZ

SANTIAGO Carrillo es un señor de setenta años, de hablar muy pausado, socarrón y con una gran

facilidad para pasar inadvertido entre una multitud. De la poderosa mandíbula sale una voz monocorde,

solamente obstaculizada por el cigarrillo casi permanente tras, cuya humareda parece refugiarse este

español que fue, en algún tiempo, el retrato del demonio para este país. Después, uno de los símbolos de

la reconciliación nacional; ahora, el juguete roto del comunismo español, ante quien muchas gentes de

derechas dicen: «sería una pena que quedase sin escaño esta página de la historia de España...», De diablo

a perdedor, ha pasado muchas etapas y una larga biografía en la que le emociona especialmente el pasaje

de aquel día en que entró por la frontera de España con pasaporte falso, peluca y lentillas, y celebró el

éxito de Ja operación con paella y mariscos en un restaurante barcelonés llamado Casa Costa.

Por lo demás, Santiago Carrillo es un asturiano, de Gijón, cuyos primeros recuerdos infantiles son los de

su padre —tenía Santiago dos años y medio—, que era obrero fundidor, con su gorra, a través de las rejas

de la cárcel. O el día en que murió su hermana, y el padre hubo de colocar su cuerpo diminuto en un

féretro blanco, y echárselo bajo el brazo e ir completamente solo al cementerio porque vivían en una

pobreza radical. Santiago Carrillo, a Jos nueve anos, tiene sus primeros zapatos, cuando llega a Madrid,

porque varios amigos hacen una suscripción para comprárselos. Trabajó, sucesivamente, de tipógrafo, de

recadero y de aprendiz de redactor en «El Socialista». Aún no había cumplido los dieciocho años y, tras

ser detenido en varias manifestaciones, ya era enviado, como peligroso activista adolescente, al Tribunal

Tutelar de Menores. Como periodista, asistió en las Cortes al gran debate sobre la elaboración de la

Constitución, con discursos de Azaña, Prieto, SánchezRomán, Alcalá Zamora y Ortega y Gasset. Un

período que Santiago Carrillo define como muy importante para explorar la vida política por dentro. Tras

la revolución del 34, en que participó como miembro del comité de enlace que presidía Largo Caballero,

y la guerra civil, Santiago Carrillo vive un duro exilio, siempre con los ojos puestos en España. Hay dos

episodios, entre otros muchos, que le duelen especialmente a este hombre. Uno de ellos es la carta que, de

un modo espartano, como el individuo que sacrifica hasta la familia al ideario, envió a su padre,

Wenceslao Carrillo, militante del PSOE. Contiene frases estremecedoras: «Entre tú y yo no puede haber

relaciones, porque ya no tenemos nada en común, y yo me esforzaré toda mi vida, con la fidelidad a mi

partido, a mi clase, a la causa del socialismo, en demostrar que entre tú y yo, a pesar de llevar el mismo

apellido, no hay nada en común». Fue una decisión que a Santiago Carrillo le dolió en el alma, algo que él

denominaría después «un deber revolucionario». En 1956, cuando al lado de Dolores Ibárruri elabora,

desde Francia, la política de reconciliación nacional, se siente obligado a dar el primer pasó y a visitar a

su padre, enfermo en Charleroi. «Para mí has seguido siendo un hijo», le dijo el viejo Wenceslao. Otro

episodio: la polémica Semprún-Carrillo sobre la circunstancia del fusilamiento de Julián Grímau, en que

Santiago Carrillo es acusado de haberlo enviado a España e incluso de estar durmiendo en la madrugada

de la ejecución, a lo que Santiago contesta que permaneció más de cuarenta y ocho horas sin dormir, al

lado de Teresa Azcárate, hablando con la presidencia de Estados Unidos y con el Vaticano para pedir

apoyo. Y aún más: la guerra dialéctica con Claudín, o con Líster, o, ahora, con su propio delfín, Gerardo

Iglesias. Y siempre, en el fondo, e! mismo Santiago Carrillo, aguantando los temporales con esa actitud

suya de parsimonioso mecánico de la realidad, que le busca pacientemente las tripas a cada juguete; una

actitud que le llevó a tener unas relaciones equilibradas con Adolfo Suárez, porque se trataba de dos

grandes desconfiados. Es un acorazado paciente, indestructible, que, ahora desde las playas del destierro

de su antiguo partido, sigue celebrando, cada año, el aniversario del «Viernes Santo rojo» cuando la

reconciliación con una leve sonrisa de viejo jugador de mus.

 

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