Autor: Rigalt, Carmen. 
   Dejad que los viejos se acerquen a mí     
 
 Diario 16.    17/06/1986.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

Madrid PARA que los " i viejos pudieran contemplarle en carne mortal, próximo y caliente, Felipe

González eligió —o le eligieron— un sencillo auditorio en un parque madrileño. Esta vez tocaba arengar

a la tercera edad. Costaba trabajo verle a palo seco, sin esa estética musoliniana que ha rodeado toda su

campaña. Ayer no hubo escenarios faraónicos, ni triunfalismos desmadrados, ni tachíntachín. Los viejos

andan con la dioptría acelerada y la sensibilidad flojucha, así que el presidente bajó casi a ras de suelo

para que todos le vieran bien y le achucharan mejor. El toqueteo es un factor decisivo en la campaña de

cualquier político que se precie. Felipe asumió el papel como quien se somete voluntariamente a un

martirologio. Al fin y al cabo, cada sobo era un voto. Cuarenta y cinco autocares

Dejad que los viejos se acerquen a mí

Carmen Rigalt

trasladaron jubilados de todo Madrid hasta el parque Calero, en el barrio de la Concepción. Había que

quitarse la espina del show con los jóvenes, donde sólo participó la élite de las Juventudes Socialilstas. En

esta ocasión, por falta de viejos no quedó. El parque estaba inundado de gente. «Con lo mal que ando de

la artrosis, yo no salgo de la residencia si no es por Felipe, que se lo merece todo», decía una anciana

mientras se atizaba golpes de abanico contra la pechuga.

Bajo un sol mal llamado de justicia —no sé qué hay de justo en sudar la gota gorda—

cientos de hombres y mujeres mayores consumían la espera con cánticos gozosos. El más coreado fue, y

«Viva España» seguido a corta distancia por «clavelitos» que también tuvo un éxito notable. Los

compases de «O balancé», sin embargo, apenas encontraron respuestas. Los abueletes que componían la

banda musical se quedaron solos con sus bandurrias haciendo el numerito en el escenario. A medio

«balancé», el grito de Fe-li-pe Fe—/i—pe,, empañaba el cielo del parque.

Los asistentes se habían confeccionado gorros con los programas de mano, abanicos con las banderitas, y

todo el mundo trataba de acaparar una sombrita por mísera que fuera. Las ambulancias estaban alerta por

si las flores. «Si nos hacen esperar más —comentó alguien a mi lado— en lugar de un mitin esto será una

operación de exterminio.» Una ancianita, con el gesto desesperado, solicitaba por el amor de Dios una

silla. Pero no fue el amor de Dios sino el de un empleado quien le proporcionaría el asiento. En esto

empezaron a sonar las notas del himno electoral y apareció el líder en plan campechano y amistoso.

Saludos, apretones de manos y felicitaciones a manta. Juan

Barranco sonreía satisfecho desde la retaguardia. La cosa funciona. El presidente va directamente al

grano. O sea, al tema de las pensiones. Los aplausos arrecian y brotan los primeros puños en alto, Puños

vehementes, pretéritos, puños empuñados desde la historia. Es el delirio. Luego, con lenguaje de colegial

amaestrado, Felipe les confiesa a los asistentes que a él ya le llaman carroza. «¡De eso nada, guapo! ¡Tú

eres joven!», contesta una voz clueca y marimandona. Nuevamente resurge el griterío. Pero el clima de

máxima emoción se produce cuando Felipe González mienta la. guerra civil. Ha dado en el clavo. «Me

rindo», parece decir con su mirada la anciana que se castiga la pechuga a golpes de abanico. Felipe es

despedido con una gran ovación. Sólo le falta dar la vuelta al ruedo. El maestro ha hecho una faena casi

perfecta.

 

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