El debate final     
 
 Ya.    19/06/1986.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

4 / Opinión

EDITORIAL

El debate final

EL debate entre los señores Guerra, Herrero de Miñón, Castedo y Sainz de Robles, en representación del

PSOE, Coalición Popular, CDS y PRD, cerró la serie de cuatro que ha celebrado Televisión. Después de

los dedicados al bienestar, las libertades y la economía, el último tenía por tema la construcción del

Estado; como si dijéramos, el estado del Estado. El tema era fundamental, como lo eran los precedentes.

Nadie puede pretender que en dos horas se haga un examen detallado de cuestiones tan amplias, pero dos

horas dan mucho de sí si se las sabe aprovechar, y mucho tememos que no haya sido ése el caso.

Quizá la causa se encuentre en la pretensión del representante socialista de hacer un planteamiento

ideológico que, además de anacrónico, conducía a la esterilidad. En su versión extrema (en la que el señor

Guerra se embarcó aventuradamente, aunque en seguida recogió velas), la democracia habría nacido en

nuestro país el 28 de octubre de 1982, con el triunfo socialista. En la versión que luego manejó el PSOE,

y, por consiguiente, el Gobierno, representa la única opción progresista con futuro y con sentido de la

marcha de la historia, mientras que sus contradictores son por definición los retrógrados y oscurantistas.

En el caso de la Administración del Estado (que ocupó casi todo el tiempo del último debate), el Gobierno

representaría una Administración para los ciudadanos, mientras que sus interlocutores desearían volver

hacia atrás y serían los representantes de los privilegios de unos cuerpos profesionales que es necesario

acabar de extinguir.

Ante esa manera de presentar la cuestión, fue inútil que los señores Herrero de Miñón, Castedo y Sainz de

Robles protestasen, alegando también que ellos desean una Administración progresiva, que sirva al

pueblo. Con el citado planteamiento empezó el señor Guerra y con él terminó. En él se estrellaron los

esfuerzos dialécticos de las otras personas citadas, e incluso la exhibición documental del señor Herrero

de Miñón, porque planteada ideológicamente la cuestión, como hemos dicho, por el vicepresidente,

parecía como si se considerase dispensado de toda prueba a favor y del esfuerzo de deshacer las pruebas

en contra. Ni siquiera apareció su renombrado ingenio dialéctico, o no pudo o no quiso desplegarlo. Pues

no podemos catalogar como tal sus airadas protestas contra el señor Herrero de Miñón por la exhibición

de datos que, según éste aseguró, tenían procedencia oficial.

La cuestión que había que debatir era si en los cuatro años de gestión socialista la Administración ha

funcionado mejor, si ha sido más rápida, más barata y más imparcial, o se ha convertido en campo de

batalla donde el Gobierno ha entrado a saco para colocar una legión de designados a dedo en las vacantes

previamente creadas, mediante el desalojo de quienes las ocupaban. Sospechamos que estas acusaciones

no quedaron desvirtuadas. Aunque quizá lo más sensato que se dijo en el debate fue para remitirlo a la

experiencia de los ciudadanos, los cuales saben por ciencia propia a qué atenerse y están por eso en

condiciones de juzgar a todos y a cada uno de los que en el debate intervinieron.

Calmado el hervor inicial, en la segunda parte del debate se abordó el tema de las autonomías de manera

más constructiva, pues, reconociendo el Gobierno socialista el mérito de haber culminado prácticamente

la constitución legal de aquéllas y de haber practicado transferencias muy importantes en su favor, se

convino en la necesidad de un sistema de financiación que haga efectivas esas transferencias y de un

pacto de Estado que garantice a los ciudadanos que el llamado Estado de las Autonomías va a estar más

cerca de sus problemas y va a ser por eso preferible al Estado centralista.

Ahora bien, con hablar de la Administración del Estado y de las autonomías no se ha hecho más que tocar

dos temas de los comprendidos en el amplio enunciado del debate. Estado es también la administración de

justicia y candente es el tema de la independencia de la justicia, el más conflictivo de los últimos años y el

que ha contribuido más a robustecer el peligroso desarrollo hegemónico de la actuación del Gobierno.

Pues de ese tema no se dijo nada. Esperábamos escuchar al señor Sainz de Robles, y precisamente sobre

ese tema nada se le oyó.

Debemos terminar por donde empezamos, es decir, deplorando los planteamientos ideológicos allí donde

la ideología no tiene nada que hacer. ¿De verdad piensa el vicepresidente del Gobierno que la reforma de

la Administración se puede plantear a base de la distinción entre «nosotros» y «ellos», es decir, los

progresistas y los retardatarios? La reforma de la Administración es un problema eminentemente técnico

y apolítico, y así se enfoca en todas las naciones verdaderamente progresivas. Así debemos enfocarlo si

queremos hacer algún papel en la Europa a la que nos hemos incorporado. Pensamos en lo que podría

haber sido un debate entre los representantes de los distintos partidos, concurriendo con sus aportaciones,

bien estudiadas, responsables, a ese objetivo que, por ser nacional, no debe ser exclusivo de ninguno.

Pero ése es el debate que no hemos presenciado. ¿Tendremos que conformarnos con que los partidos sólo

se unan para condenar el terrorismo? Lo hicieron sus representantes en el coloquio a propuesta del señor

Guerra y, naturalmente, lo aplaudimos; pero nos parece que no debiera ser ése el único caso. La ocasión

del último debate fue por eso una ocasión perdida.

 

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