Autor: Gómez Escorial, Angel. 
 Líderes 86. 
 El caballo de Guerra     
 
 Ya.    08/06/1986.  Página: 10. Páginas: 1. Párrafos: 1. 

107 España/Elecciones

LIDERES´86

TODAVÍA muchos en el lugar —Sevilla— recuerdan el trabajo de Alfonso Guerra en «Ricardo III», de

William Shakespeare. Y es una pena que no queden documentos audiovisuales, porque sería importante

ver hoy a Guerra gritando aquello de «Un caballo, un caballo, mi reino por un caballo». Eran —serían—

los tiempos de formación política de Alfonso. Su trabajo como profesor de dibujo técnico en la

Universidad Laboral hispalense. Las reuniones en la librería Montparnasse, muy cerca del barrio de Santa

Cruz, excusa para hacer oposición con presentaciones de libros y presencia de un «colao» de la Jefatura

Superior de Polkía. Tiempos, asimismo, de Utrera Molina, omnipotente gobernador civil, y, en todos —

en muchos—, una enorme decepción por la ruina de Sevilla y de Andalucía. La fidelidad sevillana al

levantamiento del 18 de julio sólo había traído un descenso progresivo de la provincia en el «ranking»

interprovincial de renta per cápita. El régimen se cuidaba muy mucho de

El caballo de Guerra.

ayudar a los «rebeldes», catalanes y vascos, y olvidaba a los fieles. Pero hubo más una siderurgia se fue a

Sagunto, mientras que otra obra, un tanto absurda, pero ilusionadora: el canal Sevilla-Bonanza, quedaba,

olvidada, en algún cajón madrileño. Guerra nació a la política en

ese clima de frustración, con «lácticos» ciertamente histriónicos y con, también, descontentos, luchadores

contra el absurdo, desde muchos lugares y, por supuesto, desde el interior del régimen.

Alfonso Guerra obtuvo antes el caballo que el reino. También, una

capacidad interpretativa para crear un personaje falso: agrio, faltón y cercano. Cuando él es tímido y hui-

dizo. La política es para Guerra como un montaje teatral. Con dos planos muy distintos: el brillante del

escenario y el oscuro de foros y bastidores. La mentira que parece verdad está sobre las iluminadas tablas.

Lo verdadero, que no se ve, yace en los «ocultos» de la representación. Hay mucho de teatral en el talante

del PSOE. Al público sólo se le dice lo que aparece en un libreto escrito exclusivamente para ganar votos.

La afición por e) escenario lleva a crear monstruosos decorados para los mítines del primer actor de la

compañía: Felipe González. Pero esos entramados de cartón piedra huelen a parafernalia fascista. Alfonso

Guerra, como director de escena, aplica una disciplina muy férrea para que nadie se aparte del papel. Esa

es la obra de Alfonso, eficaz, dura, sincronizada y con éxito. Hay, también, un Guerra divertido, agitador

de ensaladillas y machaca-relojes. Pero no es real.

 

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