Autor: Armero, José Mario. 
   De las autonomías a la atomización     
 
 ABC.    12/02/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

De las autonomías a la atomización

El tema autonómico ha de ser prioritario en el Gobierno que se constituya como consecuencia de la dimisión de Adolfo Suárez, iniciándose en todo caso un reciente acuerdo del Consejo de Ministros que intenta una negociación entre los partidos políticos para algo que está latente, pero que no todos conocen, como es la necesidad de reconsiderar ese vidrioso tema.

Un nuevo Gobierno, sin necesidad de acreditar credenciales democráticas, no puede aceptar una anarquía en el tema autonómico que no se había previsto ni en los llamados Gobiernos en el exilio, ni en reuniones de oposición, como la famosa de Munich, ni en la Junta Democrática. Pero algunos de nuestros políticos —Gobierno y oposición— consideraron que para ser demócrata con credibilidad era preciso montar un saldo de autonomías y hemos llegado a una situación extrema que amenaza con próximos y muy peligrosos desbarajustes.

Las nacionalidades históricas —Cataluña y País Vasco— y su reconocimiento hasta cotas de sensatez no tienen nada que ver con la multiplicación autonómica que los españoles, en su inmensa mayoría, contemplan estupefactos y que los partidos de oposición no atacan por falta de sinceridad y por conveniencia de política ante el error ajeno.

En Andalucía, efectivamente, prevaleció el agravio comparativo, el hecho de ser menos considerados que otras regiones de España, pero lo cierto es que un partido nacional, el PSOE, obtuvo más votos que cualquier otro.

El referéndum de Galicia se ha realizado con una participación mínima y con la indiferencia e ignorancia del resto de los españoles, a los que difícilmente se les puede plantear un tema de menor interés. Si continuamos por el mismo camino con las otras autonomías pendientes, es posible que entremos en zonas de ridículos. Porque se escucha demasiado y se magnifican las opiniones de quienes, con las autonomías, aspiran a una relevancia regional quizá como trampolín, de más altos destinos. Hace ya mucho tiempo, un ministro comentó que en el tema autonómico, más que las gentes, estaban verdaderamente interesados los políticos locales.

Hay que aceptar la Constitución y definir, por acuerdo entre los partidos políticos nacionales, lo que es el Estado de las autonomías, que no es, como se ha dicho, un estado federal o cuasi federal. Hay que continuar con ¡a transferencia de competencias allí donde existe un Estatuto de autonomía, pero hay que reconsiderar la situación en el resto de España. Fiebre autonómica creo que no existe. O no se nota. Lo que en principio estaba planeado —Estatutos para Cataluña, Pais Vasco y, en menor medida, Galicia— se ha desbordado en lo que se asemeja a un incontrol y, en ocasiones, a una anarquía.

Los partidos nacionales deberán reunirse al máximo nivel y tratar simultáneamente dos temas: la reconsideración autonómica y el sistema electoral. De lo contrario podríamos encontrarnos no con un Estado autonómico, sino con un Estado atomizado; cada ente autonómico tendría sus partidos de derechas, de izquierdas y de centro, lo que constituiría algo insólito en el mundo occidental y que convertiría al Parlamento en un guirigay.

Los grandes partidos nacionales tienen que poner coto al proceso en curso de convertirse en endebles federaciones de reinos de taifas.

Se ha llegado a un punto peligroso. Pero todavía no al «punto fuera de retorno» tan irreversible en la aviación como en la política. Es el gran temor para el nuevo Gobierno.— José Mario ARMERO.

 

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