Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   Decepción en el hemiciclo     
 
 ABC.    12/12/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

Escenas políticas

Decepción en el hemiciclo

A los Gobiernos los debería presentar en el Congreso algún experto. Lauren Postigo, por ejemplo, que está acostumbrado a arrancar aplausos para las folklóricas, a ver si así les hacía palmas la oposición. Resulta muy desairado que a uno le sienten en el banco azul, le presenten a los diputados y que sus señorías le reciban poco menos que a tomatazos.

¡Vaya un personal. Ni siquiera le ofrecieron unos aplausos a doña Soledad Becerril, símbolo feminista de la democracia nueva, ministra de un soto precedente, culturalista de la escuela andaluza y ángel rubio del partido gubernamental.

«Hala, señores, vengan unas palmitas, que es marquesa y sevillana. Ahí va la niña», podría haber dicho Lauren Postigo, iniciando el aplauso. Pero asi, nada. El Gobierno fue recibido con decepción.

Coinciden los cronistas en que, ante el nuevo Gobierno, tos señores de la oposición estaban decepcionados. Habrá que arreglar eso, señor Calvo-Sotelo. ¿Cómo se le ha ocurrido a usted hacer un Gobierno que no levante los entusiasmos de la oposición? Eso no es cortesía parlamentaria, ni es solidaridad, ni es ser un amigo. Ya se lo ha dicho bien claro don Alejandro Rojas Marcos, al frente de su impresionante ejército parlamentario de cuatro diputados: España esperaba otra cosa. A don Alejandro Rojas Marcos se lo había dicho España mismamente la noche antes, mientras refrescaban unas cañas de manzanilla, traían las olivas y rasgaba la guitarra el velo blanco de la luna: «¿Ni tú, ni Guerra, ni Tiernpo Le dices a don Leopoldo / que no me gusta el Gobierno.» Y don Alejandro vino y se lo dijo.

A don Santiago Carrillo tampoco le gusta el Gobierno. ¡Válgame Dios!, don Leopoldo, es que no da usted una en el clavo. ¡Con las ganas que tiene don Santiago de que usted haga un Gobierno de amplia base, o sea, con todo el arco parlamentario dentro, como el que hacen sus amigos del Este, sin ir más lejos, con ministros comunistas, socialistas, democristianos, conservadores, centristas, liberales y zaristas! Ande, hombre, no se resista tanto y siente a un comunista en su mesa, que está cerca la Navidad, y además don Santiago se conforma con poco, aunque sea con el Ministerio de Defensa para ir arreglando eso de la inquietud del sable y la primacía del poder civil.

Hasta se lo ha dicho a usted don Ramón Tamames, estrella brillante en la constelación del Grupo Mixto, con don Blas Pinar, don Juan María Sandras y don Fernando Sagaseta, o sea, los cuatro pilares de la convivencia pacífica en la moderación democrática. Don Ramón Tamames le ha reprochado que no haga usted un «Gobierno de salvación», que por lo visto en la solapa de la clase política ha florecido el alhelí del «sálvese quien pueda», que diría e! maestro Gerardo Diego, y que eso quiere decir que ya vienen otros a salvarnos otra vez, que aquí se pasan la vida algunos queriéndonos salvar a todos, y que Dios nos pille confesados.

Y, además, se lo ha dicho usted a don Felipe González, que está que no vive por subirse a un coche oficial, que tampoco hay derecho a que don Rodolfo Martín Vida no se haya bajado de él desde que hizo la primera comunión, y que don Felipe todavía no lo haya catado. A ver qué trabajo le costaba a usted, mi señor don Leopoldo, haber hecho a don Felipe eso que ha hecho a don Rodolfo, o aunque hubiese sido, no sé, ministro de Asuntos Exteriores, por ejemplo, para que don Felipe hubiese llegado a Nicaragua a darle un empujón diplomático y ministerial a la revolución de allí, y que no sea la Cuba de Fidel Castro la única perla democrática y libre en el mapa de Centroamérica.

Pero nada, usted, ni caso. Usted se ha creído que, por ganar las elecciones, tiene usted derecho a formar Gobierno solo. Pues aténgase a las consecuencias. La oposición va a decir muy claro, para que se entere bien la opinión pública, el electorado, el personal, la parroquia y ¡a base, que e! Gobierno le ha decepcionado. Y cada palo que aguante su veta. Usted se lo ha buscado, don Leopoldo.

Y, además, ahí tiene usted a don Landelino. ¡Toma discurso! Eso es lo que es una oración parlamentaria, y no las cuatro excusas que usted nos ha enjaretado para justificar ese Gobierno tan decepcionante, que ha caído sobre los escaños de la oposición como una ducha de agua fría. ¿No decía usted que «Landelino ya está expuesto»? Pues ahora Landelino no sólo está expuesto, predispuesto, peripuesto, contrapuesto, dispuesto y compuesto. Está apuesto, impuesto y sobrepuesto, repuesto y traspuesto. O sea, con, de, en, por, sin, sobre, tras el puesto.

Don Miguel Roca Junyent ha dicho que, en sus palabras, don Leopoldo parecía cundir el desánimo. Pues estamos frescos. Empezamos por hablar del desencanto de la democracia. Después, hablamos de la decepción del Gobierno. Y por fin concluimos hablando del desánimo del presidente. O sea, que, a lo que se ve, están todos como para que traigan el frasquito de sales, el cubata bien cargado o la inyección de alcanfor. La verdad es que yo no comprendo a estos políticos. Precisamente ahora que Rosón nos ha quitado de encima la pesadilla del terrorismo, que ni don Adolfo Suárez se ha ido de UCD ni nos han cerrado la puerta de la OTAN, que hemos celebrado el tercer cumpleaños de la Constitución, que está empezando a llover, que algunas empresas van a tener dinero para pagar la paga extraordinaria, que hemos traído a unos cuantos sabios para que nos digan lo que va a ser de la Humanidad en el año 2000, y a ver si de paso nos dicen lo que pueda ser de nosotros el año que viene, y que don Jordi Pujol se ha dado una vuelta por Castilla para indicarnos que podemos ir a Barcelona sin pasaporte, precisamente ahora nos mortifican y angustian con lo del desencanto, la decepción y el desánimo.

Pues, venga, señores ciudadanos. Vamos a dar aliento a nuestros políticos. Vamos a decirles ra, ra, ra, como si estuviésemos en el estadio. Es que estos chicos tienen la moral de cristal. Se enfurruñan en cuanto el entrenador no los pone en el equipo, y empiezan a decir que si Pepete es un reprobo, que si en la segunda parte se desfonda Quinito y que si Santi ha fallado dos goles cantados. Animo, don Leopoldo, aguante usted hasta los mundiales. Y en este momento, si quieren un equipo de concentración nacional, que le reclamen a Santamaría.

Vaya, ya me he pasado de la política al deporte, como en los tiempos de la censura. Pero es que, como decía Spengler, al final siempre es un equipo de fútbol el que salva la civilización. O sea, la democracia.—Jaime CAMPMANY.

 

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