Autor: Gefaell, B.. 
   El lento despertar de Burgos     
 
 El País.    04/09/1979.  Página: 25. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

La cultura española y los cambios políticos

El lento despertar de Burgos

El despertar cultural de Burgos, esa provincia representativa de la Castilla más deprimida, va despacio, sobre todo en las pequeñas y medianas poblaciones rurales. La falta de una infraestructura mínima, la emigración de cerebros, y la pérdida de oficios tradicionales, de artesanías populares y del folklore, son las características de este momento burgalés, que analiza en el presente reportaje Blanca Gefaell.

Realmente podría decirse que Burgos poco a poco, muy poco a poco, está despertando de un letargo cultural en el que llevaba muchos años. Burgos ciudad, claro; porque en la provincia es dificilísimo poder ver una buena película, e imposible una obra de teatro. Estadísticamente hablando, ahora hay un doscientos por ciento más de actos culturales que en la época de Franco. Antes no había, prácticamente, ninguno, aunque los efectos de esto apenas si se han empezado a notar. £1 interés por el hecho cultural va en aumento, la asistencia a los actos es masiva, siempre en mayor número si se trata de una demostración folklórica que de una conferencia; pero, cuando han estado bien anunciados, los locales se llenan, se quedan pequeños. Muy diferente es la actitud que tienen los organismos, como pueden ser ayuntamientos, colegios, etcétera, que no se plantean ni el tema; por ejemplo, el pintor Espinoza Dueñas está tratando de regalar una pintura mural, que se realizaría de forma colectiva con sus alumnos a algún pueblo, y todos los consultados se han negado a facilitar tan sólo el muro. La situación en los pueblos es trágica; de lo único que se dispone es de los antiguos teleclubs, hoy convertidos en centros culturales, que no cuentan ni con una mínima biblioteca que acerque el libro al medio agrícola, o el periódico, por lo menos. De los 383 municipios de la provincia se podría citar a Aranda y a Miranda como casos menos dramáticos, donde se puede encontrar alguna librería, alguna conferencia; pero que llega a núcleos de población con diez o veinte vecinos, ni tan siquiera de televisión. Los hijos que han podido ir a estudiar fuera, no vuelven, y al que tiene un titulo —el que sea— se le trata de usted siguiendo una antigua devoción.

Alvaro Renedo, delegado de Cultura, ha notado que este año los temas que más interesan son los referentes a la cuestión castellana; pero Castilla ha perdido aquellos elementos que le daban una entidad cultural particular y diferente, se ha perdido el oficio de alfareros, tan rico hasta hace pocos años en Burgos, aunque este curso se hayan hecho tres exposiciones de cerámica popular se pierde la dulzaina, instrumento de la música castellana por antonomasia, mientras se espera la creación de una escuela que parece que el nuevo Ayuntamiento está dispuesto a crear, pero sin demasiadas prisas, que los dulzaineros actuales tienen una media de setenta años, y cinco o seis más todavía tiran; se pierden las jotas y las coplas, y la labor que ahora están realizando grupos como el de Conchita Madorres o el de Justo del Río, de recopilación del folklore, es alabado, pero no subvencionado; se olvida a músicos y escritores, se cita a Machado, pero el cancionero de Antonio José sigue sin publicar.

Burgos, ciudad de 150.000 habitantes, tiene un colegio universitario en el que se puede estudiar Químicas, Físicas, Matemáticas, Historia, y, el curso que viene, Derecho; una escuela de Aparejadores y otra de Ciencias Empresariales, y mientras media ciudad clama «universidad para Burgos», por aquello de que siempre queda bien, los alumnos de Empresariales ocupan la primera y tercera planta de un vetusto edificio, y la planta intermedia es utilizada para los enfermos mentales que no caben en el Hospital Provincial. Bibliotecas, prácticamente, hay una, la de la Casa de la Cultura, dependiente del Ministerio, porque en las otras dos puede que haya algún tebeo atrasado que nadie usa.

De todas formas, todos los veranos hay un festival de cine, y en invierno el Ministerio de Cultura organiza o cede los locales para algún ciclo interesante. El año pasado se celebró el Congreso de Filósofos Jóvenes, con bastante asistencia de estudiantes burgaleses, y este año el Simposio de Industrias de la Cultura y Modelos de Sociedad, del cual la ciudad ni se enteró,

Parece ser que el actual Ayuntamiento, o por lo menos eso esperan los concejales socialistas, va a crear un consejo municipal de la cultura para coordinar y apoyar las iniciativas que surjan en barrios o asociaciones; pero por ahora su labor en pro de la cultura ha sido prácticamente nula.

A nivel de barrios funciona una asociación cultural, que en la práctica sólo está compuesta de tres personas y que, con un ritmo de una vez por trimestre, suele traer algún grupo de teatro independiente.

No hay que engañarse; lo que realmente se llena, donde se agotan las entradas, es en los espectáculos de variedades, que puntualmente todos los veranos visitan la ciudad con notable éxito. En San Pedro —las fiestas patronales—, lo que más público atrae es el teatro Argentino, carpa ambulante que, a precios nada populares, ofrece la última supervedette rubia y gorda a la gente que viene del campo a gastarse sus ahorros en lo que creen la cultura de la capital.

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