Alerta a la ley sindical     
 
 Madrid.    27/01/1967.  Páginas: 1. Párrafos: 13. 

ALERTA A IA LEY SINDICAL

EN un reciente editorial sobre la próxima ley sindical se llegaba a una conclusión: el mundo laboral está alerta y vigilante. Ahora esta vigilia se proyecta sobre el discurso del ministro secretario general y delegado nacional de Sindicatos, señor Solís, con motivo de la clausura del ciclo electoral sindical.

Discurso que seguramente preocupa a quienes esperan de la Ley Orgánica una apertura democrática de nuestras instituciones y procedimientos políticos. Mucho nos tememos que exista el propósito de que en la práctica la nueva >ey sindical deje las cosas casi como están.

En primer lugar, hay razones para desconfiar de una ley cuyo anteproyecto se está cociendo en reducidos círculos apenas sin participación de los representantes de los sindicados. Estos lo son en tanto interpretan al cuerpo social que los ha designado y en cuanto son capaces de responder ante él de su gestión.

Lo que está en tela de juicio es nada menos que la esencia de la propia ley sindical. Evidentemente, el Estado tiene derecho, incluso obligación, de disponer de instrumentos legales para vigilar que el Sindicato—como otras instituciones— cumpla sus fines específicos. Pero cosa muy distinta es que el Estado preforme, limite y sustituya el derecho fundamental y básico de asociación profesional de los españoles. Son éstos quienes tienen que determinar sus estructuras asociativas sindicales, que ni en sus cimientos ni en su tejado pueden estar mediatizados.

Una prueba de este desfase de criterios ha sido enfrentar el Sindicato vertical y el "Sindicato de las cavernas" de que habla el señor Solís, como los dos únicos términos de alternativa, ignorando que entre ellos hay más de un siglo de intensa vida sindical democrática, madurada en asociaciones sindicales, como las francesas, alemanas, escandinavas, inglesas, etcétera, que han elevado a los trabajadores ,a un nivel de vida material y social del cual están lejos los trabajadores españoles. No es correcto encerrar en el concepto de "Sindicato de las cavernas", junto a posibles errores, propios de todo tiempo y de todas las instituciones, la heroica lucha de los trabajadores por conquistar algo tan elemental como la jornada de ocho horas, el derecho a una alimentación suficiente, a la enseñanza primaria, etcétera. Por otra parte, es menospreciar a los españoles el no reconocerles capacidad para unas opciones diferentes a un Sindicato dirigido por la línea política o a un Sindicato violento.

Como bien dice el ministro, los Sindicatos de hoy han dejado en todo el mundo de ser violentos para ser negociadores o de gestión; pero—añadimos— esto exige que sean totalmente representativos, sin admitir que sus dirigentes, y especialmente los que toman las decisiones, resulten de una designación oficial; sin abdicar de la libre disposición de sus fondos; sin renunciar a sus armas clásicas como garantía de la paz social libremente aceptada, etcétera.

El señor Solís mantiene otros argumentos: "Todos somos dirigentes—dice— desde que alguien nos ha impuesto la investidura de defender los intereses de los trabajadores." "Todos somos representativos en cuanto que todos hacemos la gestión de los intereses de los trabajadores y de los empresarios." No sabemos lo que opinarán los empresarios de esta representatividad y de este lideraz-go, pero en el mundo laboral no se admite voluntariamente otro medio capaz cíe otorgar representación y calidad de dirigente que el voto de los sindicados, y las Asambleas, Congresos, etcétera, como instrumento para rendir cuentas del cumplimiento de la representación.

Hay una manera de eludir el diálogo, que consiste en contestarse uno mismo sus propias preguntas. Pero que, aunque sea a modo de comentario, no nos impide el derecho de hacer algunas observaciones.

Dice Solís: "Resulta que ahora desean un sindicalismo unido. Pues ya lo tenemos." Y añadimos nosotros:

Sí, se desea un sindicalismo unido, pero también independiente, con formas de unidad determinadas por los propios sindicados. Solís lo prometió el día 1 de diciembre en Avila: "Desde hoy ya nadie podrá decir que la Organización Sindical no es libre." "La ley sindical será aquella que pidan y deseen los hombres del trabajo." "Los hombres del trabajo tendrán lo que ellos se empeñen en tener." Esto era antes del referéndum.

"Piden la acción de los obreros y de los empresarios por separado. Pues ahí están nuestros Consejos de Trabajadores y nuestros Consejos de Empresarios." Pero—apuntamos—se quieren órganos con poder propio decisivo, totalmente representativos, incluso en su presidencia, y dotados de instrumentos de defensa. Se quiere separación de los Sindicatos obreros y patronales, sin soldaduras no representativas por el vértice. De otro modo no tiene sentido la modificación constitucional última.

Continúa el ministro: "En el pasado no había sindicalistas en el Congreso. Ahora tenemos ciento cincuenta procuradores en Cortes." Pero de esos ciento cincuenta procuradores—concretamos—, más de dos terceras partes no son representativos de los sindicados. Y con representación de primer grado no hay ninguno. ¿Qué va a pasar en la próxima elección? ¿Se va a mantener el reglamento actual de designación de procuradores sindicales? A estas horas no lo sabemos todavía.

Verdaderamente, elaborar una ley sindical y crear nuevas estructuras es una la,bor compleja. Un problema que requiere tiempo y Ja participación de ío, dos-en general, y de una -forma inme* diata, de cientos, de miles de los sindicados. "No es concebible que se pueda llegar a soluciones justas y reales sin unos planteamientos y unos debates abiertos. Pero, a la vez que es un problema complejo en los aspectos funcionales o instrumentales, es una cuestión extremadamente simple en el campo de los principios. Una ley sindical aceptable y saludable para el cuerpo social no es admisible sin exclusión directa e indirecta de toda intervención estatal; respeto del derecho de asociación; libertad e independencia de las uniones políticas, independencia respecto de los grupos de presión económicos; pleno autogobierno mediante la representación directa y democrática en todos los niveles.

Por imperativo de las circunstancias españolas, por afinidad con la universal tendencia a la unidad es defendible la unidad sindical, unidad que debe ser compatible con la diversidad de criterios en el libre juego democrático. Pero esta unidad no excluye la independencia, la autogestión, la representatividad absoluta. Efectivamente, el productor "no desea que le administren el poder otros".

El discurso de Solís ha creado inquietud. El tono ha cambiado no solamente con respecto a las palabras anteriores al 14 de diciembre, sino también en relación con las del último Mensaje del Jefe del Estado:

"En política no caben inmovilismos y podéis estar seguros de que nuestro propósito ahora, como no lo fue nunca, no es dormir sobre los laureles. La propia Ley impone, como consecuencia de su contenido, una gran dinámica política." "Yo espero la colaboración de todos para que lleguemos a las´, últimas consecuencias del paso que he* mos dado."

De Cara al presente y al futuro de España conviene hablar serena y claramente. Una primera aportación es que cada grupo social exponga sus reivindicaciones.

 

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