Autor: Aller, Ramón María. 
   Funcionarios y dirigentes sindicales     
 
 Arriba.    07/07/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

FUNCIONARIOS Y DIRIGENTES SINDICALES

LOS sindicatos nacionales se han volatilizado sin pena ni gloria. Bastó la dimisión (en algunos casos, el cese) de sus presidentes para que desapareciese lo que pretenciosamente se denominaba Organización Sindical, curiosa tramoya burocrátlco-política.

En el seno del Sindicato «único» —y precisamente por tal singularidad— estuvieron presentes los patronos responsables y los verdaderos asalariados, practicantes de una profesión regular y conocida.

Pero, junto a ellos, brujuleaban también unos cuantos empresarios sin apenas empresa y algunos centenares de traç bajadores alérgicos a la vida fabril y singularmente duchos en devengar dietas, viáticos, ayudas, becas, subvenciones, gastos de representación y demás gajes de variada nomenclatura.

Al servicio de empresarios y trabajadores, los funcionarios sindicales han padecido un penoso régimen laboral. Legalmente no eran ni funcionarios ni trabajadores. Sus funciones, jamás tipificadas, dependían del arbitrio del representativo de tumo, y tal arbitrio degeneraba algunas veces en arbitrariedad.

Normas recientes, al tiempo que despolitizan los sindicatos, han venido a remediar parcialmente la postración de la burocracia sindical. E! estatuto por el que se rigen es el propio de los funcionarios de entidades estatales autónomas y los tribunales de justicia resuelven sus reclamaciones.

Ahora bien, con la abolición de la Organización Sindical y la supresión de la sindicación forzosa, aunque se elimina un instrumento nocivo para la salud laboral del país, se plantean dos graves problemas liquidatorios que requieren una solución justa y urgente: destino del patrimonio sindical y destino de sus funcionarios.

El primero puede resolverse mediante la absorción directa por el fisco o, si se prefiere, mediante la transferencia o cesión a futuros sindicatos responsables. El segundo, que también admite soluciones muy variadas, está siendo objeto de estudios y análisis.

Hay que pensar que no se trata de dar una ocupación, Un empleo o un subempleo a unos trabajadores en paro, sino de utilizarlos para faenas útiles y productivas. Porque mantenerlos, respetando sus derechos adquiridos, en unos organismos carentes de finalidad, sería, además de un vejamen para éstos funcionarios, un absurdo despilfarro, totalmente desaconsejable en la presente coyuntura económica.

Con mayor o menor holgura, y con quebranto grande o chico para los vigentes esquemas administrativos, los funcionarios sindicales pudieran ser insertados en la profusa trama ministerial de que disponemos. La oportunidad de una reforma inminente facilitará el acomodo y el definitivo ensamblaje.

Pero todo cuidado será poco a la hora de convertir en funcionarios públicos a quienes procedan del mundo sindical. Quienes son verdaderamente funcionarios son absolutamente transferibles a la Administración. Ahora bien, en el presente momento —con la confusión propia de todo tránsito— hay directivos sindicales que jamás se han ajustado a un horario de oficina ni desempeñado actividades de oficina, que pueden pretender disfrazarse de funcionarios para acceder a la Administración estatal.

Tal pretensión no sólo perjudica al Estado, que tendría que pechar con un funcionariado inexperto, sino, sobre todo, a los propios empleados de la extinguida Organización, que, una vez más, serían juzgados y sentenciados por los pecados de quienes desempeñan cargos electivos.

Convertir a los líderes o a los miembros representativos de un Sindicato en funcionarios sería una maniobra burda e intolerable que mancillaría un proceso de libertad despojándolo de sus más nobles ingredientes democráticos.

Quienes puedan verse perdidos al dejar su cargo sindical, que acudan —si les dejan— al Mutualismo Laboral, al Ayuntamiento, a las Cortes o a cualquier sitio de entre los muchos en que participaron; pero no deben ponerse la etiqueta administrativa que los funcionarios sindicales ostentan o pueden ostentar.

Ramón Mª ALLER

Jueves 7 julio 1977

 

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