Autor: Alonso Nadales, José Ramón. 
   Los caminos de la libertad sindical     
 
 Pueblo.    12/01/1977.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

Una vez más, nuestras Cortes oyeron ayer el lenguaje nuevo de una nueva época, cuando allí se exponia, ante la Comisión de Leyes Fundamentales, como «la plena libertad de asociación en la vida sindical aparece como el elemento clave de las relaciones laborales», y esto para «encontrar soluciones auténticas a los problemas con que hoy se enfrenta nuestra comunidad».

Cuarenta años han pasado desde que, deshechas o desaparecidas las grandes centrales sindicales anteriores a nuestra «Guerra de los Mil Días», surgió un Sindicalismo diferente, cuyas obras son innegables, y al cual corresponde el mérito de haber dado con sus repetidas elecciones internas los primeros pasos hacia la democracia. Modificado desde la Ley Orgánica el apartado XIII del Fuero del Trabajo, la reforma entonces posible quedó, por razones propias del condicionamiento de la época, a mitad de camino, y DO surgieron las pujantes asociaciones que era posible esperar de una vida sindical organizada desde su propia base. Por el contrario, las que crecieron fueron organizadas a extramuros de la ley, y tanto por su propia vitalidad como por la seducción que siempre ejerce lo que se tiene por clandestino, llegaron a cobrar pujanza y raigambre en la vida social de nuestro país. Estaba quedando por un lado la ley y por otro la realidad.

Y toda ley que no se apoye en la viva realidad acaba erosionando a la sociedad a la cual rige. La fuerza de la libertad concluyó imponiéndose como esas plantas que surgen y crecen entre las hendiduras de las rocas, y acaban destrozándolas con la pujanza de sus raíces. Hacía falta, por tanto, que la norma estuviese inserta en la sociedad por que disecar a la sociedad para la ley es imposible. Ahí está una gran clave del proyecto por el que se regula el Derecho de Asociación Sindical, que ayer dio en las Cortes sus primeros pasos, como un ser casi recién nacido.

Pero este proyecto «no es en si mismo la reforma sindical, sino la

base indispensable para llegar a la reforma», como recordaba el ministro De la Mata Gorostizaga, que tras una dificil pugna de seis meses hizo ayer la presentación del proyecto con gesto austero y frase elocuente, como corresponde a la enorme trascendencia de cuanto allí se debatía. Algunos se frotarán las manos pensando que se destruye la unidad sindical, y otros «nos imputarán ese propósito, y nada más lelos de tas intenciones del Gobierno», porque tal reforma ha de ser «legitimada por una auténtica participación colectiva, pues por mucho acierto que se tuviera ai formularla, resultaría estéril si careciera de un consenso mayoritario y responsable». Son las sociedades y no las leyes las que elaboran su propio Sindicalismo, y la experiencia de todos los pueblos libres reveta la esterilidad de intentar esa tarea exclusivamente desde arriba.

Lo cierto es Que el proyecto no se pronuncia sobre la unidad o el pluralismo, porque eso son los trabajadores y los empresarios, unos y otros en su ámbito, quienes han de decidirlo. «En lo personal no soy partidario de] Sindicalismo voluntario», escribía Harold Laski en una polémica que todavía no ha concluido. Prudentemente, el proyecto de Asociación Sindical no se pronuncia sobre esto en ningún sentido, dejando que sean los empresarios y trabajadores quienes decidan. «Puesto que el sindicato unitario cuenta entre sus filas con afiliados de diferentes opiniones políticas, tiene que ser neutral políticamente», decía el tratadista alemán HirschWeber muchos años después que aquel insigne laborista. Lo que no puede aceptarse como válido y defendible es la unidad impuesta por la ley, decía en las Cortes De la Mata Gorostizaga. Varías décadas de experiencia muestran bien a las claras que toda unidad impuesta es a la larga imposible en una sociedad libre.

Que el Sindicalismo es una de las grandes vías de acceso hacia la de-

mocraci , es un hecho tan evidente como que el Sindicalismo libre sólo existe donde la democracia es una cualidad y parece como comienzan´ los muros o telones de la tiranía, convirtiéndose entonces en. «correa de transmisión» de un poder político. Puesto que para ser plenamente Europa hemos de organizamos en analogía a nuestros vecinos europeos, el establecimiento de la libertad sindical es el primer paso para todas las reformas en el futuro posibles, partiendo del hecho de que la libertad de asociación sindical es lo que da autenticidad al sistema de organizaciones que se elija.

Pero, ¡cuidado!, porque «la libertad sindical no es para convertir a nuestro país en un campo de batalla», sino para hacer el diálogo —acaso pasado el frenesí de los primeros días— mucho más posible y fructífero. La libertad de asociación sindical ha de conducir a que estén abiertos los caminos del pacto social, porque —seguimos

citando frases del ministro de Relaciones Sindicales— «sólo merecen la libertad los pueblos que saben emplearla, y la pierden quienes la dilapidan». Ahí está el ejemplo de los pueblos más prósperos y ricos, donde el conflicto es la excepción y lo normal el pacto social colectivo. Determinados paroxismos de la vida española venían originados porque base y representación no siempre coincidían, como por otra parte ha sucedido muchas veces entre los sindicatos ingleses y sus propios enlaces o «shop stewards».

El problema de la representación no queda resuelto sólo con la libertad, sino empleándola de manera responsable y efectiva. Aquí y en todas partes, el milagro de la paz social por sí sola no existe, y hay que lograrlo con el común interés y el tenaz esfuerzo de cada día.

He ha dado ayer un gran paso simplemente el primero hacia la creación de ese clima de paz social que todos deseamos, y que en la libertad de asociación sindical puede y debe tener su cimiento más firme. Serán las libres asociaciones de trabajadores y empresarios, unas y otras con interlocutores válidos, quienes creen las condiciones de un pacto que desde la sola apariencia de la unidad se revelaba quimérico o imposible.

«El derecho de organizarse presupone la voluntad de entenderse», decía ayer De la Mata Gorostizaga, porque es para el entendimiento y no para la pelea por lo que surgen y crecen las asociaciones libres. Cierto es que un clima de fuerte tensión caracteriza dentro y fuera de nosotros mismos a la sociedad y al mundo en que vivimos, pero aun así «un futuro mejor no podrá lograrse sino en razón del esfuerzo colectivo».

Habrá que desear entenderse y pactar para que la paz social exista, y dentro de ella la democracia en la libertad no sea como flor frágil, que al primer contacto se deshace o se pulveriza. O nos unimos todos, o nos destrozamos a nosotros mismos. Por eso la libertad sindical que ha comenzado a nacer —y que se apoya en la auténtica realidad de la sociedad española—, «no podrá emplearse ni en torpes propósitos ni en apetencias de dominio». El pueblo es uno, más allá y por encima de las clases o de los grupos que constituyen su entramado delicadísimo. No es enfrentando la sociedad consigo misma cómo se logran los fines de ningún Sindicalismo.

Esta puesta la primera piedra de esa libertad sindical que nace desde el contexto social mismo, y que ahora se trata de reconocer e incluso de tutelar, no inventándola ni imponiéndola, sino admitiéndola tal como en parte ya existe. Va a desaparecer la clandestinidad cultivada en las catacumbas, y todo debe existir públicamente y a la luz del día. Esa libertad «ha venido a España con !a Monarquía, está contenida en nuestra reforma política y de hecho se encuentra en la realidad de la calle». Aquí no se está destrozando nada ni, por el contrario, inventando cosa alguna, sino reconociendo lo que ya existe, como las estaciones, las mareas o la sucesión de las noches y los días.

Las mismas Cortes que aprobaron la reforma política están elaborando desde ayer la reforma sindical, para hacer posible todos los perfeccionamientos precisos. Nada es único ni monolítico en la sociedad moderna, caracterizada por sus pugnas, sus contradicciones y sus crisis, y era imposible la permanencia de un teórico Sindicalismo monolítico en una sociedad que, como la española, es libre «avant la lettre», porque en los hechos cotidianos la libertad ya existía. «Ante una sociedad moderna y responsable, nada hay en asta ley que pueda asustarnos», crecía ayer el ministro, y lo único que aún asusta es que esa reforma todavía no exista. Acaso de haberla tenido a tiempo hubiéramos evitado no pocos conflictos y no pocas crisis. Vamos hacia la verdad de la realidad para que esa verdad nos haga libres.

Sin campanas al vuelo, ayer ha comenzado a amanecer una España distinta, nacida desde los esfuerzos y afanes de un tránsito difícil, en el cual —desde los 200 a los 2.700 dólares de renta teórica per cápita— la sociedad es distinta de aquella casi remota del candi y la escudilla, la alpargata y el botijo. Sin superados triunfalismos, hay que proclamar el acierto de quien ha hecho de la verdad la meta última de su tarea como ministro.

 

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