Autor: Knörr, Enrique. 
 Tomas de posición. El País Vasco, en la encrucijada. 
 Contra la LOAPA, por la justicia     
 
 ABC.    11/11/1982.  Página: 24. Páginas: 1. Párrafos: 15. 

El País Vasco, en la encrucijada

La realidad española no empieza ni termina en unos resultados electorales. Los problemas,

pendientes aún, de las autonomías, esperan una clarificación que no será fácil en el País Vasco.

Como muestra, he aquí tres opiniones muy diferentes: Enrique Knörr, de la Real Academia de la

Lengua Vasca y vicerrector de la Universidad del País Vasco, que acusa a la LO APA de haber

adulterado el Estatuto autonómico votado en su momento por el pueblo; el conde de Montarco,

que denuncia el «aldeanismo» de determinadas posturas nacionalistas, y Ramón Sierra, ex director de «La Gaceta del IMorte», que analiza la situación de Álava, Vizcaya y Guipúzcoa a la

vista de los últimos resultados electorales.

Contra la LO APA, por la justicia

Por Enrique KNÓRR

COMO tratará la monarquía española a la nación vasca?», se pregunta en sus Diarios Humboldt, el lingüista y fundador de la Universidad de Berlín. Y esas palabras —sin dejar del todo a un lado el nombre de nación, piedra de escándalo ahora para ignorantes voluntarios o no— cobran un significado especial en este momento en que una desgraciada ley trata dé que nuestra autonomía sea cosa de opereta, una engañosa concesión de quien quiere quedarse siempre con el poder de decidir.

Al presentarse el Estatuto a referéndum, ¿hay que recordarlo?, la mayoría de la poblaciones de Álava, Vizcaya y Guipúzcoa expresó claramente su voluntad de modo afirmativo. Muchos habíamos deseado vivamente un Estatuto con Navarra. Nos hubiera gustado asimismo que constase algún tipo de articulación con la provincia de La Rioja, tan profundamente ligada a toda Vasconia (remito al excelente artículo de Antonio Moral, «Rioja: la autonomía más criticada», en El País del 4 de mayo último).

Y muy ciego sería quien pensase que este planteamiento de las cinco provincias es meramente el «optimum» del nacionalismo vasco. Personas como José Miguel de Azaola, ensayista y comentarista de prestigio, y poco sospechoso de nacionalismo, se han manifestado repetidamente en este sentido.

Aquel pacto del Estatuto, punto de partido lógico tras la dictadura, era positivo, a pesar de todo, y numerosas personas sin adscripción de partido no tuvimos incoventente alguno en aparecer públicamente a su favor, uniéndonos a la campaña de la mayoría de ellos. Era clara, además, la ausencia de alternativa, de alternativa política naturalmente, que excluía del todo o nada, actitud cuya esterilidad vuelven a experimentar ahora trágicamente los palestinos.

Desde entonces, el ciudadano español ha venido recibiendo continuas referencias a recortes, reclamaciones, protestas, retrasos, suspensión de negociaciones, etcétera, ante lo cual se ha preguntado con no menos frecuencia: si hay un Estatuto, ¿por qué no se cumple?

Pero nos estaba reservada aún la gran pirueta: una ley, la LOAPA, para adulterar el Estatuto que votamos. Difícil encontrar un disparate mayor y un ejemplo más claro de lo que no puede y no debe ser la política y la democracia.

Quizás a tuerza de hablar propios y extraños de la «singularidad vasca» se ha ido produciendo en muchos la creencia, más o menos consciente, en unas causas siempre ocultas, en unos secretos cuyo imposible desciframiento depararía la explicación de nuestra realidad.

Lamentable eclipse de la razón sería el pensar así. También entre nosotros lo real es racional, susceptible de explicación y, por tanto, de una solución en términos políticos.

El País Vasco, como cualquier otro, tiene unos ciudadanos con diferentes ideas sobre quién, con quién y cómo deben ser administrados. Esto, como en otras partes, se representa, con las habituales reducciones y simplificaciones, en un cuadro de partidos que el lector conoce. Y es un país, como se sabe, con creciente conciencia de sí mismo, lo que se manifiesta en el campo político por el despliegue de las posiciones nacionalistas, de una tendencia u otra. Por lo demás, tampoco aquí el cuadro es maniqueo y es ridículo oponer dos conglomerados excluyentes que serían, el uno: no nacionalismo progresismo tolerancia-liberalismo-universalismo-cultura, y el otro: nacionalismo-reacción-centrismo-aldeanismo-incultura. Dejemos estos clichés a quienes se divierten con ellos y sustituyen la discusión seria de los problemas por simples logomaquias donde tos dardos son, además de las citadas,

palabras como español, vasco, enemigo, opresión, etcétera. Y, como en la mayoría de Europa, aquí coexisten dos lenguas, lo que reclama también una salida humana y civilizada a ambos lados del Bidasoa.

Este país, con una larga historia reivindicativa de su autonomía, arrastra gravísimos déficit acumulados en muchas áreas, y no precisamente, en último término, en cultura y educación, agravados éstos por la arrogancia e inconsciencia de muchos de nuestros paisanos.

El autogobierno, votado por el Estatuto, instrumento imprescindible para aminorar esos déficit, es lo que ahora se quiere acogotar por la LOAPA. Los factores de esa ley, desde los «expertos» hasta los políticos, juzgan, al parecer, excesivas las competencias actuales o pendientes de la comunidad autónoma vasca. Cuando se menciona la armonización, cabe preguntar a estos caballeros, dispuestos a saltarse un pacto histórico, si no sería mejor tomarse la molestia de contemplar otros modelos de autonomía con que armonizarnos, modelos de la misma Europa, por donde sin duda alguna viajan mucho, sin que Europa viaje por ellos, para decirlo como Unamuno.

Cuando más necesaria es una actitud abierta, valiente, flexible, imaginativa, a la altura de un problema como el vasco, se nos presenta todo lo contrarío: la estrechez y la cerrazón, la miopía (im)política, el frenazo y marcha atrás abandonando el camino de la esperanza.

Con la malhadada ley planeando sobre nuestra autonomía, nos parece estar volviendo a la pesadilla de antaño, al mundo al revés, que decía nuestro poeta Aresti. De aprobarse definitivamente la LOAPA, quedará excluido el decidir en nuestra propia casa sobre materias de importancia, a expensas de lo que unas instancias siempre prevalecientes tengan a bien disponer. Cualquier iniciativa en investigación, científica, por ejemplo, habrá de contar con su beneplácito. Una generosa concesión hará posible, eso sí, que investiguemos sobre la anchura de la boina (y de la barretina), o acerca del aurresku (y dé la sardana); pero para un programa de Física quántica o lingüística general será preceptivo la luz verde de la superioridad.

Si nadie lo remedia, seguramente se confirmará que las lenguas son, como en Orwell, iguales, pero con una más igual que otras. Habrá que aguardar a que nos indiquen cuál será nuestra reserva india donde poder emplear el éuscara. Bien entendido, que sólo para conversaciones banales, y a poder ser de forma muy dialectalizada (punto en el que el Gobierno central tendrá el apoyo de algunos inconscientes, del tipo de quienes repiten la consigna «los vizcaínos en vizcaíno»)-

Bueno sería que, abandonando vicios heredados, se trabajase tenazmente por extender el conocimiento de las realidades culturales de España, sobre todo —pero no sólo—, en los territorios monolingües. Es esperanzador, en este sentido, el documento de una Comisión con la presencia de cuatro académicos. Todo lo que se haga en ese camino habrá de traer su fruto benéfico, desde luego muy tejos del inútil intercambio de memoriales de agravios.

Es iluso creer que la libertad, la paz, la democracia sean bienes adquiribles sin esfuerzo alguno y sin entendimiento y respeto mutuos. El miedo es efectivamente lo único a lo que debemos tener miedo, como aconsejaba Francis Bacon. Por lo demás, el terrorismo, que evidentemente se alimenta de sí mismo, pero también y , sobre todo, de errores de bulto como la LOAPA, acaso no tendrá un final próximo ni definitivo. Ello no obstante, y como escribía Xenius (el de La Veu de Catalunya, claro), es preciso no soportar el mal antipolítico, sino luchar contra él: por la política.

 

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