Informe. 
 La guapa de la bahía     
 
 Cambio 16.    20/04/1981.  Página: 43, 45-47. Páginas: 4. Párrafos: 37. 

La guapa de (a bahía

TODOS los mediodías, cuando el sol aparece entre las casi sempiternas nubes, el Paseo de Pereda se llena de señoras empujando cochecitos, funcionarios que charlan animadameme mientras toman sus aperitivos, mujeres que se sientan en las sillas de las aceras para cotillear sin descanso, jóvenes que leen el periódico y señores que han sacado a pasear al perro. La imagen no podía ser más plácida, relajada, provinciana.

Por momentos las charlas son ahogadas por la sirena del ferry que se va a Santander

Monumentalidad y placidez

llega, o por el leve bullicio de los barcos que hacen la carrera hasta Pedreña y que acaban de recalar en el embarcadero. Desde el Paseo de Pereda basta volver la cabeza para encontrarse con uno de los más bellos paisajes de España; la bahía de Santander, contemplación capaz de sacar suspiros de admiración.

Destruida por el fuego

«En Santander -dicen muchos- nuca pasa nada.»- Y no porque sea una ciudad aburrida y monótona. No. Desde tiempo inmemorial este viejo enclave portuario de la marina castellana ha eludido por propia naturaleza los extremos de los booms o las depresiones, los grandes altos, y grandes bajos de su vida cotidiana, sobre todo económica, para vivir en una medianía que es particularmente saludable cuando a su alrededor otras ciudades y provincias españolas se debaten entre la crisis, el terrorismo. el paro creciente y hasta la seguía.

Esta capital, vieja y nueva al mismo tiempo, sólo en 1755 fue elevada a la categoría de ciudad por el rey Borbón

Fernando VI. y años más tarde se le permitió comerciar con América, un privilegio que habría de atraer capitales y hombres de empresa, que mejoraron sensiblemente el aspecto estético de la ciudad.

Con los indianos y los capitalistas, claro. Negaron las ideas liberales, con sus toques anticlericales, masónicos y, más adelante, socialistas.

Tras la contienda, a las masacres de los triunfadores en Santander, se sucedió una catástrofe casi apolítica: en 1941 un terrible incendio que arrasó con buena parte del centro de la ciudad, impulsado por el temible viento sur.

Antes de la catástrofe, Santander ya era un centro nacional de turismo de alta categoría, una opción que siguió la ciudad para resarcirse de la débetele producida por la pérdida de las últimas colonias americanas.

Los santanderinos construyeron y regalaron a Alfonso XIII un castillo construido en la bellísima península de la Magdalena, donde el monarca pasa sus vacaciones entre 1913 y 1930. Frente a él. en las playas del Sardinero, la aristocracia y burguesía local, levantaron palacetes ostentosos que le dieron a la zona ese toque de distinción que todavía no ha perdido.

En los buenos tiempos, la burguesía vivía en Santander y veraneaba en el Sardinero (apenas a tres o cuatro kilómetros de la capital). Hoy, la mediana burguesía surgida con el desarrolismo de los sesenta, prefiere vivir todo el año en el Sardinero y trabajar en la ciudad. Para ellos se han construido multitud de edificios de pisos y apartamentos. Ultímamente. para horror de los más conservadores, las ruidosas discotecas y los

discobares, han proliferado por la zona para darle marcha a la otrora plácida zona en verano y en invierno.

Muchas cosas han cambiado en Santander en los últimos tiempos. La ciudad, es cierto, tuvo fama de carca, en los años recientes, a pesar de su pasado liberal y progresista. Hasta no hace mucho tiempo era una típica ciudad de provincia, donde las niñas se recluian en sus hogares a las diez de la noche, para dejar paso a las menos niñas que trotaban por la zona de la calle del Río de la Pila, buscando clientela.

Ligues y frivolidades

Los jóvenes esperaban con ansiedad el verano. Entonces, la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo de Las Llamas se poblaba de rubias y no tan rubias extranjeras con hábitos menos puritanos y mayor disposición para los amoríos de verano con uno o varios aborígenes, «Muchos dejaban a su noviecita santanderina durante el verano, para poder ligar libremente con las extranjeras, y luego, a comienzos del otoño, pedían disculpas y retomaban su relación ´seria´», recuerda Juan Bedoya, director de La Hoja del Lunes local. Las llamaban «las mantas» porque sólo se usaban durante el invierno.

No todos abrevaron sólo estacionalmente de los encantos de las extranjeras de

Muchos integrantes de las «buenas familias» santanderinas tienen hoy esposas con pasaporte extranjero, como´ recuerdo de aquellos tiempos. «Las chicas de Santander eran demasiado paletas para cualquier joven algo sofisticado y con pretensiones», rememora Bedoya.

La democracia, y la «pre-democracia» iniciada allá por los primeros años setenta, comenzó a dar vuelta la tortilla. Hoy, los centros de diversión de la capital están ahitos de jóvenes durante todo el año más allá de las fatídicas diez de la noche. Y las extranjeras que llegan a Santander durante el verano atraídas por la vieja fama de los santanderinos se llevan más de un fiasco y no tienen otro remedio que dedicarse a seguir los cursos universitarios. «Hoy por hoy, yo no saldría con una extranjera por ahí. Está mal visto, como si pecaras de cateto o de tonto», asegura Paco Goitúa, un bilbaíno residente desde años en Santander.

Península popular

También la democracia ha traído hasta la invasión que han hecho las clases medias de los cotos cerrados de la aristocracia local, recluida ahora en sus exclusivos Club de Golf de Pedreña, el Real Club Marítimo y la Hípica.

En los tiempos del franquismo, la península de la Magdalena, en manos de la Universidad Internacional, y parcialmente ocupada por el Tennis Club, era también un coto de la gente bien. Allí estaba la playa popularmente bautizada como «Del Bikini», donde las extranjeras osaban ataviarse con tan provocativa prenda. Sólo con una invitación especial. muy difícil dé conseguir, era posible atravesar legalmente los muros que escondian a los ojos del vulgo las semídesnudeces de importación. Los más intrépidos iban a nado hasta Ja Playa del Bikini, para engordar el ojo con las cañistas. Pero a menudo, extasiados en a contemplación, se olvidaban de que a marea subía, dificultando el regreso, se registraran varios accidentes de mirones impertinentes, que acabaron tragando más agua que roscas. Hasta que el alcalde Juan Hormaechea se le ocurrió, hace cuatro años, que la península tenía que convertirse en terreno abierto a lodos, y decidió !a adquisición de la lengua de tierra, con palacio real y todo, por la módica suma de 150 millones de pesetas.

Los señoritos fruncieron el ceño. El Ayuntamiento suspendió un concurso de saltos organizado por la Hípica en la península y montó en el mismo sitio una feria de ganado. Para inaugurar la Magdalena popular, el alcalde organizó una verbena paja todo el pueblo que se desarrolló entre el natural alboroto, justo cuando, pared de por medio, en el Tennis, los buenos burgueses las aspiraciones tenían una fiesta. Para muchos, fue un «insulto a la clase alta,", repelido por los del Tennis aquella noche mediante botellas vacías arrojadas al público de la verbena popular.

Ahora la península es un parque municipal y el palacio real, propiedad del Ayuntamiento, ha sido cedido a la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo dentro de un convenio de conservación del edificio que implica un gaste próximo a 52 millones de pesetas anuales por parte de la Casa de Estudies. Es la

Universidad Internacional Meléndez y Pelayo la que revivifica cada verano la vida cultural de Santander. algo aletargada durante el largo invierno, con su sofisticada actividad cientifica y artística. A ello se unen los Festivales Internacionales que se llevan a cabo en la Plaza Porticada del centro de la ciudad. No significa esto, sin embargo, que los santanderinos se crucen de brazos durante el resto del año.

En invierno mantenemos dignamente el tipo-, dice Bedoya, a través de las actividades del Aula Cultural de la Caja de Ahorros, de la Fundación Botín, de los Ateneos y otras organizaciones culturales destacadas, como las de los coros y las que desarrolla una compañía del teatro independiente, Caroca, amén de conciertos y exposiciones de arte.

Sartre y Saritiliana

En buena parte esta es la herencia de un pasado cultural más glorioso de los tiempos de Menéndez y Pelayo, de José María de Pereda, y otras figuras notable». Santander fus la única provincia norteña española que llegó a tener dos académicos, Gerardo Diego y José María de Cossío. Pero no podemos vivir de las rentas culturales del pasado», observa Valeriano García-Barredo, mecenas ¡ocal y propietario de la librería Estudio. «Tenemos un buen poso cultural, a resar de que en esta ciudad llegó tarde la

Universidad. Tal vez porque era una ciudad tranquila, a menudo monótona, aburrida, la gente leía mucho. El mar, además, da un sentido contemplativo de la vida que no tienen quienes viven en e! interior,»

Para quienes la actividad cultural de la ciudad resulta insuficiente, la provincia le depara otros desafíos y oportunidades. -Las condiciones de Santander son irrepetibles -recuerda el alcalde Hormaechea-, Aquí, en verano, se pueden elegir entre ¡8 ó 20 playas diferentes que no están a más de diez minutos del centro, donde nunca hay más de un centenar de personas ni problemas para aparcar los coches.»

Durante todo el año. los alrededores ofrecen maravillas como las de Santillana del Mar, «el pueblo más bello de España», según Jean Paul Sartre: los Picos de Europa y los pueblos costeros que suelen tener un aliciente más: la excelente cocina local, concebida a partir de las deliciosas carnes y pescados que la tierra y el mar proveen en abundancia; el aguardiente y los vinos locales.

Casas y cosas

El equilibrio y la medianía típicas de Santander, han preservado a la ciudad de muchos males comunes a otras capitales españolas. -En materia de vivien-

da no podemos sustraemos a la crisis general -dice el alcaide Hormaechea-, pero aquí se construyen viviendas sociales y no tenemos carencia de suelo, sino todo lo contrario. Nunca gozamos de un boom en la construcción, y por eso tal vez tampoco sufrimos una crisis aguda en la materia.»

Los servicios están en relación con los 170.000 ó 180.000 habitantes que tiene Santander y aledaños, gracias también a esa lentitud y armonía que caracteriza su desarrollo medio.

Para mayor encanto, la ciudad registra uno de los índices más bajos de delincuencia del país. «A nadie le conviene cometer una fechoría en esta ciudad Basta cerrar dos calles para que el delincuente quede atrapado», explica Agustín Pardo de Santillana, pintor retratista y propietario de un coqueto restaurante-galería de arte en el Sardinero.

No todo es color de rosa, sin embargo. Los pejinos tienen una verdadera obsesión por su problema mayor: las comunicaciones terrestres. Hay quienes consideran que, en realidad, no viven en el continente, sino en una isla. Todas las carreteras que comunican la ciudad con el resto del país son estrechas, accidentadas y. para colmo, doblemente peligrosas durante los días de lluvia o de fuertes nevadas.

«Ni siquiera tenemos una buena autopista a Torrelavega -se queja el alcalde-, y a menudo nos lleva una hora recorrer los 26 kilómetros.»

Estas dificultades, sin embargo, también tienen sus ventajas, corno, por ejemplo, inmunizar a Santander de la violencia de sus vecinos.

Los cántabros, a cántaros

Pero, ¿y el clima? ¿Quién soporta con alegría la humedad, las persistentes lluvias, el frío invernal, los cielos nublados? El clima norteño, por cierto, no es apto para reumáticos y artríticos. Tampoco para melancólicos agudos. Por lo demás todo parece depender de los gustos particulares de cada uno. Santander, después de Pontevedra y Guipúzcoa, es la provincia que mayor cantidad de precipitaciones pluviales anuales recibe en España.

Ésto, que puede despertar las envidias de andaluces y extremeños, puede ser fatal para los forofos del clima mesetario y seco. Los santanderinos no se quejan de su clima, sino todo lo contrario.

«Lo agobiante para nosotros es cuando pasan quince días sin llover y las cosas empiezan a resecarse-», dice Bedoya. «Por otra parte, aquí no llueve permanentemente como en el País Vasco -chirimiris y otros fenómenos por el estilo-, sino que la lluvia cae de golpe.»

Es. en cambio, el menos, el menos conocido viento sur lo que disgusta a !a mayoría y siembra el pánico entre los bomberos, pues favorece los más vora-

ees incendios. Es un viento cálido, de bochorno, fuerte, secante que hace huir a los paseantes de la avenida costera y cerrar las puertas de los comercios que dan al mar. De ese viento maldito viene aquel famoso cartel que los que vivían en e! Paseo de Pereda, solían poner en sus portales:´«Los días de viento sur,

os señores de Tal, reciben por detrás».

Esto ocurre, por suerte, pocas veces al año. Cuando el viento se calma, los pejinos siguen conservando el privilegio de contemplar la hermosa bahía y escuchar la melancólica sirena de los barcos, con la conciencia de vivir en uno de los

paisajes más espléndidos y plácidos de

España, lejos del mundanal ruido.

 

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