Autor: Romero, Emilio (FOUCHÉ). 
   La única monarquía posible     
 
 Pueblo.    23/07/1969.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 21. 

SIN RODEOS

LA ÚNICA MONARQUÍA POSIBLE

EL 19 de junio de 1964, y en la biblioteca del palacio de la Zarzuela, lei al príncipe Juan Carlos de Borbón las siete cartas que habían de constituir mi libro «Cartas a un Príncipe». Estaban presentes, además del secretario y los ayudantes de Juan Carlos de Borbón, el profesor Juan José López Ibor, Florentino Pérez Embid, Torcuato Lúca de Tena, el doctor Francisco José Flórez Tascón y Raimundo Saporta. Lela en la primera Carta que «en muchas cosas, y sobre todo en la política, se ha de hacer más lo que conviene que le- que gusta». Esto se aprende tarde; pero ye lo sé; algunos jóvenes dirán que es oportunismo; mi deseo es que este oportunismo les llegue cuanto antes, porque sería una forma precoz de talento y de generosidad.

ESTABA DECIDIDO

MUCHO antes de aquel acto, el acontecimiento de ayer estaba decidido en la mente de Franco. Renuncio a que se me adjudique cualquier bondad de anticipación profética. Joaquín Arra-rás, el gran biógrafo de episodios contemporáneos, me decía ayer mismo en las Cortes que desde 1937 Franco había señalado claramente que no habría una restauración, sino una instauración; es decir, una Monarquía de nueva planta; la Mo-narquía del Régimen o del llamado desde entonces Movimiento Nacional. Pero otros episodios habrían de sucederse para dejar definitivamente claro que si Franco decidía proponer al país, en vida, un sucesor, éste no sería otro que el Príncipe Juan Carlos de Borbón. Todo estaba claro como la luz del día. No era, es verdad, suficiente el dato déla mera educación del Principe, pasando por los tres Ejércitos y asistiendo cornr oyente a la Universidad.

Eso se había convenido con su padre.

LAS CAUSAS

ERA, sin embargo, un proceso en virtud del cual don Juan de Borbón, padre del Príncipe, se alejaba voluntariamente del Régimen, haciendo rancho aparte, mediante sus ambiguas manifestaciones públicas, su organización de reinado en el destierro con un Consejo Privado y la cristalización de una hueste restauradora; mientras que el Príncipe Juan Carlos aparecía instalado en la Zarzuela, se incardinaba en la dinámica oficial del Régimen, era testigo de sus actos y ios Ministros recibían instrucciones de mostrarle la actividad de la acción de gobierno en los problemas nacionales concretos. Finalmente, el Caudillo le puso a su lado, tras la distancia de respeto, en los desfiles. ¿Qué quería saoér más la gente? Lo extraño, lo sorprendente, es que se mantuviera la perplejidad, la incógnita y la especulación en este asunto. La única duda que podría quedar, con un planteamiento correcto de razones, sería la de no apagar la alternativa de un Rey o un Regente. La figura del Regente, sin embargo, dejaría las cosas como estaban, sin las ventajas de la adhesión general que ha tenido siempre Franco. Habría sucesor, pero no sucesión. Habría salida inmediata, pero no solución permanente. Por eso, en las correcciones que se hicieron a las Leyes

Fundamentales en el Referendum de 1966, el autor de la ley hizo más endeble, más lejana, la posibilidad de la Regencia, y se reforzó el propósito de un sucesor a título de Rey, porque de esta manera la sucesión mediante la herencia establecía una solución definitiva automática.

La aparición en escena de un Principe carlista —una vez íracturadc ese movimiento- del siglo XIX, prolongado hasta este siglo, aquejado de agotamiento sucesorio y confluyente en la última familia reinante— que tenía el air´ de luchador carlista decimonónico (aunque de corte moderno), sublevante, líder, político y no resignado, ac.arr todavía más las cosas. Un día se puso a esta familia en la frontera.

Pues bien: todavía seguía especulando la gente con la sucesión. Realmente era inaudito.

MAS SORPRENDENTE

PERO todavia era más sorprendente la acción de ese casi centenar de personalidades, descollantes de nuestra ida política cultural y económica, que constituían el Consejo Privado de don Juan de Borbón. En Estoril funcionaba toda una organización restauradora —acelerada últimamente por Areiiza. Ansón, Andes y Calvo gerer—, alejada del dinamismo legislativo del país, que a lo largo de un tercio de siglo había ido creando un sisten político un orden constitucional, una programación di Gobierno y un amplio compromiso de actividad nacional. Allí se funcionaba con un Rey en activo, radicado fuera del territorio, y a cuya Monarquía se la expresó políticamente como «la monarquía de todos». Er ese saco de todos estaría también el Régimen, como una co.sa entre varias, ya que el principio era retrotraerse al origen de las dramáticas discordias del primer tercie dé este siglo y hacer uno manipulación alucinante de cambio de rumbo. El revisionismo alcanzaba al Movimiento, a los Sindicatos, a las Cortes, al Estado y al régimen o al sistema de representación El error de estos políticos ha sido atroz.

Asusta pensar en personas de juicio tan eminente, de cultura tan probada, de experiencia política en muchos de ellos tan cuantiosa y de conocimiento de Franco y de la Historia últimas ten presumibles, desorientados de forma tan espectacular en sus preocupaciones políticas a corto plazo, que son los únicos presupuestos que deben manejar los políticos.

ÚNICAMENTE FRANCO PODÍA TRAER LA MONARQUÍA

EL sentido común era otro. Solamente Franco podía traer la Monarquía. La operación tendría que hacerse con él. Pero, lógicamente, a Franco tenía que preocuparle la continuidad del Régimen en sus esencias, en sus grandes realizaciones, y, en una gran parte de sus estructuras, más allá de su propia vida; eso de «después de mí eJ diluvio» no deja de ser una de las frases más irresponsables de la Historia; por tanto, era equivocado proponer un revisionismo del Régimen, una descalificación posterior de la obra de su fundador. No había tampoco, finalmente, una sola probabilidad de restauración negociada en las actuales Cortes Españolas; o mediante un acto de pronunciamiento a cargo del Ejército como en el pasado siglo.

El Ejército, que es la institución más robusta, más coherente, menos deteriorada, menos salpicada de reticencias o de inculpaciones, no está inclinado, a lo que parece, a intervenir en asuntos políticos. Incluso grandes sectores del Ejército ven con preocupación la legítima vocación política de algunos de sus miembros. Su misión está claramente establecida en la Ley Orgánica del Estado. Es la gran tutela de la legalidad. Que nadie se haga ilusiones con el Ejército para sus aventuras o esquemas políticos. ¿Cuáles eran, entonces, los razonamientos para sostener el escenario de Estoril? Me gustaría conocerlos; no se me ocurren, ni siquiera fantásticamente.

EL MECANISMO SUCESORIO DE PORTUGAL Y FRANCIA

EL general Franco ha explicado a las Cortes que este acto de propuesta de designación de su sucesor tenía que ser. en el orden de las medidas fundamentales, la última a tomar, una vez construido el edificio constitucional del Régimen. Se ha referido también a que dado que el hombre es mortal, han de tomarse medidas de previsión de esta naturaleza. Pero a mí me gusta incluir un hecho más en la reflexión de Franco, aunque sea una pura hipótesis de mi exclusiva responsabilidad. Los ejemplos sucesorios de Portugal y de Francia han impresionado vivamente a todo el mundo. ¿Por qué no habrían de impresionar también a Franco, que sigue tan d´e cerca estos asuntos? Las fórmulas de ambos países han sido diferentes. Portugal tenía una difícil sucesión salazarista sobre el papel: pero en la práctica ha sido un mecanismo de relojería. La gran síntesis de este mecanismo ha sido que Saiazar designaba, con el apoyo de la nación, a los Jefes de Estado. Entonces un día, el Jefe del Estado fue quien designó al sucesor de Saiazar, más que al Jefe del Gobierno. Si esta rueda no se interrumpe, es un sistema simple y perfecto.

Francia oreó una estructura gaullista tan amplia, variada, comprometida, difusa en el ambiente, y concreta en el poder real, que al flnal el gaullismo ha sido superior, y más poderoso, que De Gaulle. Resultó emocionante la evaporación, a cargo de esta fuerza de ambiente, y de raices nuevas, del tándem Deferre-Mendes Fratice; la Francia ilustre e imaginativa, pero anticuada. El Régimen español del 18 de Julio, con su evolución, y con su imagen diferente, e los treinta v tres años tenía que hacer una operación de características parecidas a las de Portugal y a las de Francia; pero hubiera sido arriesgado hacerlo luego.

La originalidad española ha consistido en haber hecho esa operación el propio Franco. La obra ha sido magistral, por lo práctica. Se acabó la discusión.

¿QUIEN, Y NO QUE?

CUANDO esta primavera se organizaba una polémira en los periódicos en orden a la conveniencia de designar en seguida presidente del Gobierno, sostuve que lo importante era dejar aclarada la sucesión a la Jefatura del Estado. Vamos a ver por qué: en los primeros años de esta década, la gente preguntaba con temor: «¿Después de Franco, qué?» Entonces el Régimen, a través de varios de sus insignes ideólogos, contestó: >:Después de Franco, las instituciones.» Los políticos exclamaron: «Eso nos gusta.» Pero la gente no se quedó tranquila. Entonces la pregunta de estos últimos tiempos ya era esta otra: «¿Y después de Franco, quién?» La sensibilidad y agudeza de las gentes es en ocasiones mayor que la de sus ingenios políticos. Y todo era porque les oía hablar y opinar, y cada uno decía una cosa. Lo que podemos llamar clase política del Régimen estaba dividida en la sucesión, y todo ello se agravaba con un carlismo más beligerante en el último tiempo, y le organización montada en Estoril, que se ponía a todo gas. Por eso. el quién va a ser el sucesor de Franco, era más acuciante que el qué va a pasar. Las instituciones, aunque estuvieran a buen rendimiento, no resolvían el problema.

LA PAGINA TRISTE

DON Juan Carlos de Borbón acepta las Leyes Fundamentales del Régimen, se compromete a procurar por su continuidad, admira al Jefe del Estado y es respetuoso con él. El aspecto triste de esta página de la Historia de España, que se escribió ayer, una vez más, en la vieja e ilustre Carrera de San Jerónimo, es la situación actual del Príncipe Juan Carlos respecto a su padre. Pero hay otros dos casos más en su familia, aunque por las circunstancias propias de sus tiempos respectivos. Don Fernando VII desplazó del trono a su padre, don Carlos IV, por algo más serio tjuc un golpe de palacio como dicen los manuales superficiales de la Historia, sin perjuicio de que este monarca no tuviera luego, a su regreso del destierro, la estatura necesaria para encabezar el nuevo país que salla de la guerra de la Independencia. A un pueblo que había tomado las riendas, colectivamente, de la nación y de la guerra, le reinstaló el absolutismo. El joven principe don Alfonso XII tuvo que aceptar el trono, con su madre doña Isabel II en el destierro, y con todos los resentimientos de ésta en carne viva. Cánovas no habría podido hacer otra restauración. Don Juan de Borbón y Battenberg. ante el cúmulo de errores de sus monárquicos efectivos y credencializados, una vez pasada la contrariedad de estos instantes, tendrá que hacer dos reconocimientos expresos, aunque amargos, de gratitud y de satisfacción. O el alma humana es también obstinada. La gratitud a Franco por la instauración de una monarquía, cuya corona ha puesto en las sienes de su hijo en medio de un ambiente de indiferencia general eií el país hacia las formas de gobierno, principalmente hacia la forma monárquica. Y satisfacción y orgullo por su hijo, el Príncipe Juan Carlos, que en lugar de haber adoptado una fácil y afectiva actitud de identificación con la empresa monárquica de su padre ha realizado la difícil tarea de ofrecer a la institución monárquica otra posibilidad, mediante el respeto a un sistema político, y con una prudencia y una discreción admirables para que su figura en el país no se acompañara nunca de actos ligeros, o impacientes, o detonantes Una vez me dijo el Príncipe, pienso que conmovedoramente:

«Mi padre me ha enseñado que lo importante es la institución, y lo secundario somos las personas Creo que estoy obedeciéndole.» Después, lo que hara de ocurrir, que sea lo que Dios quiera.

LA MONARQUÍA DE TODO EL RÉGIMEN

DE todas maneras algo no tiene que haber pasado inadvertido al Principe, y ha sido el número de los votos afirmativos: una mayoría aplastante. Ello quiere decir que todo el Régimen le ha ofrecido una votación favorable y clara, y por eso su Monarquía cuando llegue el día, no puede ser otra que la de todo e) Régimen, y no de una parte de él. La de todo el pueblo y no de una sola clase. Creo que no hace falta ser más claro. Muchos hombres del Régimen, por razones que no son imputables al Príncipe, sino a la Monarquía como tema polémico nacional, han hecho un acto de verdadera abnegación, generosidad y patriotismo, votando afirmativamente a don Juan Carlos de Borbón El Príncipe debe tener, en este asunto, buena memoria Uno de los principales éxitos políticos de Franco ha consistido en no haber tenido cortesanía, o grupo, o camarilla, o validos, o inspiradores de oficio. Ahora el Príncipe tiene dos peligros: el de la carrera a la Zarzuela y el de la aspiración a hipotecarle por servicios que realmente nunca han existido con eficacia decisiva. Tendrá que contener impaciencias, y devolver recibos. El pueblo español ahora va a estar más expectante que nunca (Je la imagen política del «Príncipe de España». La Monarquía es erotizante para los monárquicos y alarmante para sectores amplios del país. Las nuevas generaciones tienen un enorme sentido crítico. Ahora el Príncipe va a ejercer solamente la espera. Pero tiene que ser una espera manifestada de voluntades de in-fegración. abierta al mundo nuevo de sus treinta y un años, y hacia un país con el que hay que tener a grandes dosis heroísmo y paciencia.

UNOS TEXTOS NECESARIOS

EL Generalísimo Franco pronunció ayer el discurso rnás frió de conceptos, pero más conmovedor de sentimientos, de toda su vida. Únicamente me gustaría leer si une vez se decidiera a escribirlo, un texto de consejos para eJ Príncipe, a la manera como lo hizo el Emperador Carlos con su hijo Felipe. Un hombre que decidió a su favor una guerra civil; que consiguió no meter al país en la segunda guerra mundial; que ha gobernado con una alianza de fuerzas políticas; que ha metido la nueva época social en un país dominado de antiguo por los influyentes sectores del conservadurismo; que ha presidido las tareas de sacar a España de un atraso económico Inconcebible; que ha sido contemporáneo del fascismo y del comunismo; que ha descolonizado sin violencia; y que está en el poder desde el tiempo de los aviones de hélice, hasta el aterrizaje de dos hombres en la Luna, algunos consejos útiles debe dar a un joven que abre ahora el libro de sus responsabilidades.

Emilio ROMERO

 

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