Nada debemos al pasado  :   
 Afirmación de Franco en las Cortes. 
 Pueblo.    23/07/1969.  Página: 4-6. Páginas: 3. Párrafos: 86. 

NADA DEBEMOS AL PASADO

Elegido don Juan Carlos de Borbón, recibe el título de Príncipe de España

Esta tarde jura lealtad al Jefe del Estado y a las Leyes fundamentales

Francisco Franco Bahamonde, Jefe del Estado, proclamado para la Capitanía de España el 1 de octubre de 1936, en Burgos, designó ayer a su sucesor: el Principe don Juan Carlos de Borbón y Borbón, de treinta y un años.

Las Cortes Españolas, reunidas ayer tarde en sesión plenaria extraordinaria, convocada el pasado día i 7 de! actual, han aprobado la propuesta de Franco, presentada en forma de ley, tras un mensaje de dos mil quinientas palabras, at que dio lectura, con emoción en la voz y firme acento en cada palabra, el propio Jefe del Estado, por cuatrocientos noventa y un «sin, diecinueve «no» y nueve abstenciones. El total de los votos emitidos fue de quinientos diecinueve.

Para esta designación, hecha en un Pleno extraordinario de las Cortes Españolas, que duró una hora y catorce minutos, y, que por todos los observadores políticos, tanto nacionales como extranjeros, habla sido previamente calificada de «histórica», el Jefe de Estado y Caudillo de España ha hecho uso de las prerrogativas que le concedían el artículo 6 de la ley cié Sucesión e !a Jefatura del Estado, aprobada eS 26 de julio de 1947, tras haber sido sometida a referéndum de le nación, y aceptada por el 82 por 100 del cuerpo electoral de aquellas fechas, que representaba el 93 por 100 de los votantes.

La propuesta de Francisco Franco, pare la designación de la persona que en su día habrá de sucederle. estaba contenida en el mensaje que ayer tarde dirigió personalmente a las Cortes, y que tuvo una duración de veinte minutos.

Cuando el Jefe del Estado —que vestía uniforme blanco, de verano, de Capitan General del Ejército de Tierra, llevando en el lado izquierdo superior la gran cruz Laureada de ta Real y Militar Orden de San Fernando, orden que premia ei vaior heroico, y sobre el bolsillo de este mismo lado las insignias y el emblema de Jefe Nacional del Movimiento, tu oro, y en ei lado derecho el de la Legión, con las, barras indicativas de sus anos de servicio en dichas fuerzas mencionó el nombre de su sucesor, la Camara, puesta en pie en su gran mayoría, prorrumpió en aplausos. Franco se puso entonces en pie e inclinando la cabeza correspondió a los procuradores.

Nueve veces fue inteirumpido el Jefe del Estado en el transcurso de la lectura de su histórico mensaje.

También se escucharon voces «¡ muy bien!», en esos momentos. Los aplausos se los tributaron los procuradores puestos en pie. Franco, levantándose, con exquisita cortesía hacia el pueblo español y sus representantes reunidos en el hemiciclo de las Cortes, corresllegar a la votación nomipondió u los aplausos qup se interrumpieron y a las voces que le reafirmaban sus palabras inclinando la cabeza.

Así las Cortes, antes de-nal, daban respuesta a la pregunta que desde hace tiempo se formulaba el pueblo español: «¿Después de Franco, qué?» La respuesta, dada también por el propio Jefe del Estado, iba dirigida a todo el pueblo español, ya que las Cortes, según su ley constitutiva «son et órgano superior de participación dpi pueble español en las tareas del Estado*.

* Calor y emotividad

E] aspecto del salón de sesiones del palacio de las Cortés era impresionante ayer tarde, cuando poco después de las siete, quedó abierta la sesión extraordinaria de la Cámara. Los gruesos muros del edificio. cuya primera piedra fui puesta el 11 de octubre dp 1843, e inaugurado siete años mas tarde, bajo e! reinado de Isabel II, temperaban el calor de la tarde —a las siete, la temperatura en Madrid era de 34 grados—, si bien dentro del salón la temperatura era todavía más elevada, tanto por el propio calor del día como por los más de 30 focos de te televisión y No-Do, y por la misma emotividad del acto que se desarrolla he Alta temperatura, en suma.

E] total de invitaciones distribuidas por el presidente de las Cortes se acercaba a las 300, 200 de las cuales eran para Sos palcos del salón, y el resto para el salón de conferencias, donde estos invitados pudieron seguir el desarrollo de la sesión » través de aparatos monitores de televisión.

A tas siete de la tarde e1 sol caía de pleno sobre la plaza de las Cortes. Un enorme gentío se encontraba agolpado en ella, esperando la II e g a d a de Franco. El sol no era obstáculo y la alta temperatura de la calle tampoco. Muchos de los que aguardaban desde hacía algo más de dos horas improvisaron todo cuanto era posible para mitigar los efectos del calor, y asi. en especial los periódicos, eran los elementos preferidos. Con calma y firmeza, a píe firme, las gentes de Madrid. que representaban allí a las de toda España. aguardaban con una ilusión como nunca la llegada de¡ Jefe de] Estado.

A las siete y un minuto un toque de clarín anunció la presencia de Franco. Le comitiva del Jefe del Estado desembocó en la plaza de las Cortes por la carrera de San Jerónimo: había partido del palacio de Oriente, cruzando ¡as calles de Bailen, Mayor, puerta del Sol y carrera de San Jerónimo, Un inmenso gentío estaba también agolpado en ellas, testimoniando, con vítores y aplausos, un emocionante homenaje a le figura df Francisco Franco como pocas veces se recuerda en la larga historia de ios treinta años de la paz española.

Fuerzas de la guarnición de Madrid cubrían la carrera. Mandaba la línea el coronel de Artillería don Manuel Gutiérrez Redondo. Las fuerzas estaban integradas por un batallón de le brigada de la Defensa Operativa del Territorio número 1, formado por dos compañías del Regimiento de Infantería Inmemorial número 1 y otras dos del Regimiento de Artillería nú mero 13, por otro batallón del Regimiento de Infantería Inmemorial número 1 y otras dos dei Regimiento de Artillería número 13 y por otro batallón del Regimiento de Infantería Sahoya número >5, dp la división acorazada, de ia que era también la baiide de música que acompañaba a esrtas fuerzas

* La llegada de Franco

A las siete y un minuto. Franco descendió de su automóvil. En otros le acompañaban tos jefes y segundos jefes de sus casas Militar y Civil y ayudantes de servicio.

Al apercibirse el gentío congregado en te plaza df las Cortes de la- llegada del Caudillo, sonó una enorme salva de aplausos que casi ahogaba los sones del himno nacional, con e! qu>= era recibido Franco. A! bajar del automóvil. Franco fue saludado por el capitán general de (a I Región Militar, teniente general don Joaquín Fernández de Córdoba, que le acompañó. I" mismo que el ministro dei Ejército, teniente general don Camilo Menéndez Tilosa, en la revista a la? fuerzas que rendian honores. Al llegar a la altura de la bandera, Franco SP volvió hacia la enseña patria y, con aire marcial majestuosamente, saludó militarmente. Las gentes que presenciaban la escena renovaron sus aplausos y sus gritos de «¡Franco. Franco, Franco!»

Tras pasar revista a le compañía del batallón del Ministerio de) Ejército, que rendía honores con bandera y banda, el Jefe del Estado fue saludado por e) Gobierno en pierio, presidente de las Cortes. Consejo del Reino y miembros rfe la Mesa de las Cortes, formada por el presidente, don Antonio Iturmendi Báñales; v i c e presidentes primero y segundo, don Dionisio Martín Sanz y conde de Mayal de, y los secretarios don Tomás Romojaro, don Sancho Dávi!a, don Francisco Lapiedra de Federico y don José Luis Zamanillo y González Camino.

Acompañado por e) Gobierno, la Mesa de las Cortes y Consejo del Reino, además de las personas de su séquito, el Jefe de! Estado hizo su entrada en ei interior del palacio de las Cortes. La gran "«calera de honor estaba cubierta por un gran dosel de damasco rojo en cuyo centro, bordado en oro, figuraba eJ escudo nacionai y en una orla e! de la totalidad do las provincias españolas.

• Se abre la sesión

Ej Caudillo pasó a) salón de sesiones, atravesando el llamado salón de Conferencias. Eran las siete y siete al hacer su aparición en el hemiciclo, y procuradores e invitados, puestos en pie, le tributaron una de las más cariñosas y entusiastas ovaciones que se recuerdan en la Cámara. Los procuradores en Cortes vestían chaquet o uniforme con condecoraciones.

Junto al Jefe del Estado, a su derecha, tomó asiento el presidente de las Cortes. En el estrado presidencial se encontraban también los restantes miembros de ta Mesa de las Cortes. Tras el Jefe del Estado se encontraban, igualmente, el jefe de su Casa Militar, teniente general don Juan Castañón de Mena; el de le Casa Civil, conde de Casa Loja; segundo jefe de la Casa Militar, genera] del Ejército del Aire, don Enrique de la Puente Bahamonde, y segundo jefe de la Casa Civil e intendente civil, don Fernando Fuertes de Villavicencio.

En el banco azul, y a la cabeza de él, el vicepresidente del Gobierno, almirante don Luis Carrero Blanco, tomaron asiento los ministros de Asuntas Exteriores, don Fernando María Castiella y Maíz; Justicia, don Antonio María de Oriol y Ur-quijo; de Ejército, teniente general don Camilo Menéndez Tolosa; de Educación y Ciencia, don José Luis Villar Palasí: de Marina, almirante don Pedro Nieto Antúnez; de Hacienda, don Juan José Espinosa San Martín; de Gobernación, teniente general don Camilo Alonso Vega; de Obras Públicas, don Federico Silva Muñoz; de Trabajo, don Jesús Romeo Gorría; de Industria, don Gregorio López Bravo: de Agricultura, don Adolfo Díaz-Ambrona Moreno; secretario general del Movimiento, don -Tose Solls Ruiz: del Aire, teniente general don José Lacalle Larraga: de Comercio, don Faustino G a r c i a-Moncó Fernández; de Información y Turismo, don Manuel Fraga Iribarne; de Vivienda, don José María Martí-lez Sánchez-Arjona, y comisario de Desarrollo Económico y Social, don Laureano López Rodó.

En la tribuna leí Cuerpo Diplomático se encontraban los jefes de las misiones acreditadas en Madrid, con su decano, el Nuncio de Su Santidad en España, monseñor Luigi Dadaglio.

Un silencio impresionante hizo percibir claramente las palabras del Caudillo cuando dijo: «Se abre la sesión.» Los relojes marcaban las siete y nueve de le tarde.

23 de julio de 1969

PUEBLO

NADA DEBEMOS AL PASADO

( Afirmación de Franco en las Cortes )

MENSAJE DE FRANCO

Señores procuradores: El Movimiento Nacional, iniciado en los graves momentos en que estábamos empeñado» en una dura guerrra para salvar a la Patria, ha demostrado, al correr de estos treinta años, la capacidad creadora necesaria para encontrar las soluciones más adecuadas a la demanda de cada situación.

Durante este largo tiempo ha seguido un proceso constitucional abierto que se inicia, en 1938, con (a promulgación tl>> la ley del Fuero del Trabajo, que establece los principios sociales y laborales y que se va continuando con una serie de seis leyes que, en base a su elevado rango, toman la denominación de fundamentales. Así surgieron la ley constitutiva de las Cortes, el Fuero de los Españoles, la ley de

Referéndum Nacional, la de Sucesión en la Jefatura del Estado, la de Principios del Movimiento y la Ley Orgánica del Estado.

Garantizada la perfección técnica y la oportunidad política de cada una de ellas, con ocasión de la ley de Sucesión a la Jefatura del Estado, en la que se regulaban cuestiones fundamentales par» el futuro español y se establecía el carácter fundamental de las leyes promulgadas con anterioridad, fue sometida ,-a referéndum nacional, que significó una ratificación a las normas de carácter constitucional aparecidas en España hasta aquel momento. Un nuevo referéndum, en diciembre de 1966, aprueba, por una mayoría impresionante, la Ley Orgánica del Estado, que da confirmación definitiva a la Constitución española.

• La apertura de la Constitución

La, apertura de la Constitución española y la posibilidad de completarse y adaptarse a las exigencias de cada momento no afecta, sin embargo, a su estabilidad o. permanencia; por el contrario, nuestras Leyes Fundamentales tienen vocación de futuro al establecerse un camino para derogarlas o modificarlas, para lo que será necesario, Además del acuerdo de las Cortes, el referéndum nacional, que imprime a las citadas leyes de una continuidad en el tiempo que garantiza la eficacia como elemento básico para el desarrollo ordenado de la convivencia social de los españoles.

El proceso de la unidad de mando con atribución de las respectivas competencias a las má altas instituciones públicas culminó en la Ley Orgánica del Estado, respaldada por los votos de los españoles en el clamoroso referéndum del 14 de diciembre de 1966, convertida en Ley por mi sanción el 10 de enero de 1967. Entre las normas y previsiones que en ella se establecen se encuentran aquellas que afectan a la sucesión en la Jefatura del Estado, siguiendo una línea sostenida desde los primeros momentos del Alzamiento Nacional; ya con ocasión del decreto de Unificación de 19 de abril de 1937 se consideró la posibilidad, cuando hubiéramos dado cima a la ingente tarea de la reconstrucción espiritual y material de España, y si las conveniencias políticas y los sentimientos del país lo aconsejaban, de llegar a instaurar en la nación el régimen secular que forjó su unidad y su grandeza histórica.

El proceso era de una lógica abrumadora. La República, que va de abril de 1981 a julio de 1936, compendiaba en si todas las alteraciones, revoluciones, anarquía y desenfreno dr la etapa que le precedió.

En poco más de cinco años tuvo dos presidentes, dieciocho Gobiernos, una Constitución constantemente suspendida, persecución re. ligios- perenne, incendios de conventos e iglesias, constantes movimientos de perturbación de] orden público, apertura al comunismo, intentos de separación de dos regiones; sucesos que culminaron en el asesinato por orden del propio Gobierno, del jefe de la oposición parlamentaria, señor Calvo Sotelo. El balance no piulo ser más trágico.

Si la democracia inorgánica de los partidos políticos puede Constituir para otros pueblos un sistema, si no de felicidad, al menos llevadero, ya se vio por dos veces en nuestra Historia lo que la República representó para nuestra Patria. Él oral no residía en sus hombres, sino en el sistema. Lo padeció nuestra Monarquía, bajo el régimen parlamentario de democracia inorgánica, basado en los partidos políticos, que la arrastró a sucumbir, ante el simple hecho de unas elecciones municipales, en que se perdió la mayoría en las grandes ciudades. Ni lo tradicional de la institución monárquica ni la existencia de una franca mayoria en la totalidad de los sufragios de la nación le permitieron superar el hecho de la debilidad intrínseca a que habia llegado la institución bajo el régimen de partidos.

• Firmeza de tas instituciones

No hay estabilidad sin la unidad en la asistencia pública. Los edificios se levantan de ahajo arriba y no se comienzan por el tejado. Por eso, una vez conseguida la firmeza de nuestras instituciones, como os afirman et mi mensaje radiado de 31 de marzo de 1947, cuando nada podría destruir el edificio levantado, ni poner en peligro lo a tanta costa alcanzado, envié a las Cortes para vuestra deliberación la ley de Sucesión a la Jefatura del Estado, por la cual el Estado español, de acuerdo con su tradición, se declaraba constituido en Reino.

No se trataba de volver a lo arcaico y menos a lo pasado, sino el incorporar los principios de nuestra tradición histórica, dándoles plena movilidad y continuidad, manteniendo a través del tiempo, por el inevitable relevo de las personas, consecuencia de la condición mortal del ser humano, la trayectoria de nuestro Movimiento, al cual dio vida y proyección hacia el futuro la sangre de nuestra generación.

• Nada debe al pasado

En este orden creo necesario recordaros que el Reino que nosotros, con el asentimiento de la nación, hemos establecido, nada debe al pasado; nace de aquel acto decisivo del 18 de Julio, que constituye un hecho histórico trascendente que no admite pactos ni condiciones. (Grandes aplausos.) La forma política del Estado nacional establecida en el principio séptimo de nuestro Movimiento, refrendada unánimemente por los españoles, es la Monarquía tradicional, católica, social y representativa.

Alguna vez os he recordado que el argumento que contra nuestra estabilidad política se esgrimía por los enemigos de fuera, secundados por algunos pobres de espíritu de dentro, es el especular con la crisis del mañana, en que pueda faltar mi Capitanía. Para cuando ese dia llegue, el hábito de ejercitar nuevos recursos de vida política y la existencia de un heredero ungido por las leyes, aclara para todos las cosas y facilita la superación de tal momento. Si en nosotros alimentamos una fe y seguridad en nuestra-obra,, es porque creemos contar con esas condiciones previas necesarias a la continuidad y a la estabilidad política.

La legitimidad de ejercicio constituye la base de la futura Monarquía, en que lo importante no es la forma, sino precisamente el contenido.

Los Principios del Movimiento Nacional, mantenidos de una manera permanente y celosamente asistidos por los españoles, han de tener, con el transcurso natural del tiempo, una aplicación concreta, que a la vez será la prueba más eficaz ante la conciencia universal de la solidez de nuestras instituciones y de la continuidad de aquél, que es el que verdaderamente, con el transcurso del tiempo, se sucede a. sí mismo. El relevo de la Jefatura del Estado constituye un hecho normal impuesto por la condición mortal de los hombres. Todo el armazón institucional permanece con idéntica capacidad creadora, ejerciendo sus funciones los hombres que con aptitud legal y reconocida lealtad sean los más capaces para desempeñarlos.

La ley de Sucesión de la Jefatura del Estado establece en su artículo sexto qne «en cualquier momento el Jefe del Estado podrá proponer a las Cortes la persona que estime deba ser llamada en su día para sucederle, a título de Rey o Regente». Esto, que fue promulgado hace más de veintiún años (el 26 de julio de 1947), tras haber sido sometido a referéndum de la nación y votado por el 83 por 100 del cuerpo electoral, que representó el 93 por 100 de los votantes, ha. sido ratificado unánimemente en el referéndum de 14 de diciembre de 1966, que con ocasión de la Ley Orgánica del Estado puso de manifiesto la clamorosa adhesión popular (85,5 por 100 del cuerpo electoral, que representó el 95,86 por 100 de los votantes) al conjunto de las siete Leyes Fundamentales que integran nuestro ordenamiento.

Con un intervalo de veinte años, prácticamente dos generaciones sucesivas fie españoles han sido consultados y han dado, casi unánimemente, la misma respuesta. No cabe manifestación más terminante de la voluntad popular en este orden de la designación de sucesor en la Jefatura del Estado.

La fórmula sucesoria que contiene el artículo octavo de Ir ley de Sucesión constituye una fórmula supletoria para un caso de emergencia que, pese a todas las cautelas establecidas, entraña evidentemente una dilación en la resolución de la crisis, que queda definitivamente resuelta haciendo uso del artículo sexto de la ley de Sucesión.

Es cierto que desde 1947, en que se promulgó la ley de Sucesión, hubiera podido hacerse, pero entonces no se había dado cima al proceso institucional y determinado los deberes y facultades futuras del Jefe del Estado en materip tan importante como la forma de designación del presidente del Gobierno y señalamiento de sus atribuciones.

En estos últimos años, con la ley de Principios de] Movimiento Nacional y la Ley Orgánica, del Estado, se ha completado el proceso institucional y permitido formar un juicio exacto sobre las personas y las garantías de acierto para su designación. Así como el transcurso de más tiempo, dada mi edad, no ofrecerá ningún nuevo elemento de juicio que pudiera hacer cambiar mi decisión. A la hora de decidir sobre tan importante materia, considero que no debo exponer a la Nación a los azares y dilaciones que entraña la aplicación de la fórmula supletoria establecida en el artículo octavo de la ley. Así, pues, consciente de mi responsabilidad ante Dios y ante la Historia, y valorando, con toda objetividad, las condiciones que concurren en la persona del príncipe don Juan Carlos de Borbón y Borbón que, perteneciendo a la dinastía que reinó en España durante varios siglos, ha dado claras muestras de lealtad a los Principios e instituciones de] Régimen, se halla estrechamente vinculado a (os Ejércitos de Tierra, Mar y Aire, en los cuales forjó su carácter, y al correr de los últimos veinte años ha sido perfectamente preparado para la alta misión a que podía ser llamado y que, por otra parte, reúne las condiciones que determina el artículo 11 de la ley de Sucesión en la Jefatura del Estado, he decidido proponerlo a la Nación como su sucesor (grandes aplausos y aclamaciones al Caudillo).

Esta designación se halla en todo conforme con el carácter de nuestra tradición, gloriosamente representada en los bravos luchadores que durante un siglo se mantuvieron firmes contra la decadencia liberal (grandes aplausos y vítores), y frente a la disolución de nuestra Patria por .obra del marxismo, asegura la unidad y la permanencia de los Principios del Movimiento Nacional, está en todo conforme con las normas y previsiones de nuestras leyes, y en su persona confluyen las dos ramas que en su día determinaron las pugnas sucesorias del siglo pasado.

• Instauración, no restauración

En resumen: el artículo primero de la Ley de Sucesión establece que España, como unidad política, es un Estado católico, social y representativo, y de acuerdo con su tradición se declara constituido en Reino; asimismo el artículo sexto determina que en cualquier momento el Caudillo puede proponer a las Cortos la persona que estime debe ser llamada a sucederle, sin más condición que ser de estirpe regia, varón, español, haber cumplido la edad «e treinta años, profesar la religión católica, poseer las cualidades necesarias para el desempeño de tan alta misión y jurar las Leyes Fundamentales, así como lealtad a los Principios que informan el Movimiento Nacional. Se trata, pues, de una instauración y no de una restauración (grandes aplausos y aclamaciones), y sólo después de instaurada la Corona en la persona de un Príncipe comienza el orden regular de sucesión qne se refiere en el articulo 11 de la misma ley.

• Garantía de continuidad

La resolución de este problema sucesorio queda en esta forma perfectamente definida y clara, y dará a los de dentro, lo mismo que a los de fuera, una garantía de continuidad, acabando definitivamente con las especulaciones internas y externas y con los enredos políticos de determinados grupos (grandes aplausos), al tener el Príncipe un «status» que le define como heredero, que le permitirá consolidar a rai lado su formación (grandes aplausos y aclamaciones) y perfeccionar el conocimiento de los problemas nacionales.

Sobre mi persona pesa la responsabilidad histórica de impulsar desde la Jefatura del Estado el robustecimiento y multiplicación de los frutos que ha producido el Movimiento Nacional desde el 18 de julio de 1936. A| mejor servicio de Dios y de la Patria tengo consagrada mi vida, pero cuando por ley natural mi Capitanía llegue a faltaros (grandes aplausos), lo que inexorablemente tiene que llegar, es aconsejable la decisión que hoy vamos a tomar, que contribuirá, en gran manera, a que todo quede atado y bien atado para´ el futuro (grandes aplausos).

No quedará ya duda, vacilación ni reserva mental posible en el cumplimiento de lo establecido en las Leyes Fundamentales, en cuyo servicio damos este importante paso, con la garantía de que lo mismo que ayer triunfamos en la guerra, nos libramos de la conflagración mundial (grandes aplausos), resistimos la conjura internacional y hemos lanzado al país por los mejores derroteros del progreso y de la justicia social, se mantendrá en lo sucesivo la línea recta de nuestra marcha .V las metas de nuestras aspiraciones.

Hemos creado un verdadero Estado de Derecho, con sentido de continuidad histórica, de espíritu moderno, inspirado en los postulados de la justicia social, y hemos asentado su futuro no sobre la vida de un hombre, sino sobre el amor del pueblo y la estabilidad de sus instituciones. E] desarrollo de la acción sindical y el perfecciona miento de los órganos del Movimiento nos permitirá el que su utilización se acompase al ritmo del mundo, que ya no camina hacia fórmulas viejas y caducas, sino de concepción nueva, esperanzadoras y eficaces.

Hoy no se puede decir que las monarquías representen al sector conservador de tos pueblos, pues, si contemplamos las monarquías de las distintas naciones del norte europeo, tenemos que. reconocer el progreso y la eficiencia social que registran, a las que dio estabilidad y garantías de continuidad. Pero no tenemos que ir a buscar fuera ejemplos de que lo trascendente de las instituciones no es el nombre, sino tí con-t »ido; la monarquía de los Beyes Católicos, que tantos años de gloria fió a la Ifal ción, es un ejemplo perenne de su popularidad y de la deí´eiisa constante de los derechos sociales de nuestro pueblo.

• Monarquía def Movimiento

Estas son las razones por las qne yo os pido (grandes aplausos) vuestra aprobación a esta propuesta, que supone el desarrollo normal de un proceso previsto en nuestras leyes, en beneficio de- I» Nación española, que robustecerá el principio de la. unidad que iniciamos un dia con la Unificacióm, que ha permitido afirmar en la convivencia nacional los Principios del Movimiento, que garantizan la continuidad del Régimen nacido el 18 de julio de 1936, en cuya legitimidad se funda. Porque ha de quedar claro y bien entendido, ante los españoles de hoy y ante las generaciones futuras, que esta Monarquía e* la que, con el asenso clamoroso de la Nación, fue instaurada con la ley de Sucesión de 7 de julio de 1947, perfeccionada por la Ley Orgánica del Estado, de 10 de enero de 1967; Monarquía del Movimiento Nacional (grandes aplausos y aclamaciones), continuadora perenne de sus Principios e instituciones y de 1» gloriosa tradición española. Por ello, para cumplir las previsiones sucesorias, se instaurará, en su día, la Corona en la persona que hoy proponemos como sucesor, mediante la aprobación de la ley a que va a dar lectura el señor presidente de las Cortes (prolongados aplausos y vítores de «¡Franco! ;Franco!»).

(Afirmación de Franco^ en las Cortes /

• La votación

Invirtió en la lectura, el presidente de las Cortes, siete minutos.

El senor Iturmendi anunció a la Cámara que se iba a proceder a la votación, si bien da cuenta que han sido presentados varios escritos solicitando forma concreta de votación, y en tre los cuales, uno, en el que el primer firmante es don Jose Ángel Zubiaur Alegre, pide votación nominal y secreta. Asimismo, dijo el señor Iturmendi. han sido presentados dos escritos, firmados cada uno de ellos en primer lugar, por1 don Tomás Romojaro y don Salvador Serrats y Urquiza, con cincuenta y nueve y veintidós firmantes, respectivamente, solicitando votación nominal y pública.

A continuación, el presidente de las Cortes explicó las razones por las que había sido desestimado el escrito que p e.d i a votación nominal y secreta. «En primer lugar —dijo—, porque la votación secreta excluye toda materia legislativa, y lo que se somete a aprobación —señaló— es un proyecto de ley.> «Además —continuó diciendo el señor Iturmendi—, según el Reglamento de las Cortes, ha de efectuarse votación secreta en aquellos nombramientos a que alude dicho reglamento, es decir, a la elección de la Mesa, y de los procuradores que han de representar a la Cámara en otras instituciones.» Por último, subrayó que «la condición de sucesor en ia Jefatura deJ Estado no significa ostentar un cargo, sino una

institución».

Después, por el secretario don Tomás Romojaro Sánchez, se dio lectura al artículo 15 de la ley de Sucesión, que se refiere a que la validez de los acuerdos, en lo que respecta a la ley de Sucesión. precisa el, voto favorable de dos tercios de los procuradores presentes, qu« habrá de equivaler, por lo menos, a la mayoría absoluta del total de los procuradores.

Antes de procederse a la votación, el presidente hizo varias recomendaciones sobre la forma en que se desarrollarla aquella. A este respecto dijo que ningún procurador podía ausentarse del salón de sesiones y que los que aprobasen el proyecto de ley debían decir «sí», los que lo rechazasen, «no», y los que se abstuviesen debían manifestarlo explícitamente. Igualmente, señaló el orden de la votación, que fue el siguiente: en prirner lugar, el Gobierno; después, los presidentes de las distintas comisiones de la Cámara, y a continuación, el resto de los procuradores, por orden alfabético, para terminar la votación, los miembros de la Mesa de las Cortes.

A las siete y cuarenta y seis minutos fue emitido el primer voto, «sí», pronunciado por el vicepresidente del Gobierno, don Luis Carrero Blanco. Siguen emitiendo su voto los restantes procuradores —uno de ellos, don Fernando Matéu de Ros, dice «sí. por Franco»— en una larga serie de «síes» que esporádicamente se ve quebrada por un «no» o una abstención. A las ocho y veintidós minutos votó el último procurador, don José Zurrón Rodríguez. El «sí» inicial tuvo también un «ki» final, en la voz de este p r o c u r ador de Ceuta.

En el hemiciclo hacía en esos momentos un extraordinario calor, y los procuradores e invitados hacen todos los intentos posibles para mitigarlo. En las manos de muchas de las damas invitadas se veían, con cierta envidia, eficaces abanicos.

El señor Romojaro, en nombre de la Mesa, dijo: «Si algún procurador no ha sido nombrado, que lo diga ahora.» Hubo un silencio, y, a continuación, el presidente de las Cortes dio orden de que se leyeran los resultados de la votación, para su proclamación final. El señor Romojaro Sánchez procedió a dar lectura de ellos. Son los siguientes:

Quinientos diecinueve votos emitidos, de ellos, cuatrocientos noventa y un «si», d i e c i nileve «no» y nueve abstenciones.

El Jefe del Estado, entre una ovación, dijo sólo cuatro palabras: «Queda aprobada la ley», y levantó la sesión.

Instantes después, el Jefe del Estado, Generalísimo Franco, acompañ a d o del Gobierno, de los jefes y segundos jefes de sus casas militar y Civil, y Mesa de las Cortes, abandonó el salón de sesiones, a las ochó y veintisiete minutos. En la plaza de las Cortes, antes de subir al automóvil en el que regresó a su residencia, en el palacio de El Pardo, el público que había permanecido allí mientras se desarrollaba la histórica sesión, volvió a tributar al Caudillo una cordial y emotiva despedida. Eran las ocho y treinta y un minutos. (Cifra.)

 

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