Tema importante sobre la sucesión     
 
 ABC.    21/12/1972.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

ABC. JUEVES 21 DE DICIEMBRE DE 1972. EDICIÓN DE

TEMA IMPORTANTE SOBRE LA SUCESIÓN

Entre los justísimos elogios dedicados por el vicepresidente del Gobierno al Jefe del Estado con motivo de su ochenta cumpleaños hay uno —el de la previsión del futuro— que tiene especial relieve y significación. A diferencia de lo que es habitual en los regímenes excepcionales de mando personal, Franco ha tenido una ejemplar preocupación previsora por la sucesión. Gracias a ella ha evitado en lo humanamente posible el salto en el vacío, el diluvio agorero y la quiebra de la continuidad. De toda la larga y fecunda obra del Generalísimo Franco lo que más ha agradecido el español medio ha sido, sin duda alguna, la previsión sucesoria. Cuando en 1969 el Jefe del Estado propuso a las Cortes como sucesor a título de Rey al Príncipe Don Juan Carlos de Borbón, los españoles —coincidiendo unos, discrepando otros— dieron todos un largo suspiro de alivio. Franco acababa de garantizar la continuidad de la paz.

Pero el 22 de julio de 1969 sólo fue la fecha en que cristalizó toda una paciente y compleja operación sucesoria con la que Franco quiso dejar atadas y bien atadas las cosas para el día en que Dios disponga de su vida. Así la Ley de Sucesión que constituía al país en Reino y que fue sometida a referéndum en 1947; así, las tres entrevistas mantenidas por el Jefe del Estado en 1948, 1954 y 1960 con ese gran patriota, con ese español de excepción que es el Jefe de la Casa Real Española, Don Juan de Borbón, Conde de Barcelona; así, la venida a España en 1948 del Príncipe Don Juan Carlos como consecuencia de la primera de esas entrevistas ; así, la cuidada educación militar y universitaria del Príncipe, que, concluidos sus estudios, pasó. a. ocupar la derecha de Franco en el acto público más relevante del año, el Desfile de la Victoria; asi, la proclamación en 1958 de los Principios Fundamentales del Movimiento, cuyo punto VII establece, de forma inalterable que no admite revisión, la Monarquía tradicional, católica, social y representativa; así, ta residencia de la Zarzuela, puesta por el Gobierno a. disposición del Príncipe, para que estuviera en contacto permanente con el Jefe del Estado, los departamentos ministeriales y la vida del país i así, en fin, la Ley Orgánica del Estado, que sanciona una vez más la Monarquía y establece la relación entre el Rey y el Gobierno, ley clamorosamente refrendada el 14 de diciembre de 1966.

Pero no concluyó con la Ley Orgánica y la elección de sucesor tres años más tarde la preocupación sucesoria de Franco. En 1971, por decreto ley de la Jefatura del Estado de 15 de julio de ese año se encomendaba directamente al Príncipe la sustitución del Jefe del Estado en caso de ausencia o enfermedad, modificando la Ley de Sucesión que reservaba esta función al Consejo de Regencia. Y el 14 de julio de 1972 otro decreto ley de la Jefatura del Estado establecía, con admirable sentido previsor, que, producido el fallecimiento del Caudillo sin que éste hubiera designado presidente del Gobierno, el vicepresidente del mismo quedaría investido como presidente hasta que el Rey haga uso de la potestad que le otorga el artículo 15 de la Ley Orgánica, o se produzca alguna de las circunstancias que dicho artículo contempla.

Ahora, tras las palabras del almirante Carrero Blanco a las que aludíamos al iniciar este comentario, se habla en las alturas políticas de un posible decreto ley sobre algunos aspectos del contenido del artículo 11 de la Ley de Sucesión, que comienza así: «Instaurada la Corona en la persona de un Rey, el orden regular de sucesión será el de primogenitura y representación...-» De aquí se deduce claramente que el Príncipe Don Juan Carlos, sucesor en la Jefatura del Estado, no podrá transmitir derechos hasta que sea instaurada la Corona. Y que si falleciera antes que el Jefe del Estado sería necesario repetir íntegramente la complicada operación de proponer a las Cortes nuevo sucesor y de que éstas sancionaran la propuesta.

Todo ello abriría de nuevo una angustiosa interrogante de cara al futuro y provocaría una situación de grave y peligrosa inestabilidad política.

El supuesto al que nos referirnos es bien improbable, pero no imposible. Y si en los dos últimos años decretos leyes de la Jefatura del Estado han previsto la sustitución de Franco para casos de ausencia o enfermedad y el automático ascenso a jefe del Gobierno del vicepresidente del mismo en caso del fallecimiento del Caudillo, parece lógico y es digno de aplauso el que ahora, apurando esa ejemplar política previsora de la que Franco ha dado tantas muestras, se piense en poner en vigor una parte del artículo 11 de la Ley de Sucesión para que adquieran constitucionalmente derechos los descendientes del Príncipe, sin necesidad de esperar a que se instaure la Corona en su persona. Se despejarían así todas las posibilidades de quiebra sucesoria y se habría concluido, fume y segura, la soldadura entre el presente y «1 futuro para garantía de la paz y el bien común de los españoles.

 

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