Autor: Ruiz Gallardón, José María. 
   "Españoles ante la sucesión"     
 
 ABC.    13/02/1975.  Página: 47-48. Páginas: 2. Párrafos: 11. 

13 DE FEBRERO DE 1975. EDICIÓN DE LA MAÑANA. PAG. 47.

«ESPAÑOLES ANTE LA SUCESIÓN»

De varios autores,

Editorial Guadiana, Madrid, 1975.

Por José María RUIZ GALLARDON

SOY un muy decidido partidario de la libertad de expresión. Me parece que no es bueno que las ideas permanezcan encorsetadas, con dificultades para ser expuestas. Pero, al mismo tiempo, pienso que no es lícito decirlo o imprimirlo todo; que la sociedad puede y debe imponer unas reglas; que ese es el papel del Derecho y que no estimarlo, en la doctrina y en la práctica, así, conduce a la anarquía. Esos límites, ese campo de juego, esas reglas son las que constituyen el tono y el talante de una sociedad civilizada. No es aceptable, es hasta inmoral, la apología de! delito. Y al que obre en ese sentido y con tal finalidad la sociedad debe coartarle con la imposición de las sanciones correspondientes. Por la misma razón que entiendo que la crítica y la discrepancia no sólo son lícitas, sino que son necesarias, ya que sin ellas se acaba en el monolitismo autocrático, me declaro decididamente partidario del establecimiento, defensa y mantenimiento de un conjunto de normas que ordenen la convivencia de los hombres en sociedad. Normas que han de ser fiel reflejo de las aspiraciones sociales, pero que, por lo mismo, no pueden permitir que, al socaire de la defensa de la libertad, se atente, descarada o solapadamente, contra el bien común, contra el fundamento de la autoridad y del Estado. Normas que no son ni pueden ser únicamente de carácter formal o procedimiento, sino también sustantivas y materiales. En tanto en cuanto el Estado es la expresión jurídica del orden social, es de su incumbencia la defensa de ese mismo- orden y la defensa de la libertad dentro de aquél de los ciudadanos y grupos sociales. Lo contrario, repito, produce el caos, el desprestigio de la autoridad, la subversión institucionalizada.

El lector se preguntará a qué viene todo lo anterior. Pues viene a cuento del libro que hoy comento en las páginas de A B C. No es un ejemplo único y excepcional. De un tiempo a esta parte abundan en demasía las publicaciones en las que de una manera cada vez más abierta y frontal se ataca y combate —a veces con inequívocos caracteres demagógicos e intelectualmente deleznables:— la esencia misma del Estado español, de la sociedad en que vivimos y en la que aspiramos a progresar, y, me importa muchísimo decirlo, la posibilidad, cualquier posibilidad ordenada, legal y coherente de evolución del sistema.

Algunos ejemplos he traído a las columnas de este periódico. Pocos o ninguno tan significativo como el que presento hoy. Veámoslo.

Editorial Guadiana está regida por hombres jóvenes y dinámicos, muy expertos conocedores de su oficio y del medio al que dirigen sus publicaciones. Detectan con rara y elogiable puntualidad los temas de mayor interés y saben presentarlos al público lector, singularmente a los universitarios, ofreciendo puntos de vista suscritos casi siempre por firmas de primera fila. Al modo como se viene haciendo con singular éxito en otros países, Guadiana ofrece, en forma de libro, encuestas a las que responden figuras notablemente versadas en el tema concreto de que en cada caso se trata. Sin duda ese ha sido el propósito de los editores al dar a la luz el libro «Españoles ante la sucesión». El hecho sucesorio es tema de preocupación creciente, qué duda cabe, para todos los españoles. Y es bueno y por supuesto lícito que pueda conocerse la opinión que ante tal tesitura tienen algunos hombres significativos. En el libro aparecen, con su firma, los criterios de diversos hombres públicos del momento. Naturalmente, no todos coinciden y la discrepancia es, a veces, muy importante incluso dentro del marco del respeto debido a la legalidad fundamental española en el que se mueven la gran mayoría de los encuesta-dos. No piensan igual, por ejemplo, Antonio María Oriol y Gonzalo Fernández de la Mora que Dionisio Ri-druejo y Fernando Alvarez Miranda. Pero aquéllos y éstos se pronuncian dentro del marco constitucional. Es perfectamente legítimo —y bueno— que haya quien opine que «el repertorio de competencia que se atribuye al futuro Rey en la Constitución vigente convierten al Príncipe Juan Carlos en protagonista calificado para evitar una ruptura violenta de la legalidad nacida del 18 de Julio; pero ello exigiría el planteamiento de una consulta popular sincera y amplia, garantizar la efectividad de las reformas que se derivaran de dicha consulta y presidir una generosa amnistía» (Alvarez Miranda). Cabe incluso opinar, como Ridruejo, que «si la Monarquía se concihe como un poder, ello supone la admisión del principio de legitimación histórica que está en contradicción con el de legitimación democrática. A pesar de ello no me opongo ?. la Monarquía, pero para aceptarla necesito que la Monarquía no sea un poder, sino solamente un símbolo de la continuidad nacional». Yo y muchos lectores conmigo, no pensarían exactamente asi. Pero son opiniones respetables, que responden a un sentir sincero y que, lo subrayo, lio preconizan la subversión violenta del oraen institucional.

Pero hay otras actitudes en el libro que comentó rigurosamente inadmisibles. No me toca a mí su enjuiciamiento jurídico en el terreno de lo sancionable. No soy fiscal, sino crítico de libros políticos. No estoy actuando como abogado de la acusación, oficio que por otra parte creo conocer, pero sí tengo el deber en conciencia de declararme absolutamente contrario a opiniones políticas irracionales, tópicas y demagógicas. Voy a poner algún ejemplo de entre íys varios que cabe espigar en este libro,

Hay quien dice —y se queda tan fresco, esperando quizá que su nombre aparezca en las columnas de algún periódico en tono admirativo, como no es infrecuente que venga ocurriendo— que «la Monarquía, suavizada o no, tiene una esencia personalista, autoritaria, privilegiada y clasista, que hace de ella una fórmula anacrónica y fósil de la política»; «la república es, por esencia, democrática, y la Monarquía autoritaria, con un principio de autoridad que históricamente tiene hasta raíces tcosóficas rechazables por cualquier mente medianamente formada», para terminar con esta delirante afirmación: «Y además pragmáticamente, hablar de Monarquía en España .para el pueblo liso y llano, no para los aristócratas, validos, protegidos, cortesanos y demás personajes de palacio, significa explotación, opresión, sometimiento, centralismo y, en suma, atraso.» ¡Ahí queda eso! Parece mentira que un universitario (que se entiende no debe ser un analfabeto político) ponga su firma al pie de esas líneas. Pero no es mentira, es una realidad y muy importante en la España de comienzos de 1975. Una realidad que nace de una previa toma de principios: el marxismo de su autor proclamado en cuantas ocasiones se ¡e han facilitado, que son muchas.

Hablar hoy en España de una Monarquía «cortesana» o de «validos» es como hablar >!* los habitantes de

la Luna. Decir que la Monarquía tiene que ser por esencia autoritaria y por lo mismo antidemocrática es un tópico tan de tarugo que califica de ignaro bípedo a quien lo sustenta. No percatarse de que la Monarquía, si es algo, es para y en función del pueblo, es desconocer la Historia y, lo que resulta más triste, no querer ver la realidad. Y así todo.

Pero no es tan sólo el autor citado el que se extrema en esos términos. Un docto profesor le acompaña. Y así dice éste sin rebozos. «En cuanto socialista-marxista soy republicano, y estoy convencido de que llegará un período histórico en que la Monarquía, como forma de gobierno, no tendrá significado», y añarle mas adelante: «Objetivamente, Don Juan Carlos es el continuismo, aunque subjetivamente piense y desee otra cosa. No le veo más ventajas al continuismo que la posibilidad de dejar de serlo, dando desde dentro un golpe fácil y decisivo al sistema.»

He ahí una preclara aportación intelectual de un teórico marxista: la incitación al golpe «fácil y decisivo» al sistema desde el cénit del propio sistema. ¡Oh irreprimible resultado de la frustración socialista-republicano-revanchista!

Lector: esto es algo de lo que se publica hoy en España. Y esto lo leen nuestros hijos. En este clima se forman. Juzga en tu conciencia, lector, sobre estos topicazos, pedruscos demagógicos fáciles, indigeribles para cualquier mente formada, incitaciones a la incivilidad en nombre de una democracia, de una libertad que, por otra parte, y sin ir más lejos, es la que «están gozando» en Portugal los correligionarios socialistas de los autores aludidos.

Un Estado —y más aún una sociedad— que inteleetualmente —1« subrayo: inte-lectualmente— no sabe reaccionar oponiendo —y es facilísimo— a los seudoar-gumentos las razones de nuestro ser como españoles son un Estado y una sociedad qu« empieza a dimitir de su tarea histórica. Hay que decirlo con todas sus letras. Pero 110 es por vía del Tribunal de Orden Público Por donde se erradican las ideas. Hay que proceder, y ya desde ahora mismo, al rearme espiritual de los españoles. Distinguir entre la discrepancia y la crítica fundada y ¡a subversión ideológica perfectamente orquestada. Todos: autores, editores y lectores. Y contraargu-meiitar con bases y datos ciertos a los manipuladores del prejuicio y la frase heeha. Tenemos la obligación de dejarnos de minucias y responder en su terreno a quienes aumentan al rescoldo de guerra civil que aún queda entre nosotros. Porque son esos hombres, esos políticos, esos intelectuales los que ciertamente quieren la revancha, no la superación de nuestra guerra civil. Son ellos quienes desean resucitarla. Y nosotros los que en nombre de la paz, la Justicia y la libertad los que debemos oponernos a. esas soluciones «a la portuguesa» que terminan siempre en regímenes «a la rusa».

Esa es la tarea, ¿sabremos cumplirla? Yo, por mí parte y en mi modestia, ofrezco mi colaboración. Ahora, la ´palabra la tiene el país.—J. M. K. G.

ABC. JUEVES 13 DE FEBRERO DE 1975. EDICIÓN BE LA MAÑANA. PAG. 48.

 

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