Los perfiles de la transición (VI). 
 Las diferencias entre las asociaciones     
 
 ABC.    10/08/1975.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

ABC. DOMINGO. 10 DE AGOSTO DE 1975.

LOS PERFILES DE LA TRANSICIÓN (VI)

LAS DIFERENCIAS ENTRE LAS ASOCIACIONES

Una de las perplejidades que produce la observación desapasionada del panorama asociativo actual es la ausencia de claros perfiles definitorios y distintos entre unas y otras asociaciones. Si al ciudadano medio español, y hasta al especialmente vocado a las cuestiones políticas, se le pregunta que distinga entre las que han hecho acto de presencia en la escena política, sin duda se encontrará en serias dificultades.

Cierto que estamos aún en etapa previa de constitución. Pero no menos cierto que casi todas ellas, a través de los medios de comunicación social, han esbozado ya sus programas. Programas que, en gene-lal, se parecen demasiado entre sí y que, además, que sepamos, no presentan proyectos de soluciones concretas a los problemas concretos con que se enfrenta a diario el ciudadano español. Espetemos que una vez autorizadas plenamente, las matizaciones sean tan nítidas y claras que permitan a cualquiera identificar a todas y cada una de las asociaciones.

Porque uno de los defectos más acusados d e 1 español es precisamente su falta de proyección pragmática. Nos movemos con mucha más facilidad, en el terreno —a veces inconcretísimo— de los principios generales, mejor que en el más arduo de las realidades inmediatas. Y como quiera que en aquel Olimpo de los principios todos pretendemos lo mismo —paz, libertad, justicia, orden, etc...— resulta que no es nada fácil distinguir lo que una u otra asociación representa y pretende.

Lo cual comporta otro mal del que, desgraciadamente, tenemos innumerables precedentes en nuestra historia política: el personalismo. Se opta —cuando se llega a optar— por una u otra asociación «porque es la de fulano». Con ello se trivializa la acción política, se le ponen cortapisas y se entrega —otro fenómeno caracteristico español— el voto a un líder determinado y no a unas ideas precisas. Con todo lo que esto conlleva de minimización institucional.

Porque las asociaciones políticas deben aspirar a más que a promocionar o ser plataforma de determinadas personas. Su papel es vertebrar sectores amplios y distintos de la opinión pública, por supuesto dentro de la legalidad pero suficientemente diferenciados en sus objetivos y métodos. En otro caso, apenas sí servirán a la idea matriz que las justifica: ser cauces ordenados para el contraste de criterios y pareceres políticos. Criterios, no personas.

El ciudadano español tiene derecho a exigir a los futuros líderes de las asociaciones que le presenten su programa con toda la claridad y diferenciación. Y los líderes, los «cabezas de serie», tienen que formular sus proposiciones concretas con todo lo que esto supone de esfuerzo y, hasta si se quiere, de renuncia a cualquier relumbre personal. Porque el «fulanismo» no ha sido nunca vivificador y menos en España.

 

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