Autor: Urbano, Pilar. 
   Consejo del Reino: en siete horas, un presidente     
 
 ABC.    04/07/1976.  Página: 8. Páginas: 1. Párrafos: 15. 

CONSEJO DEL REINO: EN SIETE HORAS, UN PRESIDENTE

Don Iñigo Oriol e ¡barra es el primer consejero que llega a las Cortes. Con pocos minutos de

diferencia van llegando fos demás miembros del Consejo del Reino. Sin embargo, cuando a las

diez y veinte me asomo a la puerta de Femanflor, aún está vacío el «parking» especial del

presidente. La especulación —oficiosa— señala que el señor Fernández-Miranda está con el

Rey en la Zarzuela.

Algunos consejeros llevan en la mano una cuartilla plegada (´monseñor Cantero Cuadrado,

señor Araluce Villar y señor Viola Sauret). Es fácM Imaginar que ese papel plegado contiene

una relación de nombres políticos «presidenciables». Al respecto bromeamos los periodista®,

en el pasillo de acceso, con el alcalde de Barcelona, consejeros Joaquín Viola. Y no lo niega.

Monseñor Cantero nos dice, después de despachar con su «familiar», el sacerdote que

habitualmente le acompaña como secretario particular: «Estoy deseando que terminemos

pronto y regresar «a casa»..., pero todo depende de lo que ustedes y todos sabemos.»

Usted aquí, monseñor —!e decimos—, proponiendo presidente del Gobierno. Y el ministro

Fraga manteniendo conversaciones políticas en su diócesis... ¡Cosas!.

Y don Pedro sonríe apacible.

Viola Sauret comenta que ha dormido bien y «sin consultar nada con la almohada».

Cuando le pregunto si ta terna elaborada ha de ser necesariamente aceptada por el Rey, es

decir: si es vinculante, me dice: «Yo entiendo que las ternas siempre son vinculantes, y no se

rebotan..., pero en cualquier caso el presidente del Consejo del Reino sería quien interpretase

el texto legal, que dice «en tema propuesta por el Consejo...». En singular.»

A tas once menos veinticinco llega el presidente, Fernández-Miranda. Saluda a los periodistas

y nos advierte, casi como un rito pero muy sonriente, que «nunca la pregunta es indiscreta.

Sobre iodo en este caso, lo indiscreto seria la respuesta». Es una invitación tácita a no «arañar

las puertas del sigilo» que los señores consejeros saben mantener herméticamente

clausuradas.

Con asistencia de lodos sus miembros —excepto el consejero representante de tas

Corporaciones Locales, cuyo sillón permanece aún vacante desde el cese del señor García

Lomas— queda reunido el alto organismo consultivo en sesión deliberante que continúa

la mantenida en !a víspera. Son las once menos veinte de la mañana.

A las dos y dos minutos, después de un total de siete horas y media —contando ambas

sesiones—, se abren de nuevo las puertas del salón Pineda. El propio presidente,

Fernández-Míranda, al salir, declara a los informadores que «el Consejo del Reino ha

terminado». Y añade: «Estoy en condiciones de poder ofrecer al Rey to que me había

pedido.»

Algo después, el secretario del Consejo, señor Da la Mata Gorostizaga, diría:

«Efectivamente, hay terna. El presidente, Fernández-Miranda, la presentará a Su Majestad

ahora, después de cerner, y con ella, el acta estractada de !a sesión.»

Nada ha podido saberse sobre la mecánica de «votos», «opciones», «expresión de posiciones

personales», etcétera, que se ha seguido en el Consejo. «Han sido siete horas consumidas en

hablar, intercambiar puntos de vista, buscando la aproximación, la confrontación de

posturas...», dice también el señor De la Mata, y después: «Hoy no puedo comentar, ni

explicar, ni decir nada... ni siquiera "off the record". Tengo un compromiso de silencio mucho

más vinculante para mí que el "off the record" para un periodista.» Y tiene razón.

Ya en la puerta, ¡os consejeros se despiden entre si, con cordialidad. Parecen satisfechos.

Especialmente, Martín Sanz, que en la víspera —y ya en su automóvil, cuando marchaba

de Las Cortes—, me dijo «ni está siendo fácil, ni va a serlo», comenta ahora, con una amplia

sonrisa: «Puedo decir una cosa: el Consejo des Reino ha funcionado, en toda la

acepción de esa palabra. Como un motor adecuadamente puesto en marcha.»

Monseñor Cantero me cuenta una anécdota: «Yo no sé —dice— por qué hemos de dejar a

Dios fuera de estos asuntos, que el importan a los hombres también a Dios Importan... Así que

esta vez hemos rezado al Espíritu Santo, antes de empezar la sesión, para invocar su ayuda.

Yo no recuerdo, en todos los Consejos a los que he asistido, que se haya rezado. Pero esta

vez era distinto.»

Un par de horas después, quizá como Infiltración, quizá como cabala aproximativa,

circulaban tres ternas por los medios informativos y políticos: «AREILZA-SUAREZ

SILVA» y «AREILZA-SÜAREZ-LOPEZ BRAVO». «SILVA, SUAREZ, LOPEZ-BRAVO.»

A las siete y diez de la tarde, en plena vorágine de redacción, salta un telegrama de agencia,

vía télex, que arroja la noticia: «SUAREZ, PRESIDENTE DE GOBIERNO.» Un final

inesperado.

Pilar URBANO.

 

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