Autor: Urbano, Pilar. 
 Adolfo Suárez, nuevo presidente. 
 Mis difíciles entrevistas con Adolfo Suárez     
 
 ABC.    04/07/1976.  Página: 9. Páginas: 1. Párrafos: 13. 

ABC. DOMINGO 4 DE JULIO DE 1978. PAG. 9.

ADOLFO SUAREZ, NUEVO PRESIDENTE

MIS DIFÍCILES ENTREVISTAS CON ADOLFO SUAREZ

Por Pilar URBANO

Mis entrevistas con el actual presidente, Adolfo Suárez, han sido todas muy difíciles. Es un hombre poco

propicio al abordaje, a la declaración magnificada, al protagonismo del foco informativo. Una vez, lo

recuerdo perfectamente, hube de telefonearle ¡treinta y dos veces! Suárez era entonces delegado del

Gobierno en Telefónica y siempre sospeché que «para compensarme del gasto de fichas» me recibió una

tarde en su despacho. Luego hablamos, en aquella misma ocasión, un par de horas. Fue una agradable

conversación.

En esta misma línea de hurtarse tenazmente a todo divismo, cuando le requerí como «hombre

fuerte» del naciente U. D. P. E., me impuso la condición de entrevistarle en compañía de otros dos

directivos (Becerril y Escrivá de Remaní). > Compréndelo. Pilar, no quiero protagonizar nada ni que

crean que U. D. P. E. soy yo... En absoluto.» Y la verdad es que en la entrevista llevaba, sin quererlo, la

voz cantante. Es curioso, aun en aquel despacho de la Unión del Pueblo Español —esto era en julio del

año pasado, en plena égira de Franco— vi por primera vez un cuadro de Don Juan Carlos presidiendo

desde una pared. Realmente, copresidida con el Caudillo.

Se trataba de una ampliación fotográfica en color del símbolo de «la continuidad>: Franco y el Príncipe

de España, ambos de gala militar, presidiendo algún desfile desde la Castellana. En otro ángulo de aquella

habitación, una bandera española. Adolfo Suárez vestía un elegante traje claro que yo califiqué «color

arena política» y camisa azul... palidecido. Sobre la solapa izquierda, un emblema en oro: el han de

flechas. Que, ciertamente, ya no llevaba el día de su discurso ante las Cortes, el pasado 8 de junio.

La última vez que le oí hablar fue precisamente en ese Pleno. Su última frase, muy significativa en estos

momentos: Un mendrugo de Machado: HOMBRE DE ESPAÑA, NI EL PASADO HA MUERTO

¿podía aplaudir el «bunker» allí presente), NI ESTA EL MAÑANA EN EL AYER ESCRITO (podían

concebir esperanzas fundades Jos reformistas aperturistas). El hemiciclo, que le había escachado

aguzando atención y oídos porque hablaba en tono muy bajo, le aplaudió con frialdad. Pero había

gustado. Algo más: había sentado la necesidad del diálogo real, de la negociación. Un político de

«izquierdas» me comentaba ese día: «Suárez sabría hacer moler juntas, piedras distintas y llenas de

aristas. El sabe poner fluidez en las asperezas...»

La primera vez que hablé con Adolfo Suárez era en primavera, hace ya seis años. Ejercía entonces la

Dirección General de Radiodifusión y Televisión. Yo Iba a ver a su ministro Sánchez Bella. Entretuvo mi

espera contándome divertido sus tiempos de estudiante pobretón en Avila, y como se costeaba los

estudios transportando bultos, baúles, maletas... en la estación, Cómo casualmente conoció a Fernando

Herrero y Tejedor, y la historia de padrinazgo lealmente correspondido que se inició enroncos,

LA ORFANDAD DE HERRERO TEJEDOR.—Volví a estar con él — mejor dicho, > coincidir juntos

en el mismo lugar y circunstancia con ocasión de la muerte y exequias de Herrero Tejedor. Adolfo Suárez

estaba abatido. Pero atendía con enorme cariño a la familia. Se había quedado sin jefe, sin amigo, sin

«padre... todo a la vez y no disimulaba». Días después le saludé en las Cortes, y aún tenía profundas

ojeras, Estaba especialmente roto, especialmente hecho polvo. Especialmente huérfano. ¡Ya no era

vicesecretario general del Movimiento. «Tu entrevista con Fernando Herrero —me dijo— estaba

concertada para el día siguiente al de su muerte i...! El cuestionario que le enviaste se quedó justamente

encima de su mesa en Secretaría General... Es todo demasiado tremendo.» Me parece recordar que me

dijo algo así.

EN PASILLOS DE LAS CORTES

En adelante, desde que fue designado ministro secretario general del Movimiento, siempre le vería en las

Cortes, en días de Pleno. Yo hacía preguntas a ministros y ex ministros, a consejeros del Reino, a

presidentes de Diputaciones... y todos se prestaban a responder mis encuestas. Todos, con una excepción:

Adolfo Suárez. He de reconocer que el «regateo> de declaraciones empezaba a irritarme. Por entonces

nos tuteábamos. Yo le decía: «Ministro, si todos fuesen como tú no haríamos periódicos: nadie diría

nada.» Y él me contestaba: «Cualquier otro ministro puede hablar más fácilmente que yo.

Pero el mío es un Ministerio coordinado. Compréndelo, Pilar. ¿Yo que más querría aue satisfacer todas

tus curiosidades..., que son las mías y ¡as de todos?» ¡Ah!, recuerdo perfectamente lo que le había

preguntado: «-¿Futuro del Movimiento-Organización? ¿Y de la Secretaría General?»

En el pleno del 9 de marzo, cuando la ley de Relaciones Laborales, aplazada, brillaba por su ausencia, en

el salón «carillón» saludé al ministro Suárez. Como siempre, sonriente, amabilísimo, elegante

en sus gestos, preciso en sus palabras... y huidizo para la entrevista periodística. «A ti Pilar, te

cuento lo aue quieras de mil amores, y me cuenta? tú también; pero a ia periodista de ABC v- da

pánico; cualquier declaración mía puede abrir frentes de interpretación, cuando todo mi afán

i ahora se centra en mantener las máximas clientelas posibles, leales a U Corona.»

Y, después, paseando por el pasillo que accede al hemiciclo, le pregunto qué mecanismo de «radar

popular van a utilizar "los dieciocho" de la Comisión Mixta de Reforma para saber lo que el pueblo quiere

de verdad. Sorprendido, y llanamente, me contesta: «¡Es que yo parto de la base de que esta Cámara es

representativa. Aquí, en las Cortes, se debatirán los proyectos de ley que el Gobierno envíe, y después el

pueblo se expresará aún más directamente vía referéndum. Pero no hay vacío legal, ni de instituciones, ni

estamos proyectando una reforma de laboratorio. No partimos de cero. Precisamente por ello estamos

utilizando los mecanismos existentes. JT uno, precisamente, son las Cortes.»

Hace algo más de un mes, el día de su nombramiento, elegido en terna, para cubrir la vacante de Elola

Olaso. como consejero nacional «de los 40 de Ayete», había revuelo en las Cortes por «el telegrama de

Villaverde», «la retirada de Pinilla» y «la victoria del ministro». Hablamos por la mañana.

Protocolariamente me dice: cYo agradezco mucho a todos los «ue me han votado... pero no tengo nada

que decir sobre el Consejo Nacional, ni sobre el futuro Parlamento. Está, en el proyecto de ley de

Reforma y prefiero no hacer declaraciones ahora. Buscaré un momento oportuno para hablar.»

Pero a su tenacidad yo oponía mi tozudez. Por la tarde volvimos a encontrarnos. Sin rodeos, le espeto:

«A propósito de oportunidad, ¿por qué no te presentaste a la primera elección de consejeros permanentes,

y, en cambio, lo haces ahora? Tan ministro eras entonces como hoy...» Me mira, se echa a reír, agita la

mano derecha, haciendo chasquear los dedos, y dice_: «¡Mira que eres terrible! —pero en seguida tiene la

respuesta "in voce"—¡ Ahora lo he considerado políticamente conveniente. Antes, no. Entiéndase que yo

no "me he presentado", como dices, sino que varios consejeros me dijeron que patrocinaban mi

candidatura. Las dos primeras veces rehusé. Y esta vez lie aceptado. Es« es todo.»

Más tarde, desde mi coche pequeño de Jornalera de la pluma, le vi salir dci Palacio. Por la. ventanilla le

hice el gesto da la V con los dedos. El sonrió y vocalizo, a esa distancia; *¿A-M-I-G-O-S?»

 

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