Autor: Altares, Pedro. 
   El apagón     
 
 Cuadernos para el Diálogo.    10/07/1976.  Página: 15-17. Páginas: 3. Párrafos: 26. 

El apagón

Pedro ALTARES

La una de la tarde en el palacio de Oriente

La mañana había sido normal en los despachos ministeriales. Ninguna cita fue anulada de manera

imprevista. El Rey recibía credenciales y citó al presidente Arias para la una. De la entrevista salió "la

dimisión", sorpresiva, aunque no tanto sorprendente. Las diferencias entre el monarca y el presidente del

Gobierno eran sobradamente conocidas y todo parece indicar que, aunque tomada antes, la decisión del

relevo pudo ser decidida a la vuelta del viaje real a Washington. Con el uniforme de recepción de

embajadores, con la apabullante escenografía del palacio de Oriente (siglos de historia contemplan a los

protagonistas), el Rey pudo mostrar a Arias la carta de dimisión, sin fecha que, meses antes, éste había

podido entregar al joven monarca... Arias saldría de palacio investido de un marquesado, con título de

grande de España, pero liberado de su responsabilidad como jefe de Gobierno.

Las especulaciones sobre el motivo concreto del cese-dimisión se extendieron, contradictorias, por todo el

país. También los nombres de los más probables sustitutos. En relación con las primeras, se habló con

insistencia, como causa inmediata, de una carta de José Antonio Girón a Meilán del Bosch de contenido

desconocido, aunque imaginado y relacionado con la apocalíptica visión que del actual momento político

tiene el más significado puntal del ´bunker" franquista. En cualquier caso, lo único que cree saberse de tal

carta es su extensión: tres folios.

Otra de las causas podría estar (además del tema del referéndum y el diálogo con la oposición], según

algunos observadores, en la caótica situación económica, hasta tai punto que algunos ministros (que se

enteraron del cese de Arias por el teletipo) cuando fueron llamados a Presidencia creyeron que la reunión

estaba relacionada con la futura, y según algunas fuentes, inmediata devaluación cíe la peseta. Otras

interpretaciones, más sofisticadas, relacionaban la crisis con el anticomunismo de Arias y la repercusión

que podría tener en el interior el tema del "eurocomunismo" aprobado en la cumbre de Berlín...

Lo cierto es que lo único comprobado de esta ola de interpretaciones y rumores es: La crisis estaba

minuciosamente preparada y los ministros habían permanecido ajenos a su gestación. A destacar: Areilza,

que acompaño al Rey en la presentación de credenciales, no parecía saber absolutamente nada.

Sólo Torcuato Fernández-Miranda, en esa mañana, anuló su programa de visitas. El presidente Arias

acudió al palacio de Oriente sin saber que la decisión estaba tomada. El por qué del inusual lugar puede

darle el dato de que, para las cinco de la tarde, estaba convocado el Consejo del Reino que

constitucionalmente tenía que darse por enterado de "la di misión".

Nueve de la noche en la Embajada americana

En relación con los sustitutos de Arias, el cóctel que con motivo del bicentenario de los Estados Unidos,

ofreció el embajador americano, a las ocho de la tarde, fue un desorientado hervidero de cabalas y

rumores. Los generales Gutiérrez Mellado y Vega, por untado; Areilza, por el otro, estaban en todas las

listas de presidenciables. Después de la reunión del Consejo de Ministros, y a partir de las nueve de la

noche, éstos fueron llegando a la residencia del embajador, relajados e incluso sonrientes. Preguntado el

señor Fraga, respondió: "La crisis es el resultado de dos personalidades difícilmente compatibles".

Fraga aparecía cordial y confiado. Martín Gamero y Garri-gues, otro tanto. Areilza no llegó, pero el señor

embajador puntualizó que su ausencia había sido anunciada con varios días de antelación. Algún

funcionario americano parecía ser el menos sorprendido por la crisis que, se decía. se daba por hecha

después del discurso del Rey ante el Congreso de los Estados Unidos. El ambiente era optimista y la

opinión, casi unánime, giraba alrededor de que se había dado el primer paso hacia la democratización.

Más tarde, una edición extraordinaria de "El País" confirmaba la apertura de unas horas de expectación y

confianza: un paso de tal naturaleza asegura que la operación tiene una fácil salida.

Viernes: La oposición habla y el Consejo del Reino escucha

En Madrid, en esta época, las tormentas son por la tarde. Así. con sol en la calle, la Bolsa subió un 1,6,

elevación singular en los últimos tiempos. Por su parte, la prensa no despidió al señor Arias con excesivas

muestras de duelo. En este ambiente, la oposición democrática dio a la publicidad un documento que

prueba, una vez más. la moderación y sentido constructivo de su alternativa política. Mejor redactado que

otros anteriores, conciso y explícito en sus propuestas democratizadoras, el documento llevaba semanas

gestándose alrededor de un borrador inicial del profesor Ollero. Lo más significativo de la declaración,

firmada por 32 personalidades de la, oposición que cubrían un abanico desde monárquicos a comunistas,

estaba en la denuncia del anunciado referéndum y de la "reforma otorgada". Nada nuevo, pero oportuna y

nítidamente expresado. Algo así como un aquí estamos, no para lo que gusten mandar, pero sí para lo que

se pueda construir. Es decir, para la ruptura pactada.

Por la tarde, el Consejo del Reino se reunió para ofrecer al Rey la terna de la que habría de salir el nuevo

presidente del Gobierno. De nuevo las puertas del inmovilismo se cerraron sobre la opinión pública y

sobre la enajenada soberanía popular. En lugar del pueblo, las instituciones franquistas. Esta primera

sesión fue, al parecer, de tanteo. El señor Fernández-Miranda, sumo sacerdote de la ceremonia, debió

expresar los requisitos de los candidatos según la voluntad real. Una figura concreta debía planear sobre

los señores consejeros, porquej según ciertas fuentes, algunos de éstos (señor Martín Sanz, entre otros

posibles) pudo hacer una dura crítica del conde de Motrico, ministro de Asuntos Exteriores, y la persona

que, según los por entonces despistados menti-deros, más posibilidades tenía de ser jefe de Gobierno.

Al final de la reunión, en lasque menudearon las intervenciones del señor Fernández-Miranda, sólo una

cosa parecía estar clara: en contra de algunas impresiones iniciales en la terna no habría ningún militar.

Sábado de pasión

En un restaurante madrileño algunos periodistas habían sido convocados por un destacado miembro del

Partido Comunista Español. La cita era anterior a la crisis y se trataba de explicar el punto de vista del

PCE sobre el tema de la traída y llevada ventanilla de la Ley de Asociaciones y sobre la ruptura pactada.

La comida fue interrumpida por la noticia de que Areilza era el nuevo presidente. Uno de los periodistas

pidió al convocante su opinión sobre la nueva etapa que parecía abrirse. Lástima que la contestación, al

partir de un supuesto falso, fuera inútil. Hubiese sido una excelente muestra de las expectativas que en la

oposición, en toda la oposición, tal posibilidad parecía despertar.

Pero, dejando de lado lo que podía haber sido y jio fue, lo cierto es que la sobremesa madrileña del

sábado fue levantada con el rumor, alimentado por un telegrama de una agencia oficial, de que José María

de Areilza era jefe del Gobierno. Su presencia en la terna puesta en circulación por Cifra, parecía

asegurarlo. Lo mismo que la frase de Fernández-Miranda al decir a los informadores que "creía estar en

condiciones de ofrecer al Rey lo que le había pedido".

Dos horas más tarde llegaba la verdad: Adolfo Suárez, del Movimiento de toda la vida e impulsor de

UPDE, jefe del Gobierno (12 votos). Acompañantes en la terna: López Bravo (15 votos), seguido de

Federico Silva (14 votos). La realidad se imponía sobre las expectativas. Lo que, hasta el momento, no ha

aclarado nadie es si la terna de Cifra respondía a un momento anterior de la discusión en el seno del

Consejo del Reino o si el famoso "retrato robot" de Fernández-Miranda respondía exactamente a la figura

de Adolfo Suárez. Las palabras de aquel, al terminar el Consejo, alimentarían más bien la segunda tesis.

Comienza la verdadera crisis

Pero el nombramiento de Adolfo Suárez no cierra la crisis abierta con la salida de Arias. En realidad, los

círculos políticos, del régimen y de la oposición democrática, comprobaron que la verdadera se abrió

precisamente en el momento que, oficialmente, se dio a conocer el nombre del nuevo presidente, hombre

de confianza de Herrero Tejedor y Fernández-Miranda, hasta hace poco presidente de la Unión del Pueblo

Español, uno de los más firmes reductos defensivos del franquismo. De hecho, sólo este concreto sector

del régimen (acompañado del parabién de los tecnócratas) parece satisfecho con un nombramiento que el

olfato político de Emilio Romero había detectado hace semanas desde la páginas de su revista, por lo

demás no excesivamente entusiastas con la posibilidad.

Con las primeras reacciones en la prensa nacional y extranjera, el nombramiento de Suárez parece, en el

mejor de los casos, un error de cálculo de consecuencias, en estos momentos, imprevisibles. Torcuato

Fernández-Miranda, artífice manual, al parecer, de la operación, no parece haber contado con las

repercusiones que, en cadena, se han precipitado sin solución de continuidad desde el sábado..

Mientras la estupefacción cundía por Europa, alejándonos aun más de los organismos unitarios, dentro de

España la desbandada ha sido general. Los ministros reformistas han hecho las maletas y con ellos una

buena parte de la clase política del primer Gobierno de la Monarquía. En un primer momento, alguna de

estas salidas (Fraga, por ejemplo) parecía no haber sido vista con desagrado, pero la de Areilza ha

supuesto el más duro revés a los planes de credibilidad que, lógicamente, era la primera operación del

nuevo jefe de Gobierno. Areilza, que después de despedirse el lunes por la mañana de sus colaboradores,

estuvo, al parecer por la tarde, en la Zarzuela, se mantuvo firme en su decisión.

Parece claro que, tanto el método utilizado como el nombramiento, han abierto la más difícil crisis del

régimen desde la muerte del general Franco. Crisis todavía abierta y que previsiblemente va a continuar

después de la dificultosa búsqueda de un Gobierno, cuya primera y primordial cuestión no va a ser

enfrentarse con los problemas pendientes, sino ofrecer una imagen de confianza que indudablemente no le

ha prestado su presidente, que, para muchos, incluso dentro del sistema, no ofrece garantías suficientes

para encararse con la ingente tarea de gobernar un país en acelerado proceso de cambio. No digamos ya

para pactar con la oposición o para resolver la intrincada maraña de una crisis económica imposible de

separar de la solución política.

Epílogo franquista

No caben paliativos: el nombramiento de Suárez ha sido un error. No podía, sin embargo, ser de otro

modo: las instituciones del franquismo han funcionado a la perfección para salvaguardar la tarea que

tenían encomendada y que no era otra que retrasar o impedir la llegada de la democracia. Torcuato

Fernández-Míranda, artífice de la crisis junto con otras fuerzas de clara filiación reaccionaria, no es un

demócrata. Aspira, cuando más. al juego rotativo entre las diversas fuerzas del franquismo. Como hombre

fiel al sistema, asume la reforma, pero intenta matizarla para asegurar la continuidad en el poder de las

fuerj zas del régimen. Después del inmovilismo de Arias, el continuismo de Suárez.

En realidad, estamos ante un claro intento de marginar a las fuerzas auténticamente democráticas,

promoviendo el reparto del poder entre los grupos del franquismo (altas finanzas bancarias y eléctricas,

nacional catolicismo, burocracia del Movimiento y Opus Dei) no sociológico, sino de intereses reales.

La intención inicial de la crisis puede haber sido otra, e incluso ha podido buscarse a través de ella una

aceleración de la reforma. Pero el resultado ha sido claro: un apagón en las perspectivas democráticas de

un país que no necesita, ni quiere, intermediarios de su voluntad. La lejanía del país real ante estas u otras

maniobras políticas ha sido total. Y. por una vez. hs tenido si; reflejo en ese Gobierno no conseguido con

fórceps y con una interminable lista de noes en todos aquellos sectores con cierta representatividad, donde

se ha acudido para apagar un fuego, a estas alturas, de difícil extinción como no sea por métodos

estrictamente garantizados en Europa: el sufragio universal y la devolución de la soberanía al pueblo.

Acabamos de asistir a la, probablemente, última representación del franquismo. "Serenamente

preocupado" fue una de las primeras frases del nuevo jefe del Gobierno. No sé si la primera, pero la

segunda palabra es hoy compartida por treinta y cinco millones de españoles.

P. A

 

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