Autor: Abascal Gasset, Federico. 
   Tres días de julio     
 
 Cuadernos para el Diálogo.    10/07/1976.  Página: 18-20. Páginas: 3. Párrafos: 21. 

Tres dias de julio

Federico ABASCAL

El pasado jueves, día 1, Europa Press hacía sonar la campanilla de sus telex para anunciar, a las seis y

veinte de la tarde, el siguiente despacho: "No oficial. El presidente Arias Navarro ha dimitido". Hasta las

nueve y media de la noche retuvo RTVE la noticia, aunque algún diario, como "El País´, había lanzado ya

una edición extraordinaria. La gente mantuvo su calma habitual, y todo simulacro de sorpresa fue

oportunamente calificado de fingido. A última hora de la noche, sin embargo, podían detectarse en la

calle algunos signos de esperanza. Tres días más tarde se volatilizó la esperanza, y el "week-end", al

atravesar la Cuesta de las Perdices, renovaba su condición de evasión ciudadana. En setenta y dos horas

se produjeron estos hechos:

Día 1:

Bochorno y protocolo:

Nadie se preguntaba en las Redacciones de los diarios el por qué de la noticia. Se trataba, en el fondo, de

saber si el asunto, sorprendente desde un ángulo estrictamente informativo, debía enfocarse como una

dimisión o como un cese. Y en este último caso, el problema se reducía a saber qué factor -fragilidad de

la reforma, economía declinante, incomunicación entre oposición y Gobierno...— había desencadenado la

crisis.

Estalla a media tarde la tormenta meteorológica, tras una jornada de bochorno, y se apunta ya un dato

para iniciar la pesquisa informativa: el presidente Arias, el día anterior, había sido convocado desde la

Zarzuela, mediante llamada telefónica, para acudir al Palacio de Oriente, el día 1, a la una y media de la

tarde. (En palacio, con todo el protocolo suntuario de las ceremonias diplomáticas, presentaban sus cartas

credenciales cuatro nuevos embajadores: de Argentina, Sudán, Camerún e Irak). El sol hacía brillar

espectacularmente los uniformes de gala, y las estatuas de la plaza de Oriente ofrecían sus perfiles más

blancos. El señor Arias penetró en el recinto real con risueña alegría.

El decorado político era perfecto para una decisión a gran altura. La audiencia al presidente se celebró en

el despacho de Alfonso XIII, abuelo de don Juan Carlos, mientras a un tiro de piedra, en el viejo Senado

—un edificio senil y demoliberal— se reunía el Consejo Nacional del Movimiento. Y a un corto paseo a

buen paso, en la plaza de las Cortes, se había convocado al Consejo del Reino a una hora eminentemente

lorquiana: las cinco de la tarde. La macroestructura del Régimen, pasado y presente en esta transición

difícil, se hallaba, pues, fortuita o no tan fortuitamente, concentrada en la capital del Reino. Sólo faltaba

algún ministro, como don Alfonso Osorio, que había salido de Madrid hacia Málaga por asuntos privados.

La audiencia entre el Rey y el jefe del Gobierno duró veinticinco minutos. No hay acuerdo o, mejor

dicho, no puede obtenerse un denominador común a las distintas versiones sobre el asunto en estas

primeras horas de la crisis. Pero la opinión más generalizada insiste en que el señor Arias, con

indisimulada sorpresa, intuyó desde el primer momento que el Rey había decidido prescindir de sus

servicios, a lo que el presidente no opuso el menor inconveniente. Su salida de palacio pasó inadvertida, y

sólo se sabe que a continuación se dirigió a un restaurante para almorzar con dos amigos: el ex ministro

García Hernández, hombre de su entera confianza, y el consejero señor Pinilla. El almuerzo, al parecer,

transcurrió en un ambiente de cierta pesadumbre, aunque se forzaran brindis alegres sobre el futuro

personal, y ya privado, del señor Arias.

Se hacía necesario informar a los ministros, y el cesado presidente convocó un Consejo especial a las

ocho de la tarde. Los informadores, nacionales y extranjeros, acudieron a la sede de la Presidencia, en

Castellana, 3. Los fotógrafos deseaban captar el semblante del señor Fraga, quien llegó a pie y con su

sonrisa de gala. Minutos antes había asegurado en su despacho a una periodista que la crisis "aceleraría la

reforma". En todas las Redacciones se intuía que el ministro del Interior conocía la clave del asunto.

El señor Arias habló a sus ministros —excepto a don Alfonso Osorio, en Málaga— en un tono de sincera

amargura. Y dirigió palabras de señorial sumisión y afecto al Rey. No hubo, al parecef, réplica de los

ministros hasta que el vicepresidente primero, general De Santiago, tomó la palabra para mostrar al señor

Arias la simpatía de todo el Gabinete. El acto había durado once minutos.

El Consejo, sin embargo, continuó al amparo de las normas constitucionales bajo la presidencia del

general De Santiago. Y al final se facilitó a la prensa un comunicado oficial. Los hechos eran ya, a las

diez de la noche, irreversibles. Empezaban las especulaciones sobre el

18 Sábado 10 de julio de 1976

nuevo jefe de Gobierno. ¿Quién seria el primer ministro?

Se filtró una leve noticia, a través de las forzadas confidencias, sobre las relaciones personales en el

Gabinete anterior. Y una fuente de primer orden aseguró que don Carlos Arias se había despedido muy

fríamente del señor Areilza. El cese procedía, al parecer, del Rey, y el ministro de Asuntos Exteriores era,

también al parecer, el hombre en que había depositado don Juan Carlos toda su confianza. Había sido

Areilza, al mismo tiempo, el puente que en otras ocasiones sirvió de enlace entre la Zarzuela y Estoril.

Las apuestas en los medios políticos se canalizaban hacia el hombre que, ni dentro ni fuera de España,

había desfallecido últimamente en sus declaraciones aperturistas, y un militar. ¿Gutiérrez Mellado,

nombrado el día anterior en el "Boletín Oficial del Estado" jefe del Estado Mayor Central, o Vega, quien

pudo haber trasladado a la Zarzuela el célebre memorándum de don José Antonio Girón al general Milans

del Bosch? Esta misma tarde, el teniente general Gutiérrez Mellado fue recibido por el Rey en la

Zarzuela.

El miércoles, 30 de junio, pasó don Carlos Arias el Ecuador de su mandato presidencial. Los dos años y

medio cumplidos en Castellana, 3, fueron duros, y el homenaje que le ofrecieron con ese motivo sus más

íntimos colaboradores le pareció al presidente como el presagio de una despedida. Y así lo dijo a los pos-

tres de un almuerzo discretamente multitudinario.

La noche termina con la noticia de que el Consejo del Reino, máximo órgano consultivo del país, va a

reunirse a las cinco de la tarde del día siguiente para elaborar una terna de posibles jefes de Gobierno. Y

la oposición política cierra filas en torno a un comunicado conjunto en el que no aparecen fisuras de nin-

gún tipo.

Día 2: Arias juega al golf

La vida oficial se paraliza en espera de la terna que pueda proponer más tarde al Rey el Consejo del

Reino. Pero es viernes, y el presidente interino, general De Santiago, decide celebrar el habitual Consejo

de Ministros. Mientras surgen sobre la mesa del Gabinete temas, al parecer, olvidados —como un balance

del III Plan de Desarrollo— y otros inevitables —como un concurso para trazar la autopista entre

Alicante y Murcia—, el señor Arias Navarro juega al golf en El Escorial y, de sobremesa, una partida de

mus. Pero en Castellana, durante el Consejo de Ministros, resucita lo que parecía haber anestesiado Villar

Mir definitivamente: el IV Plan de Desarrollo. Y se adoptan una serie de normas para amortiguar los

efectos de la pertinaz sequía. Inquieta, sin embargo, en las Redacciones el significado de la resurrección

inopinada del IV Plan de Desarrollo. ¿Volvemos, se preguntan los periodistas, a los tiempos de la

planificación tecnocrá-tica?

La mañana es larga y, en espera de las noticias del Consejo del Reino, se reúnen treinta y dos

personalidades de la oposición para redactar un documento que firman ya los sectores socialdemócratas y

liberales junto a Coordinación Democrática, excepto tres movimientos: ORT, vinculada a CD la noche

anterior; Movimiento Comunista y Partido del Trabajo.

La reunión del Consejo del Reino, en las Cortes Españolas, primera planta, se inicia a las cinco y diez

minutos de la tarde. Falta a la lista el representante de las Corporaciones Locales, no designado aún tras la

dimisión del ex alcalde de Madrid, señor García Lomas. Pero han venido los consejeros catalanes, entre

ellos el alcalde Viola Sauret, quien asegura, al terminar frustradamente la sesión, que "ha rezado mucho y

va a rezar más aún".

La sesión termina tras más de ciento ochenta minutos de prospección de voluntades sin acuerdo. Se hace

necesaria una nueva reunión el día siguiente, a las diez de la mañana. Desilusión. ¿Ha regresado la crisis a

su lugar de origen: un callejón sin salida, como sucedió hace siete meses? La impresión generalizada es

que el Rey está al fondo de la crisis, pero no al frente de ella. Al frente de ella se alza la oer-sonaiidad del

presidente de !as Cortes y del Consejo del Reino, don Torcuato Fernández Miranda, quien habla a los

periodistas con gran laconismo y seguridad.

Día 3: Llega la sorpresa

A las diez y media se reúne nuevamente el Consejo del Reino. El señor Fraga se marcha a Zaragoza, y en

algunos sectores de Madrid se detecta cierta confusión en el poder. Gil-Robles es llamado a declarar a la

Dirección General de Seguridad por su actitud, ponderada y ecuánime, la noche anterior, durante un

frustrado homenaje a Dionisio Ridruejo. La presencia venerable e ingeniosa de Gil-Robles en la

Dirección General de Seguridad sorprende a ciertos medios políticos, que se formulan una sola pregunta:

¿Era necesario?

El señor Arias ya es marqués de Arias Navarro, con grandeza de España, por comunicación real. Y a las

dos y cinco minutos de la tarde se ab.ren las puertas del Consejo del Reino y aparece, con rostro de

fumata blanca, don Torcuato Fernández-Miranda. Asegura el presidente que se habia complacido al Rey,

tras dos sesiones de cordial discrepancia en el Consejo, y que iba a comunicar el resultado

telefónicamente a Su Majestad. Los rumores crecientes apoyan la candidatura de Areilza hasta que, a

media tarde, surge la sorpresa: Adolfo Suárez. Las despejadas y frondosas calles de Aravaca, barrio

residencial de Madrid, reciben una atención informativa muy especial. Allí viven Areilza y, muy cerca, el

señor Suárez, el vencedor de una crisis que se originó tal vez con el punto de mira enfocado hacia su

nombre.

Había terminado la crisis, según algunas opiniones, y, según otras, no había hecho más

que empezar.

F. A.

Sábado 10 de julio de 1976

 

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