En mitad de la campaña     
 
 Ya.    09/06/1986.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

4 / Opinión

EDITORIAL

En mitad de la campaña

CASI mediada la campaña electoral, el juicio sobre su nivel medio tiene que ser severo. En vísperas de

iniciarse la campaña, publicamos un editorial en el que pedíamos a los candidatos información veraz,

seriedad en las promesas que hicieran y respeto a las personas y a las instituciones. ¿Qué se ha cumplido

de esas recomendaciones? De manera plena, sólo una: el respeto a las instituciones; porque ¿qué verdad

en la información puede exigirse a quienes generalmente empiezan por no informar? Salvamos las justas

excepciones, en general, los candidatos apenas si han desflorado sus programas y no han dedicado tanto

tiempo a criticar ios programas rivales como a la descalificación personal. Los ataques de esta naturaleza,

los insultos, incluso, han estado a la orden del día, aunque debemos añadir que la responsabilidad

principal corresponde a los que iniciaron ese estilo, que fueron más de una vez quienes, por los elevados

cargos que ostentan en el Gobierno de la nación, estaban más obligados a dar ejemplo. El tono hiriente,

muchas veces chabacano, hace que debamos empezar preguntándonos por la utilidad de tantos millones

gastados en las campañas de los partidos si lo único que los ciudadanos van a sacar en limpio es una

descalificación general de la clase política, porque esto es lo que resulta cuando la caza del hombre

reemplaza al debate sereno y aleccionador.

Habría que exceptuar los debates televisivos entre miembros del Gobierno y de la oposición, donde,

aunque no han faltado las alusiones personales, se han aportado datos y ha habido diálogo sobre temas

reales. La notoria ventaja que en los dos debates celebrados han acreditado los representantes de la

oposición ha permitido a un colaborador político de YA presentar el resultado en nuestras columnas en

términos muy adecuados al clima futbolístico de este mes de junio: dos a cero. Lo malo es que, según

nuestras noticias, ese resultado se haya acogido en medios gubernamentales con un malhumor que dice

muy poco de su capacidad de aguante ante la contradicción.

Se explica únicamente tal reacción por cuanto contrasta el resultado de dichos debates con el triunfalismo

que caracteriza la campaña de los que se presentan como seguros vencedores y anuncian incluso que

superarán su mayoría actual, si no de voto, al menos de escaños, que es lo que cuenta en definitiva,

mientras el «voto de castigo» tome la forma de abstención, porque aquellos que han perdido la confianza

en el PSOE no la tengan en otras opciones. La consecuencia de dicha abstención sería, evidentemente,

quitar votos a los vencedores, pero no escaños.

Sólo en la noche del 22 de junio se podrá saber lo que ese triunfalismo tiene de fundado. Ha empezado

también la guerra de los sondeos, cuyo valor como armas electorales es tan evidente como discutibles

pueden ser, en cambio, sus probabilidades de acierto, según demuestra la experiencia. No siempre lo que

dicen los entrevistados responde a lo que van a hacer ante las urnas, y hay opciones de las que se puede

prever que su destino es permanecer veladas por los que en el momento decisivo se decidan en favor de

ellas. Pero son los indecisos, tos que no saben qué contestar en las encuestas porque tampoco saben lo que

harán el 22 de junio, los que decidirán la elección. ¿Y qué incentivos les ofrece la campaña electoral para

decidirles a votar y facilitarles su elección? ¿Qué sino reacciones viscerales de última hora decidirán su

comportamiento? No estamos aquí para hacer pronósticos; ya hemos mencionado algunos de los factores

que pueden desbaratar los cálculos más cuidadosos. Lo que en este momento nos preocupa es que ante

unas elecciones, cuya importancia es grande para cuantos, sea cual fuere su ideología, socialista o no, ven

que la democracia es fundamentalmente pluralista y es que depende de que exista un electorado con

opciones claras, se consolide, por el contrario, la pasividad con la frivolidad y sobre ellas una situación

hegemónica que no obedezca tanto a una decisión popular mayoritaria como al desinterés de la

generalidad. Pero los modos de sensibilizar en ese sentido a los ciudadanos brillan por su ausencia.

Sería necesario un cambio de signo en la campaña, que no parece probable, pero que no debemos

descartar. Hay en toda campaña electoral cierta liturgia electoralista de la que no es posible prescindir,

parece que los candidatos no tienen más remedio que besar niños, firmar autógrafos, abrazar y dejarse

abrazar, beber de todas las botas de vino que les ofrezcan y hasta ponerse a despachar en los mercados;

pero todo eso es pintoresquismo, incluso simpático, que no hace daño a nadie, como no sea a la

resistencia física de los candidatos. Otra cosa es lo que éstos dicen en sus mítines y en sus declaraciones.

Por esto aplaudimos la última referencia hecha con simpatía por don Alfonso Guerra sobre don Manuel

Fraga, que contrasta con el sarcasmo habitual en el vicepresidente del Gobierno; pero querríamos que eso,

que ha sido la excepción, se convirtiese en regla general. Y el caso es que, a nuestro juicio, aquellos que

escojan la vía de la exposición racional de los problemas y de sus soluciones, poniendo más énfasis en

ello que en vapulear al contrario, pueden ganarse sólo por ese comportamiento un margen importante de

atención por parte de un pueblo sensato como es el nuestro,

 

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